La obsesión de Jacques Tardi por la guerra –por la Primera Guerra-, punto neurálgico de su obra, tiene origen en su abuelo, un corso movilizado que se tragó todo el conflicto. Para el dibujante, su abuelo era un hombre afable que le recogía a la salida del colegio y que, en el fatigoso camino a casa, saludaba a cuantas personas se cruzaba. “Le recuerdo dormitando, con su libro abierto sobre el mantel de la mesa de la cocina. […] Yo tenía cinco años”. Era su abuela quien le narraba las historias que el marido no podía contar, las pesadillas de hedor, horror, sufrimiento y muerte que intranquilizaban sus sueños. “¿Había olvidado? Nunca hablaba de ello […] A la hora de morir, rechazó al cura que vino a darle la extremaunción. Le dijo que si Dios existiera, no permitiría las guerras”. El abuelo Tardi murió por las complicaciones coronarias que le acompañaban desde que inhalase gases durante el conflicto. A su memoria va dedicada La guerra de las trincheras (1914-1918), considerada la obra maestra del dibujante.

En Tardi, la guerra arroja sombras alargadas. Varios de sus personajes la sufren: el soldado Varlot, protagonista de la historia homónima, pierde la cordura ante la muerte de un compañero de armas y desarrolla una lógica solidaria pero desquiciada en tiempos de paz; Lucien Brindavoine, un “cretino”, veterano de Adiós, Brindavoine y La rosa en el fusil (así como de varias aventuras de Adèle Blanc-Sec), la maldice mientras sucumbe a las fiebres de una herida autoinfligida que terminará desmovilizándole. Tardi, hijo de militar de carrera, salva a su heroína Adèle Blanc-Sec de tener que padecer los horrores –y errores- bélicos al criogenizarla tras un atentado. Ahorra así a su personaje las miserias y estupideces, las tropelías, cometidas en aras de naciones y de banderas. Pero esa venda no se la pone también a su lector de La guerra de las trincheras (Norma Editorial).


En este cómic, a Tardi no le queda más remedio que ser explícito, porque está exorcizando sus demonios interiores. Buena prueba de esta aseveración es el tiempo que tarda en rematar la obra: la empezará en 1982 en la revista À Suivre de la editorial Casterman (editora a la sazón del álbum) y sólo logrará concluirla en 1993. ¿Bloqueo creativo o falta aún de preparación para encarar a los fantasmas de la contienda? Los rostros de los muertos desfilan ante Tardi como si fuesen los de sus compañeros de armas. El dibujante se ha documentado a conciencia; en La guerra de las trincheras (1914-1918), se servirá de la inestimable ayuda del historiador Jean-Pierre Verney, eminencia sobre la Gran Guerra con quien mantendría largas conversaciones telefónicas para limar los detalles. No hay excusa, motivo, ni razón por la cual no ser preciso: “No me intereso más que del hombre y su sufrimiento. Mi indignación es grande”.

Tan grande, que no escatima esfuerzos para ponerle al lector un nudo en la garganta en cada página. Alguna vez Tardi ha dudado de las capacidades del cómic por emocionar, por evocar sentimientos. Si tuviese ánimo de revisar su opus magna, quizás cambiaría de parecer. Quizás: tendría que sobreponerse a la sensación de repugnancia, al asco viscoso que se pega en cada viñeta, al cansancio de sus sucios y en ocasiones desabridos personajes, al hartazgo. Si lograse sobreponerse, y creyera en una patria, Tardi no vacilaría en saber que ha hecho un gran servicio: en honor de la memoria, del recuerdo. De la dignidad.

Aunque descarta hablar de héroes, y ni siquiera poner el foco en un personaje concreto, sí hay nombres, más que hombres, en La guerra de las trincheras (1914-1918). Sus historias esclarecen la puerilidad, la indecencia, de la guerra. Sus pobres desgraciados, hijos de su tiempo, quedan inmortalizados como víctimas propiciatorias, como carne de cañón. Resulta increíble suponer ahora tal grado de atrocidad, de saña, y resulta aún más increíble saber que a todo ello sobrevivieron jóvenes que perdieron la juventud y el candor, que cobraron caro el precio de la victoria. Los que regresaron, lo hicieron, como el abuelo Tardi, con los pulmones destrozados o, como aquel Soufflot que “lo aguantaba todo sin ser muy experto”, con un brazo cauterizado. Los que se quedaron allí, envidiados por los sobrevivientes, congelados en su pasmo y en su anhelo por ver el final, íntegros en la muerte pues ya no quedarían desechos, alfombran el paisaje de las trincheras de este cómic.

En las alambradas queda el cuerpo del soldado Huet, que se suicida al no soportar más la visión de la madre aferrada a sus hijos, a la que tuvo que disparar a bulto, por servir de parapeto a los alemanes (su historia tiene la nostalgia descreída, el cinismo paradójico, del Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Cèline). Apresado en un cepo, ante un lugar de referencia en la No man’s Land, la tierra de nadie que separa las trincheras, yace el cadáver desventrado del soldado Gaspard. El recluta Desbois será fusilado por responder ante su instinto de supervivencia, y no ante sus oficiales, en un asalto con el olor de la escabechina. El antipático y misántropo Binet descubrirá tarde que su muerte será baldía, que su búsqueda altruista del compañero caído terminará con la vergonzosa certidumbre de que en el frente, además de morir estúpidamente, se trapichea para escamotearle suplicios al sinvivir cotidiano. Ellos tienen la suerte de tener un nombre, de haber sido alguien. Muchas sombras anónimas se quedaron para siempre en escenarios de batalla ridículos. Por nada.

A Tardi le parece fundamental darles entidad a estos nombres. Por eso, abandona su habitual estilo caricaturesco y opta por materializarlos pormenorizadamente, siguiendo los consejos de Verney y de fotografías de la época. Le espantan las terribles mutilaciones y las evitables amputaciones. Sus viñetas son grandes, elocuentes. Suele haber tres por página: hay quien señala que así Tardi representa la tricolor francesa, empañada de sangre. Se percibe el influjo de Joe Kubert, otro gran dibujante de guerra. No hay una voz, sino un grito; a veces, una súplica. No hay punto de vista sino miradas fatigadas, implorantes, desviadas. Tardi mete al lector entre el barro de las trincheras, entre las ratas, los piojos y las enfermedades. Es perentorio que los que van a morir nos saluden a cámara.

“Quien ha llamado mi atención es el hombre, sea cual sea su color o nacionalidad, el hombre de quien se dispuso, el hombre cuya vida no valía nada en manos de sus superiores”, resume en el paroxismo de su indignación Tardi, mientras carga la munición de sus ataques contra la burguesía, contra la religión, contra henchidos militares que propiciaron todo aquello. Contra los constructores de armas de destrucción y muerte; contra los jaleadores de la matanza; contra quienes crearon el engaño de que Dios estaba del lado de los justos. “Se contaban muchas tonterías en las escuelas del frente. Había maestros que, en lugar de enseñar la historia de Francia, se la inventaban. No se les podía llevar la contraria…eran nuestros superiores”, relata en paralelo a la pobre historia del soldado corso que, por un acto reflejo, decidió que su vida importaba más que una orden arbitraria. Unos compañeros recién llegados del frente le fusilaron.

La guerra de las trincheras (1914-1918) forma parte de esos clásicos que abundan en la crueldad de este conflicto que alguien, con pérfido sentido del humor, definió como “la última guerra de caballeros”. Stanley Kubrick no opinaba igual en Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957), mientras disparaba la metralla de su artillería pesada contra los conceptos de patria, honor y deber militar. Dalton Trumbo, que fue guionista precisamente del anterior en Espartaco (Spartacus, 1960) a petición expresa de éste (Trumbo figuraba en las ignominiosas listas negras de McCarthy), hizo, para desacreditar ese chiste, Johnny cogió su fusil (Johnny Got His Gun, 1971), uno de los filmes más duros que haya dado nunca el séptimo arte, difícil de ver aun conteniendo las arcadas. Jean Renoir se opuso con una de las películas más poéticas de la historia del medio, La gran ilusión (La grande illusion, 1937), una elegía a un tiempo que se acaba que es a su vez oda de uno que comienza. Mario Monicelli habló de pícaros antes que de caballeros, de supervivientes, en la tragicomedia de La gran guerra (La grande guerra, 1959), ese panegírico sobre todos los hombres que lucharon no tanto por una bandera como por su propia subsistencia. A ellos se adhirieron las plumas de Cèline, de Gabriel Chevalier, de Ernest Hemingway, entre otros muchos.

Todos ellos colaboraron en un único frente común: el del firme rechazo de la infamia. Desprovistos de cualquier atisbo de fervor patriótico, combatieron desde las artes, como antes desde la guerra, para hacer que aquella conflagración fuese la última.

[…] Me temo muy mucho que todavía seguimos en las trincheras […] entre líneas… allí donde tiene lugar el enfrentamiento. En realidad, en todo caso, se trata menos de la guerra del 14-18 que de LA GUERRA. […] La que me preocupa es la próxima. (Jacques Tardi, sobre esta obra).