Por si los horrores de la guerra no fuesen de por sí suficientes –trincheras; armas químicas; mutilaciones- Mathieu Missoffe y Charlie Adlard añaden uno más: el wendigo. La criatura convierte el campo de batalla francés en su coto de caza particular.
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Sólo un indio cree, Wohati, sabe de su existencia entre tantas penurias: es el guerrero elegido por los ancianos de su tribu para acabar con el monstruo. Enrolado en las filas del ejército estadounidense, parte para el continente, a más de diez mil kilómetros de distancia de su tierra natal, para cumplir con su misión.

Cuando las desapariciones de soldados de uno y otro bando se hagan insoportables, e inexplicables, los oficiales enfrentados decidirán sostener una frágil tregua en la matanza para constituir un equipo de reconocimiento que investigue los sucesos. Tres soldados alemanes, tres franceses y el voluntario Wohati, partirán en pos de la pesadilla hambrienta. No tardarán en conocer el horror en su forma más pura: la cosa que van a cazar se alimenta de carne humana, de la que extrae su fuerza vital para regenerarse y perpetuarse. En paralelo, un superviviente de su atrocidad escapará del manicomio en el que está recluido para erigirse en heraldo de venganza.


Esta es, en líneas generales, la trama de El aliento del wendigo, cómic de 2009 publicado en Francia y traído a España dos años después por Norma Editorial. Su guionista, Missoffe, tiene abierto un perfil en la base de datos cinematográfica total IMDB (Internet Movie Database), en la que se recoge su enérgica actividad como escritor televisivo desde 2008. Adlard, el dibujante, es el británico de 48 años que, desde 2004, lleva encargándose de The Walking Dead, el soporífero –por interminable, no por malo- dramón sobre supervivientes en un holocausto zombi: empezado en 2003, aún sigue publicándose. Veintidós volúmenes recopilatorios y 129 números son, por ahora, el bagaje de esta serie que también ha dado el salto a la televisión y al videojuego. Del color se ocupa Aurore Folny, joven talento normanda –añada del 85-, con varios proyectos para el mercado francés encima de su mesa de trabajo (entre los que destacaríamos el western fantástico Badlands). Todos ellos son, en mayor o menor medida, responsables de los sentimientos de indiferencia que genera el cómic.

Entre-gases
El aliento del wendigo se basa en demasiados lugares comunes de la cinematografía sobre zombis. El propio wendigo parece un señor zombi: es más bien un humano desollado, sin pelo, casi momificado, en lugar del sugerente dios de la naturaleza insinuado por Algernon Blackwood o del demonio bestial de Cementerio de animales de Stephen King. Hay una explicación para su aspecto en las páginas del cómic, pero es de ésas que hacen torcer el gesto con desaprobación. El aliento del wendigo pretende emular a Ravenous (1999), el maravilloso delirio filmado por la fallecida Antonia Bird, aunque sin poseer su fuerza, su atractivo, y, sobre todo, sin su capacidad de sugerencia. Este wendigo es demasiado explícito tanto en su imagen como en sus intenciones. Es una simple máquina de destruir, un no-muerto del montón, dotado de raciocinio y habla.

En esta historia pasan muchas cosas que se han visto ya en la abarrotada y sobreexpuesta filmografía sobre el zombi; la mayoría de los acontecimientos suceden porque tienen que cumplir con el cliché. La interesante premisa inicial (un monstruo en un escenario monstruoso; unos hombres “monstruizados” por su exposición a la guerra que parten a la caza de la sublimación de la monstruosidad) se diluye luego en una sucesión de más de lo mismo. Los miembros de la cuadrilla son eliminados lenta pero metódicamente por la criatura, siguiendo el ejemplo del mejor (y peor) cine slasher o de Alien: el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979). En un momento dado, el argumento da un vuelco y pasa a ambientarse en el cubículo de la bestia, un pueblecito abandonado por su división armada, que termina por convertirse en escenario de una aburrida y típica historia de zombis con todos y cada uno de sus signos más característicos. Aunque Adlard y Folny se esfuerzan con dibujos y colores en darle una pátina siniestra a los vericuetos de Origny, la localidad, la iconografía sigue siendo abrumadoramente tópica: los soldados supervivientes tendrán, en la catarsis del álbum, un enfrentamiento masivo en una iglesia que apenas revestirá interés. Un videojuego, Resident Evil 4 (2005), emplazado en un demencial pueblo del sur de España, ofreció a este respecto las imágenes más aterradoras de este segmento concreto de la mitología zombi.

Puedes-morir-zombi
Los personajes tampoco son gran cosa. Wohati es un deus ex-machina que no va más allá del estereotipo. La patrulla que le acompaña es carne de cañón con alguna breve pincelada de personalidad. Los franceses, al menos, tienen voz y sentimientos reconocibles, aunque Adlard y las sombras de Folny hagan a los seis más o menos indistinguibles. Entre los alemanes, hay un chico joven (apenas un crío), un tirador con pinta de galán de cine y un monje ¡con los rasgos de Rasputín! ¿Siente pereza el lector por tanta falta de imaginación? Si no es así, que no desespere: quizás pueda reservar bostezos para los enfrentamientos catedralicios entre Wohati y el wendigo. O, si todavía le quedan ganas, para “disfrutar” de ese dislate caricaturesco que es el loco fugado, una concesión a los a veces tan cansinos dementes de Lovecraft que se queda en un evidente (y por tanto burdo) homenaje al maestro del horror cósmico. Lo único interesante es justo una nota a pie de página, relativa a la participación de los indios americanos en el conflicto: más de 12.000 lucharon –y derramaron sangre- por defender sus tierras, que no una patria que aún tardaría en reconocerles su derecho a ser ciudadanos (y por lo tanto personas).

Puede que más de uno se esté preguntando qué sentido tiene incluir una obra como El aliento del wendigo en una categoría que ya ha visto desfilar lo mejor de Jacques Tardi, de Joe Sacco o de Hugo Pratt, y que no tardará en acoger a más colosos, como Arthur Machen, entre otros. La razón es muy sencilla: nos dejamos embaucar por la llamada del wendigo. Un peligroso canto de sirena que, sin deparar nada saludable, nos había acostumbrado, hasta ahora, a ser cualitativamente bueno.

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