La ciencia lleva no poco tiempo investigando las posibilidades de supervivencia de la especie humana. Desde distintos puntos de vista, se vienen haciendo sucesivas proyecciones estadísticas, cálculos de probabilidades, o experimentos de comportamiento social, para observar nuestra conducta y cuantificar el tiempo de que disponemos si seguimos actuando igual.
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Los más pesimistas, como el microbiólogo Frank Johannes Fenner, nos da cien años antes de que la superpoblación y la extinción de las microespecies que mantienen el equilibrio ecológico acaben con la posibilidad de nuestra vida. Otros amplían las cuentas hasta unas imprecisas generaciones o siglos. No obstante, todos coinciden en una cosa: más que las amenazas externas en forma de cometa o meteorito u onda, la principal causa de extinción se encuentra en el aquí y el ahora, dentro de nosotros mismos, en quién somos y en cómo somos.

Precisamente, la literatura distópica, y en especial la postapocalíptica, ha tenido en estos análisis una fuente inagotable de recursos dramáticos e hilos argumentales. A veces escogiendo un problema y magnificándolo hasta sacarlo del tiesto (últimamente, casi todas parecían ser contaminaciones biológicas de malignos virus artificiales), otras veces elevando el problema a una nueva dimensión hasta extraer (y centrarse) jugosos subproductos de estas crisis ecológicas (la transformación contemporánea de la figura del zombi, por ejemplo, se asocia con contextos postapocalípticos), y en otras ocasiones describiendo las penosas situaciones con que una persona o colectivo tiene que lidiar cuando se encuentra en este contexto o con estos subproductos. El éxito de ofertas tan distintas como La carretera o The Walking Dead se explica, en parte, por la sensibilidad del público a este tipo de historias, además de la habilidad para crearlas con solvencia e intensidad.


Sin embargo, de los muchos enfoques posibles a partir de los cuales desarrollar una historia postapocalíptica, en muy pocas ocasiones, y cada vez en menos, se observa cuál es el origen de todo, qué es aquello que causó esa crisis con la que la humanidad tiene que lidiar. Una excepcionalidad y un riesgo que asume con valor Hugh Howey en su trilogía, que apenas esboza en su primer volumen (Espejismo; Minotauro, 2013), pero que ocupa un lugar central en su segunda entrega (Desolación; Minotauro, 2014); a la espera que se cierre dentro de unos meses con su tercer volumen (Vestigios; Minotauro tiene prevista su publicación para octubre de 2014). Con el añadido de que, además de centrarse en la causa de ese apocalipsis, hace una atrevida incursión en los motivos y los deseos que llevaron a quiernes lo causaron a la decisión de apretar el botón de “reset”.

Para ello seguimos en el universo narrativo de la trilogía, inmersos entre las plantas de acero y hormigón de los silos donde la humanidad vive atrapada, a la espera de que, algún día, se disipe la amenaza externa que se cierne sobre sus vidas si deciden abrir las puertas. Una amenaza cuyo origen han olvidado. Un desastre cuya naturaleza exacta sólo conocen unos pocos. Y cuyo fin todavía unos pocos menos podrán saber cuándo ha llegado. Pero una catástrofe que, además, tiene unos motivos que la han originado y unos objetivos que la justificaron desde su comienzo y hasta su final, que sólo una élite sabe, y guarda con celo, entre los muros del Silo 1.

Precisamente en esta élite, y en concreto en el Silo 1, es donde se localiza el foco dramático central de este segundo volumen, cuyo motor narrativo es el descubrimiento de la intrahistoria del apocalipsis y todo lo que tras él se oculta.

Si hablamos de intenciones ocultas y de élites, de botones de “reset” y de objetivos a largo plazo, estamos hablando de poder y de ideología. Un entorno al que pertenecía el protagonista de este volumen, Donald, un prometedor arquitecto que por casualidad llegó a congresista de los Estados Unidos y, sin saber muy bien cómo ni porqué, acabó siendo uno de los responsables del diseño estructural de los silos. La pertenencia a ese pequeño grupo le ha garantizado una supervivencia a largo plazo a través de la criogenia, y aunque lo despiertan para enfrentarse a crisis en otros silos, por lo general vive una vida organizada a partir de la predictibilidad y la rutina… hasta que de repente algo cambia. La medicación que tomaba para garantizar su docilidad deja de hacer efecto, devolviéndole la memoria del pasado y, con ella, tanto la necesidad de respuestas sobre qué pasó como las esperanzas respecto al sentido que tendría seguir viviendo un día más su vida.

Las barreras de la élite son, no obstante, densas y difícilmente franqueables. De su pasado recupera la memoria sobre “La Orden”, en la que se explican los motivos para darle comienzo a tamaño proceso de “reset” de la humanidad. Pero aun así son muchas las respuestas pendientes. Para empezar a conseguirlas necesitará echar mano de la hipocresía y la mentira, la amenaza y la muerte, en una lucha que va más allá de la supervivencia biológica (garantizada por la planificación y la crueldad del Silo 1) hasta llegar al sentido mismo de la vida. Una dimensión filosófica en la que Howey construye un interesante enfoque desde el que plantearnos una reflexión alrededor del antagonismo clásico entre la libertad y el poder, entre la naturaleza humana a la esperanza y cómo esa esperanza representa un obstáculo para que el poder pueda seguir ejerciéndose, y aquellos que lo disfrutan puedan seguir haciendo las cosas a su antojo.

Para reforzar este antagonismo se introduce el hilo narrativo de Jimmy, un joven adolescente, hijo de la sombra del director del Silo 17, que tras una crisis en el Silo, se encuentra solo y abandonado en el medio de la nada –la concesión más clara de esta novela a la literatura postapocalíptica tradicional-. Y también se deja asomar, desde una perspectiva distinta, la de Lukas Kyle, la nueva sombra del director del problemático Silo 18 (centro dramático del primer volumen de la trilogía, Espejismo), quien fue aceptado con reticencias y analizado con lupa desde la élite por su tendencia a, por la noche, subir hasta uno de los miradores de las plantas superiores para mirar a las estrellas. Y precisamente de la combinación de estos tres hilos y tres silos, cada uno representando un aspecto fundamental para el sentido general de la trilogía (poder, soledad y esperanza), surgirá el tercer volumen.

En esta Desolación Howey muestra un extraordinario dominio del ritmo narrativo, del suspense a la hora de desvelar los elementos fundamentales de la trama; así como una habilidad con la descripción capaz de organizar un argumento complejo de forma aparentemente sencilla. No obstante, esta habilidad con la descripción se convierte en abuso cuando se introduce donde resulta redundante e innecesaria, y es que la historia de Jimmy se hace tediosa y repetitiva, por momentos hasta falta de ideas, en especial cuando para aportarle dinamismo y hacerla avanzar se hace imprescindible la introducción de un gato (Sombra) como personaje secundario de honor. Es más, el hilo narrativo de Jimmy se percibe como un apósito intencionado para darle contrapeso al hilo principal, pero sin la fuerza e intensidad necesaria.

Tampoco se resuelven con solvencia cuestiones relevantes para la credibilidad interior de los personajes, y en especial con Donald, en cuanto a sus motivaciones o sus relaciones con el pasado. Y se abandonan a personajes sin apenas una explicación, perdiendo su fuerza para la trama (no sabemos si se recuperará o no más adelante), e introduciendo minas de sorpresa o indignación en la lectura, de esas que tan poco gustan cuando te distraen de la novela para llevarte a pensar en la voz narradora (o la mano autoral, según cada quién) y sus motivaciones.

Con todo, Desolación resulta una novela postapocalíptica original, atrevida y bien equilibrada, que alterna con habilidad momentos de reflexión con momentos de entretenimiento, y que se engarza como un guante en el conjunto de la trilogía. Quizás sea todavía prematuro, pero desde luego, pocas obras postapocalípticas recientes resultan tan sólidas como una trilogía que va camino de ser referencia en el género.

En octubre saldremos definitivamente de dudas.