Edgar P. Jacobs, belga de 1904, integraba el equipo que ayudaba a Hergé, como si del Sneijder de un Rubens se tratase, a dar forma a las historietas de Tintín (labor que también realizaron otros autores como Jacques Martin o Bob de Moor antes de dar el salto con sus propias publicaciones, cuya influencia del arte de George Remí es fácilmente detectable). Un buen día, Jacobs tiene la feliz idea de dar rienda suelta a sus propias creaciones, además de discutir con el autor de Tintín el compartir la autoría del cómic del reportero con flequillo firmándolo con los nombres de ambos: la respuesta es de sobra conocida. Fruto de esta idea, en 1946 Blake y Mortimer protagonizaban su primera aventura: El secreto del espadón, en tres partes. A éste, le seguiría El misterio de la gran pirámide, historia en dos cómics que narra los secretos que esconde la pirámide de Keops, ahora al alcance de héroes y villanos de mediados del siglo XX gracias al desciframiento del papiro de Manetón. Habría que esperar a 1953 para hacerse con la primera historieta auto-conclusiva de este dúo dinámico.

La Marca Amarilla (Norma Editorial) nos sitúa en un Londres que es todavía capital del imperio británico, asediado por los folletinescos robos y ataques del desconocido cuyo mote da nombre al álbum. Su modus operandi es sencillo: avisa a los periódicos de dónde va a cometer su siguiente fechoría y, una vez realizada ante la incredulidad de la gente y a pesar de todas las medidas de seguridad, su símbolo en tiza amarilla deja la huella indeleble de su éxito. Tras el atraco al Banco de Inglaterra o la falsa bomba en el 10 de Downing Street, la última acción (el robo de la corona de la reina, nada menos) empuja al Home Office a estrechar relaciones con Scotland Yard y a Francis Blake a solicitar la ayuda de su amigo Philip Mortimer para resolver el caso.


El desarrollo del argumento recoge varias de las características más recurrentes de los medios de entretenimiento del momento, con sus referencias cinematográficas (la M que nos recuerda la cara psicótica de Peter Lorre en M, El vampiro de Düsseldorf [M, Frizt Lang, 1931]) y literarias (la más evidente, la novela El cerebro de Donovan, del escritor y guionista Curt Sidomak)  y una mezcla de intriga detectivesca, dosis de misterio y una fuerte carga de ciencia-ficción (grandes computadoras en manos de villanos carentes de toda moral) que se hace familiar y agradable. Así, el misterioso atacante no es sino un hombre tele-dirigido por un científico loco en busca de venganza (principalmente) y poder. La historia raya en momentos de gran brillantez, como el comienzo nocturno que nos pone en antecedentes o la trampa que tiende la Marca Amarilla a Blake y que se convierte en una vertiginosa persecución en coche por las calles de Londres. Todo ello siempre apuntado por la más pura flema británica, pues parte del atractivo de esta serie radica en el carisma de los personajes principales, ejemplos claro de dos estereotipos: aquel que sabe medir siempre y en todo lugar los ritmos y los tiempos (Francis Blake) junto a aquel otro más impulsivo, con un académico sentido de la curiosidad (Phillip Mortimer). Hijos de la Gran Bretaña, Blake es un oficial del servicio secreto británico; por su parte, Mortimer es un físico nuclear que se dedica -es gente de aficiones patrióticas- a ejercer de investigador en sus ratos libres o cuando su amigo le envía un telegrama pidiendo su opinión. El resultado es una pareja casi tan mítica como Tintín y Haddock, como unos David Niven y Michael Caine con stiff upper lip (impavidez británica ante las adversidades) cuando toca, con humor y agudos en otras ocasiones, caballeros y camaradas siempre y al servicio de su Majestad.

La Marca Amarilla destaca también por su acabado y color, como no se podría esperar otra cosa de quien se encargó del arte de álbumes como Las siete bolas de cristal o El templo del sol. El trazo del dibujo, fino, preciso y limpio, pictóricamente hablando inserto en la corriente de la línea clara, realista en los cuerpos y ligeramente caricaturesco en las caras, es acompañado por un color principalmente plano, con ciertos matices, pero que no niega la inclusión de sombras. Sin embargo, a pesar de los aciertos de La Marca Amarilla que nos hacen disfrutar del cómic, hay ciertos detalles que, aunque no arruinan el relato, sí que lo deslucen un tanto e impiden que llegue a cotas de calidad más altas. El primero de ellos corresponde al modo de narrar inherente a E. P. Jacobs y que, para bien o para mal, es parte de su sello particular. Y es que el uso y abuso de los cuadros de situación genera una redundancia gratuita, pues no suelen aportar nada a la imagen, ralentizando el discurso al darnos por partida doble cada escena, tanto en imágenes como en palabras. Esta actitud hace que se haya catalogado a Blake y Mortimer de literatura dibujada, defendiendo el acercamiento voluntario de Jacobs a este modo de narrar, aunque bien se puede ver en lo mismo la impericia e incapacidad a la hora de usar los códigos del arte secuenciado que más estilizadamente usara Hergé.

Asimismo, si bien no sean de carácter grueso, ciertas incoherencias de la trama provocan que arruguemos el gesto al asistir a giros casi sin explicación o incongruencias en el argumento. De esta manera, salvo el atraco al Banco de Inglaterra (que podemos suponer servirá para financiar los planes del super-villano), no se explican las motivaciones del resto de ataques del autómata dirigido por el doctor Septimus, cuyo objetivo principal es doblegar a aquellos prohombres que ridiculizaron y humillaron las investigaciones que presentó bajo el pseudónimo de John Wade. Como tampoco se explica que dicho autómata, el veterano coronel Olrik (némesis de la dupla protagonista), tenga problemas al asaltar el lugar donde se hospedan Blake y Mortimer al despertar su subconsciente por los artefactos egipcios de éstos cuando en la primera noticia que leemos se nos cuenta que ha robado también la daga de Amenópolis III. A su vez, a algunos lectores les puede incomodar o resultar abrumadora la gran carga de texto de algunos diálogos, memorables por su longitud y por su uso en ocasiones poco sutil a la hora de explicarnos las deducciones de los personajes o darnos resúmenes de lo ocurrido al detalle, como ese mad doctor contándonos al final sus planes de venganza y dominación al detalle o el -por otra parte encantador- speech final de Blake.

No obstante, La Marca Amarilla, pese a sus defectos, se merece una lectura atenta, ya sea por su dibujo, su argumento pulp o por ese Olrik desatado que recuerda en vestimenta al doctor Jarrod (excelente Vincent Price) de Los crímenes del museo de cera (House of Wax, André De Toth, 1953, mismo año de la publicación original de este tomo). O por sus buenos, sus malos y su espíritu de serial que me hace pensar si no hubiera sido mejor nacer antes para disfrutarlo sin complejos.