A veces ocurre también en la ciencia-ficción. Un nuevo autor irrumpe en la escena para maravillar a la crítica y al público, con su estilo certero y su prosa creativa, estremeciendo a lectores también de otras arenas literarias, para de golpe y porrazo auparse al Olimpo de los clásicos contemporáneos. En los últimos años, el ejemplo más representativo ha sido (y es) Paolo Bacigalupi (Colorado, Estados Unidos, 1972) con su novela La chica mecánica (Plaza & Janés, 2011). Un auténtico fenómeno de ventas global, absolutamente excepcional para una novela de este género, sobre todo en los últimos lustros, donde acontecimientos como éste no han sido precisamente muy habituales.

A la luz de este abrumador éxito, se publicó con posterioridad en España una antología con algunos de sus mejores relatos breves: La bomba número seis y otros relatos (Fantascy, 2013; aunque originalmente publicado en 2008). Casi todos ellos publicados en revistas literarias especializadas en lo breve, como The Magazine of Fantasy & Science Fiction o Asimov’s Science Fiction o Logorrehea: Good Words Make Good Stories; uno de ellos aparecido exprofeso en la antología Fast Forward I: Future Fiction from the Cutting Edge; y otro, precisamente el que da título a este libro, elaborado específicamente para su publicación aquí. Un total de once piezas breves, útiles para conocer un poco más sobre el estilo de Bacigalupi, en el formato donde más ha escrito y, personalmente, donde mejor creo que se desenvuelve.

El estilo de Bacigalupi resplandece en el formato corto. La concreción de su propuesta narrativa en cada relato se coordina con personajes desarrollados en su justa medida, escasamente dimensionados porque, para transmitir aquello que se pretende, sobra la exigencia de personajes poliédricos. De hecho, su concreción juega con un grado de precisión tan alto que el argumento se ve también, en cierto sentido, condensado a pocas claves comprehensivas, apenas el esbozo o la intuición o el presentimiento de una idea sobre cómo podría ser nuestro futuro próximo –piénsese en una distancia de poco más de un siglo-. Los relatos muestran su mayor elaboración en el contexto, en las atmósferas en que viven los personajes y suceden los hechos, en las instituciones sociales donde crean su cotidianidad y viven su vida.

De esta manera, Bacigalupi ha conseguido transmitir su mensaje como voz autoral no tanto a través de una de cada una de sus piezas como, excepcionalmente, a través del conjunto de su obra. Es con la superposición de todas ellas, por ejemplo en una antología como La bomba número seis y otros relatos, donde podemos ver y comprender su visión del mundo presente y futuro. O incluso observar su maduración como autor, lenta pero evidente, desde los primeros y bastante similares relatos – aquellos escritos entre 1999 y 2006-, hasta el salto que suponen algunos textos posteriores como “Suave” o “La bomba número seis” o el que, para mí, es el mejor de todos ellos, “Pequeñas ofrendas” (los tres corresponden al período 2007-2008). Tanto es así que, creo, podemos distinguir aquí dos etapas claramente diferenciadas en la capacidad narrativa de Bacigalupi y, con la venia del querido lector, analizaré este libro a partir de esta distinción.

Los primeros relatos muestran una trama muy similar en su estructura y en la disposición funcional de sus elementos, con personajes arquetípicos de perfil estático puestos al servicio de la función que les asigna la trama y el argumento elaborado al uso. La mirada al tiempo futuro de la voz narrativa nos sitúa ante una elección incierta entre dos polos; en una posición intermedia, el personaje principal debe afrontar un dilema fundamental entre las dos posiciones presentadas: ¿qué elegirá?, ¿qué consecuencias traerá su elección?, ¿cuál es la base argumentativa a partir de la cual se podría decantar hacia uno u otro lado de la balanza? Todas estas preguntas, y algunas más, nos ofrecen la oportunidad de reflexionar (de forma bastante obvia y, por momento, incluso chabacana) sobre qué mundo estamos construyendo y a qué futuro aspiramos.

En “Un futuro lleno de dharma” una importante mente humana, encerrada en un pequeño cubo electrónico tras someterse a una operación, acaba accidentalmente en las manos de un joven quien, sin quererlo, tendrá entre sus manos el destino sociopolítico del mundo.

“La chica aflautada” nos lleva a un terreno conocido, explorado por John Varley en el clásico Playa de acero: una época donde la transformación de los cuerpos convive con su banalización. Aquí, aquellos con recursos disponen de cuerpos ajenos para comerciar con ellos y alcanzar sus anhelos, mientras explotan a estos esclavos anulando su libertad. La chica aflautada está a punto de convertirse en una mercancía de tan alto valor que garantizaría el ascenso social definitivo de su propietaria, pero antes de culminar este ascenso guarda en su manga un as, un último acto de libertad que podría cambiarlo todo.

Paisajes-del-Apocalipsis

“Seres de arena y escoria” pudo leerse también en esta antología del Apocalipsis editada en 2012 por Valdemar.

“Seres de arena y escoria” continúa el mismo camino social: cuerpos mecanizados, separados de su materia orgánica, en un mundo apocalíptico donde todo es destrucción y escombro. Unos soldados encuentran un perro, una forma de vida (a sus ojos) primitiva y frágil, y por ello quizás irrelevante. Entre dos de estos militares se inicia una enconada discusión sobre si comerlo o cuidarlo, sobre si cocinarlo para probar su carne o mantenerlo vivo como una rareza biológica. La decisión final depende de un tercero, cuyo voto nos llevará a reflexionar sobre la importancia de la vida. Es por eso que su decisión cobra especial importancia, por cuanto refleja la posición moral de un futuro posible.

“El pasho” nos lleva a una India separada en clanes sociales, radicalizada socialmente entre aquellos favorables a la conservación de las tradiciones y aquellos que apuestan por la modernidad. El debate se mueve entre posturas extremas y fuertemente enconadas: los tradicionalistas desean un exacerbado tribalismo rural, mientras los modernizadores incorporan las tecnologías para moldear el mundo a partir de la mejora de su bienestar y su calidad de vida. El pasho, una figura moral que persigue la unidad entre ambas posturas, vuelve a su hogar, una pequeña aldea tradicionalista, tras haber sido educado en zonas modernizadoras. Allí conocerá la sospecha de los suyos y la oposición de su abuelo, líder guerrero tradicionalista, a esa intención de mediación.

Esquemas muy similares a éstos desarrollan los argumentos de “El fabricante de calorías”, “El cazador de tamariscos”, “Respuesta evolutiva” y “Tarjeta amarilla”. El dilema de un personaje principal entre posturas encontradas desarrolladas a partir de un argumento, centro de la trama, unifica todos estos relatos. Y por si esto fuera poco, para aquellos que ya conozcan a Bacigalupi por La chica mecánica, en esta parte del libro se guarda una pequeña sorpresa: el relato “Tarjeta amarilla” alberga los primeros pasos de su, hasta ahora, personaje más relevante e idea más destacada. Apenas un esbozo, pero suficiente para abrir boca o ampliar miras sobre la novela.

Sin embargo, este esquema unificador desaparece en los tres últimos relatos, que cierran el libro. Los dilemas morales desaparecen, para dejar paso a argumentos donde la idea central se nos muestra más diáfana y más centrada. Los personajes abandonan la duda, substituyéndola por una determinación y firmeza propia de quien sabe lo que quiere. Los contextos abandonan las imágenes de ciudades increíbles u horizontes apocalípticos, para adoptar otros más cotidianos y más próximos al lector, como un típico barrio residencial de clase media (“Suave), una planta depuradora de aguas residuales (“La bomba número seis”) o una clínica de fertilidad para mujeres que desean tener descendencia (“Pequeñas ofrendas”). La crítica social gana contundencia con la claridad de ideas y, en consecuencia, la lectura se puede centrar más en los matices, que es donde Bacigalupi se nos muestra como un diseñador genial.

En “Suave” un hombre mata a su mujer y, durante todo el relato, se nos describe el proceso mental a partir del cual éste pasa de querer asumir la responsabilidad de un hecho considerado accidental a otro donde el destino de una vida privada de libertad pesa más que el pago por sus actos. Mientras tanto, el cuento nos muestra también la moral disoluta del ser humano contemporáneo, del liviano peso de la ley y la ética, de lo relativo que es la vida en común en comparación con los intereses particulares de cada uno.

“La bomba número seis” muestra una mayor ambición literaria, ya que quiere cruzar dos líneas de reflexión inicialmente paralelas, una mental y otra material. A partir de una bomba estropeada en una planta de tratamiento de residuos, que lleva más de un siglo en funcionamiento ininterrumpido pero que ya no ha podido seguir funcionando tras tanto fallo sin resolver y piezas defectuosas, se reflexiona sobre la decadencia del ser humano. Mental, por su incapacidad de concentrarse o de centrarse en lo importante, más entretenido en asuntos de corto plazo o en diversiones con las que huir de la realidad. Material, porque esa incapacidad ha permitido una decadencia y una dejadez que lo ha llevado a una situación crítica, sobre la que se muestra incapaz de actuar y puede llevarlo a un callejón sin salida. Este equilibrio se afronta muy hábilmente, aunque a veces se incide en una exasperante tendencia a hacer obvio lo evidente, restándole fondo y densidad al texto.

 Y, de repente, llegamos a “Pequeñas ofrendas”. Una minúscula joya de apenas una decena de páginas. Un canto a la vida a través de la maternidad. Un deseo, un anhelo de cotidianidad, y al mismo tiempo una durísima crítica al ser humano frustrado con su debilidad, deseoso por trascenderse corporalmente sin pensarse filosóficamente, buscando vivir sin tener más vida que el mismo acto de estar vivo.

Ahora cerramos el libro y queda, en nuestra memoria, una ristra de temas sobre los que reflexionar: la medicina y la bioética, la industria alimenticia y la propiedad intelectual, la mente y el cuerpo, la solución de los problemas a largo plazo y la necesidad de un sufrimiento a corto. Todos ellos sintetizadas en una pregunta existencial de importancia trascendente y evidente: ¿quiénes somos?, o sea, ¿cómo queremos ser, vivir nuestra vida, diseñar nuestro futuro, programar nuestro porvenir? Bacigalupi dibuja en su obra una serie de postales repletas de imágenes e ideas relacionadas con ese fututo probable, nos muestra posibles salidas -ninguna de ellas deseable- muy reconocibles y coherentes con el camino que parece estar adoptando el ser humano contemporáneo.

Como si de un espejo se tratase, nos expone ante el posible reflejo futurode nuestro ser actual, obligándonos a pensar y, quién sabe, quizás consiguiendo también que actuemos en consecuencia, reaccionando, pegando un golpe en la mesa, negándonos a ser así… o no. Y es que la grandeza de este autor, y parte de la explicación de su éxito, está en esa capacidad sobrada para resultar visionario y evocador al mismo tiempo, para dibujar tan exactamente el mundo indeseado que ninguno queremos pero que todos podemos advertir como posible. Y. si bien es verdad que su capacidad literaria se encuentra todavía en evolución, como este libro perfectamente refleja, también es cierto que su potencial para emocionar ha quedado más que demostrado y puede, o eso me parece a mí, alcanzar cotas todavía más altas. Una ola de aire fresco para las raídas velas de la ciencia-ficción. La expectativa de una salida para el ser humano, del agujero en que parece estarse metiendo cada vez más hondo, cada vez más lejos de la salida. Bacigalupi nos demuestra que, a pesar del catastrofismo internacional destilado recientemente desde la NASA o la ONU, todavía hay esperanza.