Ilustración realizada por Ilustracion realizada por Santiago Caruso

Ilustración realizada por Santiago Caruso

Para acometer con garantías el descenso a los infiernos cthulhianos que Emilio Bueso perpetra en Extraños Eones, su última novela, el castellonense se ve impelido a cambiar eventualmente de chaqueta: abandona la chupa de cuero de Salto de Página, la editorial de sus tres últimos libros (Diástole; Cenital; Esta noche arderá el cielo) para calarse el sayo, la túnica, de Valdemar.

El panteón de los terrores literarios es el lugar idóneo para iniciar la invocación a Azathoth, primer motor del Caos, el único sitio en el que se puede dar credibilidad y seriedad al culto de los Dioses Primigenios iniciado por Lovecraft y sistematizado por Derleth. Gracias a la colección Insomnia, dedicada al horror contemporáneo, Bueso logra mimetizarse perfectamente en adepto, en cultista.

Y lo hace mediante una historia en la que muertos y vivos cohabitan ya desde el mismísimo escenario: Extraños Eones se ambienta en El’Arafa, cementerio de El Cairo convertido en barriada. Las antenas parabólicas y los coches aparcados configuran parte del paisaje natural de esta extensión de ocho kilómetros de longitud y 1.500 años de antigüedad surgida de la fusión de siete arcaicas necrópolis: son los detalles que avisan de la presencia de habitantes en el camposanto. De vivos en la morada de los muertos.

Extraños Eones cuenta un drama en el que “se cruza lo uno, lo otro y lo del más allá”. Una tragedia que tiene por protagonistas imposibles a seres absolutamente desfavorecidos, desasistidos, aunque no por ello carentes de recursos. Los héroes de esta novela son homies, niños de la calle cairotas: seis de los 500.000 que contabiliza la capital egipcia. Pobres diablos inexistentes para el sistema y que hacen del cada día una lucha por la supervivencia. Benipé, Ideodaniach, Khaldun, Islam, Ibrahim y Tata son la representación de una parte (nada desdeñable) de las miserias, de la mugre, de la milenaria ciudad africana. Seis radiografías de la crítica social afilada que esconde el autor bajo literatura de género.

Bueso, padre de un chaval de corta edad, no es insensible a la situación de exclusión de sus pequeños protagonistas (van de los 8 a los 16 años). Por eso, resume su novela en la siguiente reflexión formulada para que los lectores tomen conciencia, se posicionen, y, como él, piensen también en el problema: “Somos una generación que pasa el relevo a otra miserable, desahuciada. No pudimos pagar a los encantadores de serpientes y eso va a convertir el mundo en un cementerio africano habitado por fantasmas de personas. Hemos levantado unas ciudades monstruosas y crueles donde se han terminado los horizontes y se acaban las condiciones, donde nuestros hijos crecerán narcotizados y pasando penurias para sobrevivir, hasta que el caos y la alienación arrasen con ellos. Hemos heredado una tumba, pero en ella ya viven desheredados”. La crisis sistémica, de valores, de esperanzas, en que nos hallamos, y que es más grave que cualquier amenaza proveniente de lejanas galaxias, queda retratada con palabras concisas y contundentes.

La crítica social no es la única novedad de este singular acercamiento a la cosmogonía de los Mitos. También subyace un sentido del humor irónico, de dientes apretados, que se ríe de la resignación y la infalibilidad del destino. Para Bueso no hay caminos trazados en las estrellas, cabalismos definitivos, sólo hay, como sucede en la literatura de Asimov, confianza en el prójimo. No ciega, desde luego, su sarcasmo se lo prohíbe, pero sí firme, sólida. Es por eso que se permite la gran broma, el gran sacrilegio (para los integristas mitómanos), de mostrar el truco de la narración, de enseñar en un capítulo que le fue sugerido por los grandes bromistas de Valdemar, una jornada fuera del cómputo de todo tiempo en la corte de los desvaríos del líder de los Primigenios y de su sultán demente, Nyarlathotep. Enseñados en un atisbo de su cotidianeidad, desnudados por la mirada indiscreta de un narrador guasón, quedan relegados a la categoría de parodia. Y así, como amenaza paródica, peligrosa, letal e inevitablemente aterradora, aparecerán ante el lector de este grimorio sobre el apocalipsis.

A pesar de la ironía, el tono de la narración es oscuro, su estado natural, terrorífico. Cosas muy terribles y asquerosas, presentadas con suma viveza y ritmo desenfrenado, suceden en las páginas de esta novela, un “ir más allá” de los descascarillados elementos (y lugares) comunes que configuran las características de los Mitos. Extraños Eones es una novela con escenas de película de Jaume Balagueró y con puntos en común con la locura más perversa de El templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984). El terror está servido.

Porque, como dijo Lovecraft (citado por Emilio Bueso), “con el paso de extraños eones incluso la muerte puede morir”. Prepárese el lector por tanto para lo peor: todo cuanto pueda imaginar será un cándido juego con respecto a los arcanos terribles que aguardan acechantes en las profundidades de El’Arafa.