Vernor Vinge es una pluma grande, inmensa, cuya formación e ideas han abonado algunas de las mejores novelas de este género jamás escritas. Uno de los pocos escritores vivos que pertenece a la época de los grandes clásicos de la ciencia-ficción, a ese tiempo tan añorado que nos abandona poco a poco, a cuenta gotas, conforme el tiempo avanza inexorable.
Un fuego sobre el abismo Vernon Vinge
Se ha ganado su reputación por La guerra de la paz (originalmente publicada en 1984) o la todavía mejor Naufragio en tiempo real (1986) y, por supuesto, por esta magnífica Un fuego sobre el abismo (La factoría de Ideas, 1992) –ya pierden algo de fuelle las continuaciones de la serie conocida como Zones of Thought, que se abre con el título que hoy reseñamos (y que completan A Deepness in the Sky, 2000, y The Children of the Sky, 2001)-.

Esta matemático e ingeniero informático estadounidense (1944) tiene el mérito añadido de haber reflexionado sobre la relación entre la tecnología y la humanidad hasta el punto crear conocimiento con la ciencia-ficción, haciendo de la literatura un motor para generar y soñar el futuro. Muchos científicos y escritores de ciencia invierten litros de sudor, durante cada día de todas sus vidas, para acercarse al extraordinario logro conseguido por Vernor Vinge: quien sostiene entre sus manos un ejemplar de Un fuego en el abismo tiene, sin exagerar un pizca, un fragmento fundamental de la Historia de la Ciencia generada en el siglo XX.

A Vinge le debemos una atención inédita y un desarrollo maduro del concepto de la “Singularidad tecnológica” a partir del cual, perdido como estaba hasta entonces en la nebulosa, se retoma y se proyecta en cuanto idea básica y central de nuestro mundo actual.

A partir de la demostración de una línea continuamente creciente en la capacidad de la inteligencia humana, y por consiguiente del crecimiento igualmente lineal de la capacidad de la inteligencia maquinal (artificial) derivada de la anterior, se discute sobre el punto temporal y la forma material en que la hija (la inteligencia artificial) supere a la madre (inteligencia humana) en potencia y capacidad. Un punto en el que, cuando lleguemos, y según parece, la inteligencia artificial impulsará el modelo de crecimiento de un ritmo lineal a uno exponencial y, en consecuencia, se abrirán las puertas a un nuevo mundo que no somos todavía siquiera capaces de intuir.

Si este concepto estaba casi relegado, imagínese el impacto de una novela que, desde su mismo centro, intenta afrontar preguntas tan importantes como: ¿qué formas de tecnología o de vida o de inteligencia serán compatibles con este nuevo contexto de Singularidad?, ¿será todavía posible la humanidad tal como la conocemos o, por el contrario, vamos hacia una post-humanidad? Y si nos disolvemos entonces en el espacio-tiempo, ¿qué sentido tiene todo, nuestra vida presente o nuestro posible futuro? La ambición de Vinge no tiene límites a la hora de enfrentarse a estas y a otras preguntas, con el valor y la audacia de quien propone elaboradas respuestas cuando casi nadie tenía estas preguntas en la cabeza.

Un fuego en el abismo ha sido, por esto, difícilmente calificada desde la crítica como una mezcla estrambótica e inusual de Space Opera y Hard Science Fiction. Como si fuese posible reunir en un marco coherente los argumentos más ligeros y las tramas más complejas, se etiqueta, de manera errónea, a esta magnífica novela de forma bastante simplista y poco argumentada. Vinge diseña primero una trama asentada sobre la base de sus respuestas a las principales cuestiones planteadas desde la Singularidad para a continuación diseñar un argumento alternativa donde estas respuestas puedan visualizarse y explicarse convenientemente, entreteniendo al lector y además elaborando personajes o situaciones capaces de apasionarlo.

El novelista actúa con el doble rol de, por un lado, ser un pensador capaz de diseñar respuestas relevantes a preguntas importantes, y por otro lado, ser un divulgador capaz de acercar estas respuestas a un público amplio y heterogéneo donde existen, al tiempo, los más bravos científicos y los más ingenuos soñadores. ¿Se puede considerar como ligera una obra capaz de conseguir brillante y simultáneamente estos dos objetivos, en la mayor parte de los demás casos incompatibles? Es imposible. Más bien, Vinge toma en sus manos algunos elementos de la ciencia-ficción más popular para proyectar a un amplio público algunos elementos densos específicos de las teorías del conocimiento y del avance la humanidad tecnológica.

Precisamente porque la base de la novela está en los aspectos más esencialmente teóricos, y porque estos elementos se introducen directamente y sin ambages en el argumento, es por lo que la lectura se hace árida al comienzo. Pero también es cierto que, dado que el argumento juega con esquemas populares muy reconocibles para amplios y heterogéneos grupos de lectores, pronto toma cuerpo el argumento y la lectura va fluyendo sin mayor dificultad. Es más, el propio argumento se desarrolla a un ritmo qfavorecedor para la comprensión final de la trama y, por tanto, de los esquemas teóricos a partir de los cuales Vinge nos quiere presentar sus propuestas a la compleja cuestión de la Singularidad.

Consecuencia de esto, el lector debe prestar atención a los distintos niveles de lectura, pues cada uno de ellos se corresponde con cada una de las variables presentes en el concepto de Singularidad, sobre las que Vinge trabaja con la precisión de un maestro orfebre: la inteligencia, la máquina y la humanidad.

Mediante su respuesta a la evolución lineal de la inteligencia, a cómo cree que ha sido y hacia dónde piensa que se dirige, Vinge construye un universo complejo articulado en el espacio-tiempo. Desde las profundidades “sin pensamiento”, pasando por la “zona lenta”, hasta llegar a la “trascendencia”, el ser humano atraviesa por distintas fases de consciencia y pensamiento. Una evolución perfectamente coordinada con la evolución de las sociedades y los grupos culturales, desde la no existencia de vida hasta la sofisticación de las civilizaciones próximas a la trascendencia (habitantes de la zona conocida como el “Allá”), pasando por el medievalismo de los “Pinchos” (seres humanoides de forma similar a los canes y con una conciencia/personalidad múltiple o gregaria), o incluso las vidas incorpóreas de poderes increíbles y conciencia más allá de la materia. Un complejo universo que va ganando forma y cuerpo con el transcurso de la historia hasta resultar perfectamente corpóreo y real.

Una extraña forma de vida maquinal amenaza la supervivencia y coherencia de este equilibrio espacio-temporal. Sin embargo, esta forma de vida tiene un punto débil: una de las naves humanas cuya actividad científica contribuyó a su creación ha escapado y, supuestamente, dentro de ella va aquello que puede acabar eliminándola antes de que sea demasiado tarde. Pero esa nave, a la deriva en el espacio, llega a un planeta hostil donde sus habitantes se verán amenazados y su tecnología codiciada. Por eso otras civilizaciones, tecnológicamente más avanzadas, deciden poner también rumbo a aquel planeta, para salvar la única esperanza existente de acabar con esa amenaza maquinal.

La variedad de civilizaciones y personajes, aun existentes en planos de lectura distintos, se coordinan y presentan juntos en esta misión compartida por salvar sus propias vidas, a través de un mosaico donde las distintas etapas de evolución aparecen retratadas y relacionadas respecto a las demás con habilidad y detalle.

La persecución de un enemigo común nos permite ver las diferencias entre las distintas etapas de la inteligencia/humanidad/tecnología. Incluso la amenaza maquinal se asemeja extraordinariamente al contexto donde, supuestamente, la Singularidad dará comienzo a ese nuevo mundo. Hasta en una lectura amplia, un ojo atento puede percibir esos breves fogonazos en diálogos o en frases de la voz narradora, donde se da rienda suelta a la imaginación respecto a la importancia que nuestro presente inmediato tendrá respecto a la forma de nuestro futuro más lejano.

Y, por supuesto, de entre todas estas capas de sentido, unas superpuestas sobre las otras, emerge como representación del ser humano contemporáneo el impresionante personaje de Pham Nuwen. Él no es más que un conjunto de retales de otros cuerpos rescatados de una nave a la deriva en la “Zona lenta” –donde casualmente estaría nuestra civilización, una suma de partes unido por una conciencia desorientada y recuerdos confusos –también casualmente vinculado al retrato contemporáneo de la postmodernidad, a la búsqueda de esa amenaza maquinal (primer tiempo de la Singularidad) guiado por un ser de la trascendencia (sentido del futuro remoto)-. Con este personaje todo funciona como un reloj y es, para quien esto escribe, uno de los mejores retratos del ser humano actual que podemos encontrar en la ciencia-ficción.

Con todos estos detalles encima de la mesa, ya estamos en condición de intuir la joya de preciosismo y virtuosismo reflexivo y creativo que es Un fuego sobre el abismo. Y, si bien es cierto que el paso del tiempo ha hecho mella sobre su aspecto más tecnológico, también lo es que sigue siendo una de las reflexiones metafísicas más inteligentes y audaces que haya dado nunca la ciencia-ficción y, si nos ceñimos a los aspectos propios de la Singularidad, también la literatura universal.

Un clásico imprescindible que sigue vivo, la mejor novela de su autor, y que si bien merecía una traducción bastante mejorable, nos da en su última edición española de La Factoría de Ideas una oportunidad de percibir su esencia.