La Ooesterschedelkering es una presa holandesa diseñada para “capturar el Atlántico”. En su construcción participaron innumerables compañías neerlandesas que trabajaron denodadamente durante diez años (de 1976 a 1986).

Fue inaugurada por la actual princesa Beatriz (por entonces reina: acaba de abdicar en su primogénito), quien saludó el fin de los trabajos proclamando que “Zeeland (la región más occidental de Holanda) está a salvo”. Ooesterschedelkering, el más impresionante de los “trabajos del Delta”, proyectados para interconectar y proteger islas y tierras del país, está considerada además como una de las siete maravillas del mundo moderno.

Esta impresionante barrera artificial sirve de inspiración a Víctor Conde (seudónimo bajo el que se oculta el escritor canario Alfredo Moreno Santana) en su novela He oído a los mares gritar mi nombre (Dolmen). La presa no es tan sólo parte del paisaje sino que parece una frágil defensa contra el inmenso mar, la gran amenaza dormida que, como un coloso a la espera, acecha una ocasión propicia para golpear y causar una catástrofe. Es además, como reconoce uno de los personajes principales, “un ambiente idóneo para situar una buena historia de fantasmas”. O, en este caso, de sirenas.


Conde tiene un plan y escribe ciñéndose a él. Pretende escribir una novela sobre cada uno de los monstruos clásicos del terror. Ya ha empezado, de hecho: en Naturaleza muerta (Dolmen, 2009) asustó con zombis y en Hija de lobos (Minotauro, 2011) con licántropos. Pero este plan no se circunscribe tan sólo a aportar una visión genuina de estos monstruos clásicos y manidos: el autor pretende además que sean trasfondo de un universo revisitable, de un mundo mayor en el que, según dijo a Fabulantes, el “todo sea mayor que las partes”. Así, hechos y sujetos que se mencionaron o aparecieron en aquellos libros anteriores vuelven, aunque sean de pasada, a revivirse o resucitarse en He oído a los mares gritar mi nombre. Seguramente, su próxima obra, centrada en la brujería, tendrá elementos discernibles para el lector de la novela que reseñamos hoy.

El libro trata, como decíamos, de sirenas. “Ningún otro monstruo ha sido objeto, en el transcurso del tiempo y en el mismo ámbito cultural, de una transformación tan compleja como el mito de la sirena, que ha sido imagen del alma humana, demonio mortal en forma de pájaro y seductora ninfa con forma de pez”, sostiene el especialista Massimo Izzi en un extracto de la larga entrada dedicada a la criatura en su definitivo Diccionario ilustrado de los monstruos (editorial Alejandría, 2000). Conde toma de este mito lo que se le antoja y pone también mucho de su parte. Así, la sirena no termina de ser esa tentación que, según Homero, obligó a Ulises a atarse al palo mayor del barco en La Odisea ni al mítico cantor Orfeo a soñar más fuerte que ellas para impedir que los argonautas fuesen fatalmente seducidos: aquellos monstruos, seres del mar, no ofrecían sus cuerpos, eso vino muchísimo después, sino el saber, el conocimiento. De nuevo citamos a Izzi: “(La sirena) es símbolo de imposibilidad y peligro de alcanzar un conocimiento total, es decir, una plenitud en la vida, si no se está preparado para ello, es decir, iniciado”.

Al canario le interesa la dinámica muerte-renacimiento o el hecho de que las sirenas sean portadoras de conocimiento. En una trama en la que el elemento terrorífico se introduce poco a poco, “como una brisa que acaba siendo vendaval” (en palabras de Conde a esta página), pero que no se insinúa sino que se “enseña” desde el minuto cero, las fantasmagorías iniciales ceden su sitio a la búsqueda de un grimorio de gran poder, el Organon Maleficarum. En ese volumen reside el don de la inmortalidad: por tanto, es la búsqueda de conocimiento lo que permite la plenitud de la vida, el renacimiento tras la muerte, lo vedado a los no iniciados.

Las sirenas de Conde se llaman nards y proceden de la tradición etrusca. Inteligente recurso el del escritor al poner como telón de fondo la mitología de una civilización de la que se desconoce casi todo y que deja amplios resquicios para la imaginación. “Las nards”- nos cuenta otro personaje más (pues así, en los diálogos, es como va tejiéndose el telar del universo revisitable citado antes)- “no son sólo espíritus acuáticos de venganza: también tienen potestad de alterar el destino (…) nada que esté relacionado (con ellas) ocurre por casualidad”. Son seres monstruosos, que poco tienen que ver con la iconografía clásica de beldades marinas, custodiadas por mastodontes que se alimentan de cachalotes llamados tasyrs. Su nacimiento se debe al sufrimiento y a la magia. Es por eso que en He oído a los mares gritar mi nombre nada sucede por azar; es más, personajes y acontecimientos parecen acudir a la llamada irresistible pero fatídica de estas sirenas de pesadilla que utilizan el mar a voluntad.

Las protagonistas son dos jóvenes mujeres que quieren ser madres, Valeska Rueckert, ingeniera naval y su pareja, Rhonda Blondel, psicóloga. La última, en cuanto la más fértil, la que acabará siendo inseminada artificialmente para alcanzar ese objetivo maternal, es también la más abierta a lo sobrenatural. Porque, recordemos, Conde habla fundamentalmente de muerte y renacimiento, de cambios y transformaciones. La ligera “brisa” con la que empieza la novela recrea una atmósfera muy visual, plagada de imágenes, sonidos y sustos tremendamente impactantes que terminan convirgiendo no ya en un vendaval sino en un auténtico tsunami. “Me gusta que las cosas empiecen piano piano y luego se vayan desfasando”, nos asegura. Por eso, el libro finaliza a lo grande, con tiros, invocaciones, monstruos milenarios, e implacables venganzas sirénidas; un final que no deja de ser irregular, inferior al principio de la obra, al momento en el que todo se sugiere. A He oído a los mares gritar mi nombre se le nota demasiado que es una parte menor de un todo más ambicioso. Las lagunas o incongruencias de su trama son seguramente continuarás en la mente del autor.

Una de las claves de esta entretenida (porque lo es) novela vuelve a estar en otra declaración del escritor canario: “No creo en nada. Soy como Asimov. La ciencia bien empleada será la herramienta que resolverá nuestros problemas”. Aviso para navegantes y marineros: He oído a los mares gritar mi nombre no cree en sus propios fantasmas: los materializa con una viveza truculenta que incomodará numerosas noches de sueño.