“Pretendemos que la calidad de lo publicado esté al nivel de lo más destacado que se escribe ahora mismo”, asegura José María Nebreda, director editorial de Insomnia, la nueva colección de Valdemar, en el prólogo a La guardia de Jonás, el título inaugural de su catálogo. Añade también algo que es crucial para esta reseña: “Nuestro sueño (es) que cualquier lector compre un libro de la colección no sólo porque sea una buena novela de terror sino porque es una buena novela”. Precisamente eso es lo que es esta obra de Jack Cady.

Jonas Santiago Caruso

Jonás, Ilustración realizada por Santiago Caruso

Cady, narrador de género con un palmarés apabullante, fue uno de esos marinos reciclados luego en escritores, como Conrad, como Melville, como Jack London; arquitectos de páginas que reflejan los sudores y los callos de una forma de vida y de un oficio extraordinariamente duros.

Melville, Conrad, London, y en la esfera de la literatura sobrenatural, William Hope Hodgson, legaron a la posteridad estampas increíbles, sueños de grandeza, delirios de gloria, enfermedades de la mente que derivaron en tremendos temas revestidos de mayúsculas obsesiones. La lucha contra la Ballena Blanca, la supervivencia a las inclemencias del tifón, el odio enconado de un veterano de apellido nórdico, tienen siempre en el mar a su más violento, silencioso y despiadado cómplice. El mar es un vasto reino para la épica pero también para la muerte. Y de muerte es de lo que anda sobrada La guardia de Jonás.

Para Cady, el verdadero terror, el miedo más puro, es el que produce la muerte, y así lo refleja en una obra que no esconde su profundo respeto hacia la guardia costera estadounidense, en la que sirvió durante un periodo de tiempo no precisado que, en cualquier caso, concluiría en 1956. Cinco años después, con la vocación literaria haciendo presa de él, pero dedicado a oficios distintos que en nada tenían que ver con las letras y sí mucho con la construcción de una experiencia vital imprescindible para alimentarla, hizo un primer intento por plasmar sus vivencias a bordo. Como él afirma, tardaría veinticuatro años en lograrlo: “Mi admiración por estos hombres olvidados que salvan vidas en la mar era tan grande que la emoción bloqueó las primeras tentativas”. Cuando por fin se sintió con fuerzas para tributar el debido homenaje, vertió sobre el papel una de las novelas más emotivas, más claramente escritas desde el corazón, que se tendrá jamás oportunidad de leer. Una novela en que, más que fantasmas, encontramos los ecos y las siluetas de mitos humanos.

La forma en que describe a sus personajes está cargada de profundo respeto, de reverentísimo cariño. En el reducido espacio de los 38 metros de eslora que mide la lancha Adrian, Cady retrata como pocos la condición humana. Como si fuese un imperativo de la “literatura náutica”, el hacinado ambiente es una espléndida cámara fotográfica a la que no se le escapa nada. Tiene mucho que fotografiar. A Dane, el contramaestre: “Parecía un sapo con reumatismo, pero entre sus hombres destacaba como un dios menor cuando el sol lucía y parecía el mismísimo Jehová en caso de tormenta”. A Glass, un excelente marino: “era un hombre alto que tenía el aspecto de un profesor judío de los barrios bajos de Boston que lee historias de detectives y sueña con ser delincuente profesional”. Al “terrateniente” Howard, el cabo de abastecimiento, de mente abierta y rictus melancólico. A “Indio” Connally, el contramaestre primero, siempre circunspecto. A Levere, el capitán con aspecto de halcón y sangre francesa, el jefe incuestionable que se gana la lealtad de su tripulación con sus órdenes secas y firmes y su antinatural autodominio, un rey cuando se sienta en el trono de mando y un ser de otro mundo cuando las cosas se complican. Las descripciones de Cady son las de quien ha visto mundo y sabe cómo funciona.

Por eso, entre su nómina de ecos y de siluetas tiene a Reeser Lamp, el cocinero, y a Ernie Brace, el novato. Las páginas que introducen al primero, en los albores del capítulo dos, merecen entrar en los anales. Lamp, supersticioso y agudo, profético y hablador, es el hilo conductor de la trama “paranormal” que envuelve con un aura mágica también a Brace, quien, en la germanía marinera inglesa, es un Jonás, un portador de mal fario. A partir de ellos anclan en cubierta los aparecidos, las apariciones, lo inexplicable que estos hombres curtidos toman como un gaje del oficio que resigna a los fuertes y aniquila a los débiles. Lo fantasmal es una prueba más, una etapa en el continuo tanteo al que se exponen los marineros. Algo que está allí, que puede suceder, pero que no es más peligroso que la ferocidad de una tempestad o la locura de un compañero.

El fantasma de Jensen, el mecánico que murió “al perder una apuesta consigo mismo”, no produce escalofríos. Lamp lo increpa incluso con lucidez cuando se materializa ante sus ojos o los del resto. Porque el aparecido Jensen, como el mar, tiene su propio código de conducta y no es un ente maligno sino un heraldo, un mensajero que previene infortunios. Las manos brillantes que se asoman por las cubiertas, o los pecios que se van solos a la deriva, como queriendo internarse para morir en el mar, son fragmentos de historias ya leídas en otros libros y relatos: comprendemos así que son parte de la rutina marinera, de las inevitables e incontestables leyendas construidas siglo a siglo en el intento por domeñar las grandes superficies oceánicas y marinas.

Cady escribe además con modestia, ajeno al poderoso retumbar de su prosa. Parapetarse tras esta humildad en absoluto fingida es indispensable para captar la humanidad de sus personajes, memorias literarias de reversos reales, y también para emplazar firmemente al lector en la cubierta. El lector es de hecho un miembro más de la dotación que aprende de la didáctica náutica; alguien a quien el escritor estadounidense deja decidir qué actitud tomar ante la muerte mientras va saludando solemnemente el desfilar de muertos, constantes naturales de esta vida dura y encallecida. Una muerte tanto más fatal cuanto más inoportunamente se interpone en mitad de faenas básicas. Y eso es, como decíamos antes de desviar nuestro rumbo, lo único que parecen temer autor y personajes. La única razón para desorbitar los ojos. Para salirse de la rutina de los viajes, de las operaciones de salvamento, del acondicionamiento de cubierta.

La guardia de Jonás tiene páginas que huelen a grandes gestas, encuadernación tan recia (y crujiente) como los marinos que encierra. Podría ser una historia coyuntural de terror en cuyo centro, cual maëlstrom, se halla la muerte. Lo que es, sin ningún género de dudas, es grandísima literatura. De la que te empuja a abandonar aprensiones y querer enrolarte en un barco.