Lo sé, quizás suena excesivamente manido, o quizás puede que hasta infundado, pero pienso que estamos viviendo un maravilloso momento de efervescencia para las nuevas voces de lo fantástico. Especialmente, de voces jóvenes con capacidad para mostrarnos algo fresco y nuevo, abrirnos los ojos en el menor de los casos, o abrir nuevos caminos en el mejor.
jagannath Karin Tidbeck nevsky prospects
Una de estas voces ha salido ahora a la luz, por primera vez en España, de la mano de Nevsky Prospects (publicada en su sello Fabulas de Albión): Karin Tidbeck (Estocolmo, Suecia, 1977). Una alumna de la prestigiosa escuela de escritores de fantasía y ciencia-ficción de San Diego (Estados Unidos) Clarion Writers’ Workshop, que se dedica ahora por entero a la edición, la escritura y la enseñanza.

Aspectos biográficos aparte, se incorpora a la literatura hace escasos cuatro años y, desde entonces, su madurez como autora no deja de crecer. Precisamente este volumen de relatos, Jagannath (Fábulas de Albión, 2014), publicado originalmente en 2012, recoge muestras de su obra desde sus comienzos, sirviendo como muestrario de su potencial –aunque me parezca demasiado pronto para juzgar su progresión, a la vista del poco tiempo-. Su estilo de escritura nos recuerda muy mucho a Robert Aickman, por su concepción y labor figurativa con lo extraño, si bien su trabajo aporta una visión íntima y personal proyectada a través de una voz narrativa peculiar capaz de transmutar en cada relato; todas las voces resuenan como ecos de una misma voz.

A esta sensación contribuye la superposición de elementos heterogéneos presentes en todos los relatos de esta antología: las atmósferas, los espacios, las metáforas, los temas… Con su superposición, sabiamente distribuida entre relatos complementarios entre sí a la vez que auténticos por sí, Tidbeck consigue construir un universo creativo ajustado a sus intereses e inquietudes, a aquello personal que la conmueve y la devora por dentro. Porque, si algo queda claro tras la lectura de este volumen, y una vez cerradas sus tapas, es que el dolor y la amargura se mueve tras la mano autoral. Más allá de la melancolía, más allá de la tristeza, está la aflicción destilada a chorro por la voz narradora en cada relato, a cada párrafo y con cada imagen.

El primer síntoma de este sentimiento conmovedor, que llega al lector con la agudeza y potencia de una flecha, se percibe en el tratamiento de las atmosferas y los escenarios. En las trece piezas que componen este volumen encontramos dos tipos de lugares, uno social y otro íntimo, uno dedicado a reflexionar sobre la familia y otro dedicado al tiempo y a la maternidad. El social: la provincia sueca de Jämtland. El personal: el cuerpo humano y, en concreto, sus entrañas.

Al presentarnos el espacio social cobra una especial importancia la luz. Dependiente tanto de la fase del día como del mes del año, cada momento dota de matices únicos al entorno que rodea a los personajes, pero también a su estado de ánimo, alterando decisivamente sus emociones; aportándonos así un significado adicional que, aunque fácilmente interpretable para un público nórdico, exige al lector español una mirada distinta. En el espacio íntimo, el significado simbólico de las entrañas abre la puerta a temas como el paso del tiempo, la desorientación vital propia de la madurez y, en esta misma línea argumental, la maternidad frustrada o la familia descompuesta. Distintos elementos y temas con una misma perspectiva: la inquietud emocional de quién se siente desorientada, perdida o incompleta.

Por supuesto, a esta línea de expresión a través de las atmósferas y los espacios hay excepciones. La más clara de todas es “Beatrice” porque trata el tema de la maternidad, habitualmente analizado desde un espacio íntimo, desde un espacio tan social como es la relación de un burgués alemán con una máquina (un zeppelín) para, a partir de aquí, transformarla en una relación de amor.

O “¿Quién es Arvid Pekon?”, uno de los primeros relatos escritos y publicados por Tidbeck (2010), ubicado en un locutorio telefónico para las administraciones públicas, donde una de las locutoras es poseída por una madre que quiere hablar con su hija.

Y, en menor medida, “Rebecka”, donde la falta de un espacio concreto permite centrar más fácilmente la relación especial que une a la depresivo-suicida Rebecka con la única amiga que, con una paciencia supina, acude a sus llamadas de última hora.

Pero estos tres casos, aunque excepciones en relación al uso de la ambientación, sí son representativas de los temas que son el centro emocional de Tidbeck en este libro: la maternidad, la familia y la desorientación vital. De hecho, todos los relatos que podemos encontrar se encuadran en uno o varios de estos temas y suponen una exploración de las entrañas sentimentales de la voz narradora de una profundidad poco común para un libro de fantasía, resultando lo extraño y lo fantástico más una herramienta o una excusa. Por eso Jagannath desconcierta y sorprende, maravilla y acongoja, porque usa la fantasía como muy pocos la usan para hablar sobre lo que muy pocos hablan. Una perspectiva infrecuente por lo emotiva, lo emocional y lo desgarradoramente personal que resulta.

La familia es el leitmotiv también de “Cartas a Ove Lindström”, un relato donde la hija de un hombre difunto desde hace poco le escribe una serie de textos donde intenta transmitirle el hueco dejado por su ausencia, aderezado con los recuerdos de otros tiempos pasados o las reflexiones sobre su distanciamiento en los últimos tiempos. En “El complejo de vacaciones Brita” una escritora se va una temporada a escribir al medio de la montaña, en busca de una inspiración perdida o despistada, cuando una serie de extraños personajes se cruzan en su camino: se trata de una comunidad de personas relacionadas entre sí que la acogerán en grupo, mezclando elementos entre lo real y lo onírico. “La montaña de los renos” nos trae la historia de Sara, una joven que acude con su madre y su hermana a la montaña a visitar las raíces de su familia, justo cuando una expropiación va a tirar la casa de su tío Johann. Precisamente él será quién, al contarle las leyendas sobre su familia, las cuales pivotan entre un gen que provoca la locura o la ascendencia respecto a un ser mítico conocido como vittra, causará una profunda conmoción en Sara de consecuencias inesperadas.

La relación entre la familia y los personajes mitológicos de “La montaña de los renos” se invierte en “Pyret”. Si el primero establece esta relación desde la familia, “Pyret” simula ser un estudio antropológico sobre otro personaje mitológico de nombre homónimo (relacionado, además, en el universo mitológico nórdico con los vittra) para, a través de la recolección de datos e historias sobre la presencia de este personaje en ese entorno sociocultural, llegar a la historia de una familia y sus desencuentros, abriendo un espacio a la reflexión sobre los espacios del pasado, sobre su inquietante añoranza. Un texto estilísticamente distinto por su confección, pero que conserva igualmente la esencia claramente perceptible en los demás textos de Tidbeck.

El desconcierto vital centra otros textos de este volumen. “Herr Cederberg” es un hombre de aspecto extraño, al que apodan “abejorro”, que vive una vida ordinaria y solitaria, pero a veces la fantasía concede una ventana a los solitarios, y lo extraño nos puede llevar a vivir momentos expansivos de libertad, si bien no exentos del vértigo de saber que se vive sin nada bajo los pies. Un tono similar, aunque con un uso de lo extraño más icónicamente grotesco y más trascendental, caracteriza al argumento de “Augusta Prima”: una joven vive en una dimensión de la realidad donde el tiempo permanece detenido y las dudas no existen, donde la cotidianidad resulta ser una dolce fare niente, hasta que las preguntas existenciales sobre la forma de la vida comienzan a surgir…

Finalmente, la maternidad es el tema principal y eje fundamental tras “La señorita Nyberg y yo”, “Mermelada de mora ártica”, “Tías” y “Jagannath”. En los tres primeros el enfoque es la familia, observando la relación de la descendencia con sus progenitores, apuntando elementos sobre el dolor de la separación y ese fuerte lazo que une a unos con otros. Una de las riquezas de estos textos sobre la maternidad está en el punto de vista, en la diversidad que supone el poder ver o analizar estas relaciones desde el punto de vista de los hijos (“Tías”), de los padres (“Mermelada de mora ártica”), o de los amigos o parientes (“La señorita Nyberg y yo”); sin olvidarnos del punto de vista externo del ajeno que acaba formando parte (o siendo puente) de esa relación distante y tirante entre padres e hijos (“¿Quién es Arvid Pekon?”).

“Jagannath” rompe los moldes de los cuatro relatos anteriores, por cuanto observa la maternidad desde las mismas entrañas del cuerpo humano. Esto le permite a la voz narradora optar por una multiplicidad de voces, por una perspectiva coral que introduce a todos los elementos anteriores. No obstante, sí existe una continuidad con la línea general en cuanto, aun siendo un texto coral, en él predomina esa sensación de desarraigo, de distanciamiento, de incompletitud sentimental común a todos los personajes de este libro. Da igual el relato o el tema, a todos los personajes una ausencia o una falta les corroe la felicidad hasta enajenarlos, o sumirlos en la tristeza o enfrentarlos a sorprendentes situaciones inesperadas.

La fantasía brota a borbotones en Jagannath. No existe un relato donde lo extraño, lo sorprendente o lo increíble no esté presente de una forma u otra. Pero tampoco es posible encontrar un relato donde todos estos elementos no estén perfectamente ensamblados con el objetivo mundano de explorar el interior de una voz narradora que, sentimos, nos habla profundamente afligida y afectada.  El sentido de la pérdida y el sentimiento de la ausencia se complementan con la luz tenue o las imágenes grotescas para dar a luz un universo creativo íntimo sorprendentemente rico en matices. El lector deberá permanecer con los ojos bien abiertos y los sentidos a flor de piel para ser capaz de percibir las muchas formas, gráficas o simbólicas o sensoriales, con que la emoción mana de estas páginas.

La nueva voz de la fantasía representada por Karin Tidbeck demuestra aquí un potencial apabullante. Estando ante textos primerizos, que deberían resultarnos toscos e imperfectos, se consigue, por el contrario, comprimirnos el corazón. Por supuesto, se perciben las irregularidades de una literatura que avanza con el tiempo, pero en ningún caso este sentimiento cede ante la identificación con los personajes, ante la sensación de que emociones como las que aquí se expresan forman parte (antes, ahora o puede que mañana) de quiénes somos como personas y como especie.

Una literatura de lo íntimo que utiliza la fantasía y lo extraño como herramientas para hablar de lo que nos hace a todos humanos, y de lo que nos une los unos a los otros.