Un autor de retos. Un buscador de adrenalina a través de la escritura. Un enfant terrible de la literatura de ciencia-ficción y fantástica capaz de quebrar esquemas establecidos con la misma facilidad con que la espada corta la manteca.

Hablamos de Richard Morgan (Londres, 1965) quien, con una carrera corta y una bibliografía escasa, ha conseguido conquistar un espacio en la breve lista de autores imprescindibles a partir del reto, la adrenalina y la provocación. Entre sus armas cuenta su experiencia como guionista de videojuegos para Electronic Arts (EA) y de cómics para Marvel, lo que implica un excelente manejo del ritmo y una demostrada capacidad para la construcción de personajes tanto a través de la acción como del diálogo. Puntos fuertes sobradamente demostrados también en otras novelas suyas como Carbono alterado (Minotauro, 2005) o Leyes de mercado (Gigamesh, 2006).

El primer reto de Morgan en la literatura fantástica fue Sólo el acero (original de 2008, publicada por Alamut en 2012), primer volumen de la trilogía A Land Fit for Heroes (traducida al español sería algo así como “Una tierra apta para héroes”). Son una serie de novelas situadas en un tiempo en el que las grandes guerras y la épica ya se han acabado; en una tierra donde los héroes han vuelto a sus casas, procurado recuperar su cotidianidad o intentado sobrevivir de una forma u otra; cuando los procesos sociopolíticos causantes de tanto sufrimiento han madurado, hasta haber abandonado por completo ya los discursos moralistas que indefectiblemente surgen en toda guerra, y mostrando nuevamente la hipocresía y el cinismo inherente al poder y a los poderosos. Lejos de lo convencional es donde Morgan, otra vez, parece sentirse cómodo y en su salsa.

De la trilogía ya se han publicado dos volúmenes, éste que reseñamos y The Cold Commands (2012); para agosto de este mismo año se espera la publicación de The Dark Defiles, con la que terminará. Ninguno de los otros títulos ha sido confirmado por Alamut, y ni siquiera en su edición de Solo el acero se hace alusión a su pertenencia  a una saga, si bien se trata de una lectura independiente respecto al conjunto. Esperamos que se publique la trilogía entera en España. Cualquier otra cosa supondría una profunda decepción para los lectores.

En cuanto a esta primera novela, su ambientación cenicienta y macilenta nos traslada hasta la fantasía crepuscular, oscura,  de sueños rotos y frustración. En el momento en que el optimismo de la victoria ante al enemigo se ha diluido, cuando frente a los ojos del vencedor quedan los espacios en reconstrucción y las esperanzas barridas por el tiempo, la realidad se impone ante la ilusión. Toda promesa de un mundo mejor, si alguna vez llegó a pensarse posible, se revela finalmente como vana. De esta manera, la contextualización resulta ser no solo escenario o telón de fondo, sino también parte del mensaje central y del eje para la trama principal y las subtramas que se desarrollan aquí.

Igualmente, el mensaje social principal, presente en toda la literatura de Morgan, se vertebra profundamente también en la organización interna de la novela: tanto en la superestructura general donde adquieren significación la relación entre los personajes, como en la infraestructura particular donde se desarrollan las vidas de cada uno de ellos.

En el mundo de Sólo el acero el poder determinante de todas las relaciones en el nivel de la superestructura no encuentra límites y, por tanto, la moral y la ética se cortan de raíz. El esclavismo se ha legalizado como actividad económica, los delincuentes de antaño viven ahora en los barrios residenciales y comparten mesa y mantel con la nobleza o los pudientes, los clérigos abusan de su posición social para extender la ignorancia mientras ansían ejercer un creciente control, y la trata de blancas o la usura campan a sus anchas sin que haya autoridad legal o armada con voluntad o capacidad para hacerles frente. La sociedad radicaliza sus diferencias, extremando la capacidad de unos para satisfacer cualquier privilegio y la incapacidad de otros para cumplir sus más básicas necesidades. Incluso aquellos que se atreven a ostentar una condición distinta a la aceptada por estas clases pudientes acaba siendo rechazado, despreciado o insultado. La narrativa de Morgan se recrudece con una retahíla incómoda de calificativos e improperios útiles para acentuar todavía más el mensaje social principal de la novela.

En el nivel de la infraestructura, los personajes principales cumplen también de forma coherente con este mensaje social, si bien desde una perspectiva diametralmente opuesta. El protagonismo de Ringil Ojos de Ángel nos devuelve a un afamado héroe de guerra que, con un espadón a las espaldas y un pasado repleto de sangre y muerte, sobrevive ahora en una posada de mala muerte contándoles a los parroquianos sus viejas batallas. Allí se recluye de un amargo pasado pues, rechazado por su poderosa familia por su condición de homosexual, prefiere mantener una indiferente distancia a volver a enfrentarse a la hostilidad de una sociedad a la que, perteneciendo por nacimiento, rechaza profunda y radicalmente. Otras historias de marginalidad social barnizan también a los otros dos coprotagonistas, Egar Matadragones y Archeth Indamaninarmal. El primero es rechazado por su pueblo (los Majak) al importar costumbres de otros lugares. La segunda, lo es por su raza (los Kiriath), al ser mestiza y no representar la pureza del resto de su pueblo.

Los tres protagonistas viven su marginalidad con orgullo y sin resquemor, sabiéndose rechazados pero, al tiempo, orgullosos de la condición o circunstancia que les hace ser distintos o especiales, tanto a los ojos de los demás como ante los suyos propios. La lucha de poder y contrapoder se manifiesta en la incapacidad de los aparatos de dominio social para reducir la dignidad de los personajes principales, quienes intentan siempre (a pesar de las calumnias y desprecios) vivir con normalidad su condición. Un enfrentamiento en el plano moral que concede un mayor valor inherente a los personajes principales respecto a aquellos vinculados a las esferas de poder. Si en la superestructura, la moral y la ética se podan desde la raíz, en la infraestructura los personajes protagonistas exhiben una moral y una ética fundamental para explicar y comprender sus acciones, sus posiciones y sus perspectivas en la novela.

De esta forma, observamos cómo en Sólo el acero se ejerce la crítica ya desde el planteamiento estructural de la novela, situando a los personajes positivos y negativos en planos distintos, y dotándolos también de valores y actitudes contrarias. De nuevo Richard Morgan demuestra una extraordinaria inteligencia a la hora de construir una literatura social mordaz y audaz, descarnada y contundente, cuya temática y fondo moral la dota de una enorme actualidad; máxime si tenemos en cuenta los corsés habituales propios del estilo literario en que la encuadra.

Sin embargo, el punto débil de Solo el acero reside en la calidad constructiva de la trama y, por extensión, la solidez del argumento. Tal es el poder del contexto, del mensaje profundo de la novela y de los personajes principales que lo desarrollan, que por veces perdemos de vista a la historia que tiene que dotar de coherencia y sentido a todo el conjunto… y no deberíamos. Si eso pasa es porque, durante no pocos momentos, otros aspectos distraen la atención lectora, transformando a esta novela en un texto artificioso donde la creatividad ha dejado paso al discurso sociopolítico como gobernante tiránico del argumento. El distinto tono narrativo del último cuarto del libro respecto a los anteriores, las forzadas conexiones de este texto con la trilogía en la que se engloba, o su precipitado final, son algunos síntomas aparejados a la deficiente construcción de la trama.

El gran provocador que es Richard Morgan tiene en Sólo el acero otra obra maestra incapaz de dejar indiferente a nadie. Desde su publicación, de esta novela se han destacado los numerosos aspectos relativos al estilo que la hacen radicalmente distinta a las demás novelas de fantasía, tanto en la construcción de las escenas -especialmente las eróticas o las violentas- como en el lenguaje soez con que unos personajes se dirigen a otros -para marcar claramente las distancias entre ellos-. Pero se ha profundizado y analizado un argumento o historia de escasa transcendencia. Una ligereza que puede o no ser percibida como importante, según el peso ponderado que nuestro gusto conceda a estos elementos, y que en todo caso nos garantiza una novela muy entretenida y, por momentos, incluso intensa.

Algún día, si Morgan se decide a dejar las actividades de guionización que tan centrado lo tienen en diseñar grandes artificios repletos de sorpresas y vueltas de tuerca, quizás pueda sorprendernos entonces con una novela a la altura de lo que, por el potencial mostrado hasta ahora, tenemos claro que es capaz de escribir. Mientras tanto, Sólo el acero resulta ser una excelente muestra de provocación y entretenimiento a raudales.