Nosotros fue la primera obra impresa prohibida en la Rusia revolucionaria; no se publicaría, en ruso, hasta el “deshielo” de 1988. La herejía de Evgueni Ivánovich Zamiátin consistió en reflejar una visión profundamente pesimista del estado comunista y de su deriva. La obra influyó profundamente en todas las distopías venideras, hasta el punto de considerarla la primera propiamente pura de la ciencia-ficción.

Fotografía realizada por Lionel Bonaventure, AP

Lo escribo y siento que me arden las mejillas. Sí: resolver una grandiosa ecuación universal. Sí: enderezar una salvaje curva, convertirla en tangente, en asíntota. Porque la línea del Estado Único es recta, magnífica, sublime, exacta, sabia. La más sabia de las líneas…” (Nosotros, Evgueni Ivánovich Zamiátin)

En una ciudad en la que todas las paredes son de cristal para evitar la privacidad y en la que se revisa toda la correspondencia, el sexo está programado y cada actividad del día está regulada de acuerdo a un estricto horario, vive D-503, el constructor de la Integral. La Integral es el primer vehículo interestelar del Estado Único: un cohete cuya misión es expandir por el universo las bondades del régimen definitivo, que ha triunfado en la Tierra después de la guerra de los Doscientos Años. D-503, ingeniero y matemático, vive feliz, convencido de la grandiosa victoria de la masa contra el individuo, “de la suma sobre la cifra”, como él mismo reflexiona, hasta que conoce a I-330, la mujer fatal, tentadora como Eva en el Paraíso e irracional como la raíz cuadrada de -1. Bienvenidos a la joya literaria de 1920: Nosotros (Cátedra, colección Letras Populares), de Evgueni “el hereje” Zamiátin, la primera obra impresa prohibida en la Rusia revolucionaria y fuente de inspiración indiscutible para las distopías de George Orwell (1984) y Aldous Huxley (Un mundo feliz).

Cuando la primera edición de una novela nace traducida en lugar de publicarse directamente en su idioma original, es inevitable pensar que existe un conflicto entre la obra y el sistema que la rechaza. Ya sea por censura del estado, por no conseguir encajar en ninguna línea editorial, o por la negativa del autor a publicar en su país de origen, este choque entre obra y sistema define tanto la creación literaria como su contexto. Nosotros fue editada por primera vez en 1924 y se hizo en inglés, en Nueva York, aunque Evgueni Ivánovich Zamiátin la escribiera en ruso entre 1919 y 1920. Goskomizdat, el Comité Estatal de Publicaciones Impresas de una nueva Rusia soviética que todavía se encontraba en guerra contra los ejércitos zaristas, se estrenó prohibiendo la publicación de esta maravillosa novela de ciencia-ficción.

Pero Zamiátin no era, ni mucho menos, un enemigo declarado del comunismo; de hecho, mientras estudiaba ingeniería naval en San Petesburgo, se unió a las facciones bolcheviques en los levantamientos de 1905. Con apenas 21 años de edad, fue detenido por sus actividades políticas y enviado a Siberia. Cuando regresó a la escuela y terminó sus estudios, comenzó a viajar. La revolución de 1917 le sorprendió en Newcastle, donde trabajaba supervisando la construcción de un rompehielos. A pesar de que la Primera Guerra Mundial tenía estrangulada a casi toda Europa en un campo de batalla, Zamiátin consiguió atravesar el continente y volver a Rusia, salvando en un pequeño carguero el bloqueo de los submarinos alemanes. Semejante ímpetu, tanto empeño por participar en el cambio político ruso, hubiese resultado absurdo si Zamiátin no hubiera sido un intelectual comprometido y un verdadero revolucionario.

Como revolucionario, Zamiátin huía de la ortodoxia, lo que parece una constante en los escritores que se asomaron a la ciencia-ficción rusa a principios del siglo XX. Alexander Bogdánov, autor de Estrella Roja, quien llegó a disputar a Lenin el liderazgo del Partido Comunista, también fue duramente castigado por el oficialismo. A pesar de sus diferencias ideológicas con el aparato soviético, nadie consideraría hoy que Bogdánov fuera contrario a las tesis marxistas; sin embargo, son varios los críticos que utilizan a Zamiátin como un baluarte contra el colectivismo y esgrimen Nosotros como su lanza de justa. ¿Están en lo cierto?

La edición de Cátedra que reseñamos en Fabulantes, cuenta con un magnífico ensayo-prólogo de Fernando Ángel Moreno del que hablaremos más adelante, un encomiable trabajo de traducción de Valeria Artemyeva y del profesor de la Universidad de Guadalajara (México) Alfredo Hermosillo, quien también aporta unas discretas anotaciones al texto y parece identificar la obra con el totalitarismo soviético. Hermosillo se obceca, en sus notas finales, en ver a Stalin retratado en la novela de Zamiátin, una falacia que parece impregnar la mayoría de las revisiones críticas. Si bien en Nosotros existe un personaje llamado Benefactor -mezcla de Dios cristiano y Gran Hermano-, todopoderoso y paternalista, que hace y deshace a su antojo en el Estado Único y que recuerda a la imagen de los jerarcas totalitarios de la década de 1930, es imposible que este individuo se inspirara en la figura de Stalin. El que llegara a ser Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, no tenía suficiente perfil ni liderazgo cuando Zamiátin escribe la novela. De hecho, en los primeros años 1920 a Stalin sus compañeros de partido le llamaban “camarada archivista”, una imagen muy alejada de la del terrible dictador que se forjaría durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial.

Si nos fijamos bien en las fechas, tampoco parece que la recién nacida república soviética rusa pudiera ser, para Zamiátin, el Estado Único de Nosotros. El escritor volvió a su patria en 1917, a un país cainita, destrozado por la Guerra Mundial y desmembrado por una incipiente guerra civil. Regresar a Rusia sin haber compartido los momentos más traumáticos de la revolución y las dos guerras le causó al literato un vacío desazonador: “es lo mismo que no haberse enamorado nunca y encontrarse una mañana casado desde hace diez años”, escribió.

Resulta algo aventurado decir que dos años más tarde de su regreso, cuando termina de redactar Nosotros, Zamiátin hubiera previsto cómo iba a desarrollarse el futuro de una sociedad profundamente atrasada, inmersa en un intenso proceso de cambio social, en un conflicto bélico y recién salida de cuatro siglos de monarquía absolutista. A no ser que el profesor Hermosillo le atribuya a Zamiátin poderes proféticos -algo que el escritor hubiera celebrado a mandíbula batiente-, debemos buscar los modelos en los que se fija el relato distópico de Nosotros en el pasado cercano de su creador. Quizá el totalitarismo de estado que se trata en la novela beba de los últimos estertores de Bismarck, de los gargantuescos imperios de Guillermo II en Alemania y Nicolás II en Rusia, convenientemente sazonados con mitología cristiana y desviaciones del socialismo científico.

Nosotros es la primera distopía pura de la historia de la literatura, tal y como explica Fernando Ángel Moreno, especialista en ciencia-ficción y profesor de Teoría del Lenguaje Literario en la Universidad Complutense de Madrid. El buen dominio del inglés de Zamiátin le permitió traducir a H. G. Wells al ruso; su imperecedera La máquina del tiempo fue una influencia decisiva para la obra que nos ocupa. Sin embargo, ni la novela de Wells, ni El talón de hierro de Jack London, u otras novelas anteriores de Jules Verne se ocupan tanto por explicar a fondo un sistema socio-político complejo como lo hace Nosotros. En ella, el argumento gira alrededor de unas condiciones sociales, legales y políticas contra las que el protagonista se rebela, igual que ocurrirá algunas décadas más tarde en Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en 1984 de George Orwell, o en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. La ventaja de Huxley, Bradbury y Orwell -quien publicó esta reseña sobre la obra y posteriormente reconoció la influencia de Zamiátin en 1984– es que ellos sí tuvieron los espejos del nazismo, el fascismo y el estalinismo frente a los que colocar a sus personajes cuando escribieron sus distopías.

-Nuestra revolución fue la última de todas. No puede haber más. Esto lo sabe todo el mundo”-. Cejas enarcadas, triángulo burlón.

– “Querido mío, tú eres un matemático. Aún más: eres un filósofo de las matemáticas. Así que dime, pues, la última cifra.

-¿Cómo? No…, no lo comprendo. ¿Qué última cifra?

-Pues la última. La más elevada. La mayor de todas.

-Pero… eso es absurdo. La sucesión es infinita, ¿cómo quieres que te diga la última?

-¿Y de qué última revolución hablas? No existe ninguna revolución final, también son infinitas.

Es innegable que el aparato soviético se vio amenazado por la novela. Fue la primera novela prohibida en una Rusia que todavía no era la U.R.S.S., que ni siquiera tenía unas instituciones consolidadas, ni unas políticas definidas. Lenin, en aquellos años, era defensor de un socialismo basado en la creatividad del proletariado y la dictadura era para él un sustituto indeseable de la autodisciplina; no obstante, su gobierno realizó grandes esfuerzos por cortar las alas a librepensadores y anarquistas. Goskomizdat, el órgano de censura, debió de ver en Zamiátin a un librepensador del tipo más peligroso: inconformista, inteligente, formado y con un enorme sentido del humor. Un revolucionario que no aceptaba haberse perdido LA REVOLUCIÓN.

Recuerdo que lloré y golpeé con los puños sobre la mesa mientras vociferaba: ‘No quiero la raíz de -1. ¡Quitádmela de encima! Aquella raíz irracional crecía en mi interior como un cuerpo ajeno y extraño que me devoraba. No la podía definir ni neutralizar porque estaba fuera de ratio.”

D-503, el protagonista de Nosotros, hace gala de la formación técnica de su creador. Zamiátin, con una voz inocente, se mofa de la universalidad del lenguaje matemático y lo convierte en un instrumento lírico con el que expresar las emociones de su personaje principal. Tanto es así, que se atreve a elaborar una fórmula para definir el amor.

Es evidente que para determinar el verdadero significado de una función hay que llevarla al límite. De modo que la absurda ‘disolución del universo’ que mencioné ayer no es otra cosa que la muerte. Porque la muerte es la disolución absoluta del Yo en el Universo. De aquí se infiere que si A es el amor y M la muerte, A = f(M). El amor es función de muerte.

Su obsesión con las fábulas religiosas, que se verían arrinconadas en el nuevo estado soviético por la victoria de la ciencia y la razón, también la traslada a su novela. D-503 intenta comprender la metafísica -tan alejada de la razón- desde la aritmética y la geometría y Zamiátin, con una sonrisa, nos traslada así sus inquietudes:

Por fin desarrollé una extrañísima concatenación lógica: en el mundo de los planos, a toda fórmula y a cada ecuación le corresponde una curva o un cuerpo. Para las fórmulas irracionales no conocemos ningún cuerpo proporcional, puesto que no lo podemos ver. Lo terrible es que esos cuerpos invisibles existen, sin lugar a dudas, pues, como en una pantalla, en las matemáticas también se introducen sombras extrañas y espinosas. Las matemáticas y la muerte jamás se equivocan. Y si en nuestro mundo, el de los planos, no somos capaces de ver esos cuerpos, debe haber otro mundo, extraordinariamente poderoso, oculto y enorme“.

El Génesis es el mito del cristianismo que afecta más poderosamente al libro. D-503 es Adán en el Jardín del Edén: un privilegiado, inocente, que nunca ha dudado entre el bien y el mal porque nunca ha tenido elección real, y tiene a sus pies un mundo en apariencia perfecto; hasta que llega Eva, I-330, para plantearle la duda, el fruto prohibido, la libertad. Para que no se nos escape el paralelismo, Zamiátin hace que un poeta le cuente al protagonista cómo está componiendo unos versos sobre Adán y Eva para enviar al espacio exterior en la Integral y hacer proselitismo del Estado Único. Los lectores somos los habitantes de ese espacio exterior a los que nos llega, a través de la Integral, el diario de D-503: Nosotros, escrito en primera persona y dividido en múltiples entradas.

A aquellos dos en el Paraíso se les presentó una alternativa: o dicha sin libertad o libertad sin dicha. No se les dió una tercera opción. Y ellos, unos zoquetes, eligieron la libertad. Así, es comprensible que durante siglos añoraran las cadenas. Las cadenas, ¿comprende?, ahí tiene en qué consistió el dolor del mundo. ¡Durante siglos! Sólo nosotros supimos recuperar la felicidad.”

Aunque la reseña cubra brevemente la vida del autor y sus posturas ideológicas, las influencias de la obra, su humor y la obsesión con las matemáticas y la religión, Nosotros ha sido estudiada desde multitud de prismas: el psicoanálisis, los movimientos artísticos, como novela de aventuras, alegato contra la mecanización…

Kustodiev_Zamyatin

Yevgueni Zamiatin pintado por Borís Kustódiev (1923)

Para conocer muchas de estas interpretaciones, lo mejor es acudir al prólogo de la novela en la edición de Cátedra. Fernando Ángel Moreno deja un ensayo ameno, divertido, concienzudo y esclarecedor, riguroso en la categorización de la obra pero también cargado de anécdotas sobre la vida del escritor ruso. A través de su estudio descubrimos cuánto le gustaba a Zamiátin el sobrenombre de “el hereje”, que se había ganado en los círculos literarios soviéticos, o conocemos extractos de su Carta a Stalin, publicada en España por Veintisiete Letras junto a las misivas que también dirigió Mijail Bulgákov al dictador.

“Sólo los herejes descubren nuevos horizontes en la ciencia, en arte, en los social; sólo los herejes, rechazando hoy en nombre del mañana, son el fermento eterno de la vida y aseguran el incesante movimiento de la vida hacia el futuro”, afirmó Zamiátin.

Evgueni Ivánovich Zamiátin abandonó Rusia en 1932 después de que Maxim Gorky intercediera a su favor. Zamiátin escribió a Stalin en 1931, cuando este último ya ostentaba el control supremo en la URSS, pidiéndole permiso para abandonar el país y poder burlar así “la sentencia de muerte como escritor” a la que se sentía condenado. El autor de Nosotros se asentó en París con su mujer, pero allí nunca encontró una vida plena. Murió en 1937 de un ataque al corazón, sin haber conseguido volver a su país para publicar su obra, lo que intentó en varias ocasiones.

H. G. Wells, Bogdánov, Orwell, Huxley, Bradbury, Karel Čapek, Ursula K. Le Guin o Kurt Vonnegut son algunos de los nombres que hoy se asocian a Zamiátin. Nosotros merece estar en toda lista de joyas ocultas, de obras maestras y de libros pendientes para cualquier amante de la ciencia-ficción. La obra cumbre de Zamiátin se publicó finalmente en Rusia en 1988, toda vez que la apertura de la Glasnost permitió imprimir también los trabajos de George Orwell y de Aldous Huxley. ¿Qué mejor manera de reconocer la calidad de Nosotros?

Guardar

Guardar

Guardar