Jesús Cañadas maquina en Los nombres muertos (Fantascy) una pequeña trastada a partir de la pregunta ¿qué pasaría si las invenciones cósmicas de Howard Phillips Lovecraft hubiesen existido realmente?

Que Abdul Alhazred, el poeta loco de Sanáa, efectivamente escribiese el Kitab al- Azif, más conocido como Necronomicon. Y que este libro, a su vez, figurase en el más oscuro catálogo de alguna biblioteca especializada. Ficciones que, una vez asumidas como ciertas, se conviertan además en posibilidades susceptibles de ser investigadas.

Cañadas plantea una caza al libro. Pero no la plantea como una búsqueda cualquiera sino como un desesperado viaje iniciático del que depende el futuro de la entera humanidad. Encontrar el Necronomicon parece una tarea absolutamente imposible por los mimbres bosquejados por el autor gaditano, puesto que su cuadrilla de investigadores de lo improbable, de detectives de lo incierto, la componen Frank Belknap Long, Robert E. Howard, Sonia Greene (esposa efímera del solitario de Providence) y el mismísimo Lovecraft. O al menos, sus reversos literarios.

La imaginación de Cañadas roza a veces el sacrilegio (Los nombres muertos no es, dejémoslo claro desde ahora mismo, novela para puristas) en la construcción de sus personajes. Tomándose licencias legítimas (y siempre necesarias), saca gotas de heroísmo de personalidades aprensivas, misántropas, asociales.  Lovecraft es pedante, histérico e histriónico, un actor que afecta una pose. Se llama a sí mismo “Abuelo” y gusta de recrearse en achaques fantásticos. Habla engoladísimamente y anuncia pomposamente que va a dejar la escritura. Adopta esta afectación “para excusar su espíritu diletante, su inseguridad y su falta de éxito en todo lo que se proponía”. Pero también es incisivo, agudo, y cínico, como le corresponde a todo buen detective de gabardina y sombrero de ala corta. Recuerda en no poco al Jules de Grandin de Seabury Quinn, investigador paranormal pulp, y en mucho menos a Sam Spade o Phillip Marlowe. Long es tácito, discreto. Apenas ha salido de su Nueva York natal. Howard es un vaquero, un cowboy, la encarnación de sus héroes de novela y de epopeya.

¿Puede un grupo así de patoso lanzarse a una peligrosa investigación por el mundo (Londres; Berlín; Lisboa; Damasco…) en pos de un libro? Puede, claro, si la búsqueda emprendida es un fraude. El Necronomicon es un invento de Lovecraft, como se incide reiteradamente en la novela; es más, como invento, es una chapuza: “una torpe combinación de palabras en latín y en griego” que le sonaban muy poderosas pero que traducidas literalmente vendrían a significar ‘Una muestra de las leyes de los muertos’”. Un término que desviste de todo misterio al volumen, dándole una aburrida pátina burocrática que no suena ni remotamente aterradora. Alhazred es, por su parte, un juego de infancia del cosmólogo cthulhiano. Como fue lector precoz, gracias a su abuelo, Whipple Van Buren Phillips, industrial que le inculcó un desmesurado amor por la literatura, leyó Las mil y una noches a la increíble edad de siete años. De esa experiencia nació en su fantasía el nombre del árabe loco, formado por un patronímico de uso común en los países musulmanes y por una deformación de “All has read“, la promesa (pretenciosa) que se hizo de leer todos los libros del mundo.

La premisa sonará a pequeña broma, y lo es, y además divertida, pero no por ello deja de ser solemne. Cuando se mete realmente en faena, en los momentos en que hace sudar a sus “personajes”, Cañadas se toma en serio lo que cuenta, sin resquicio para la chanza. Tan serias resultas las peripecias de Lovecraft y compañía que hay lugar en ellas para la muerte violenta. Al menos uno de los escritores mencionados en esta reseña morirá unos pocos años antes de su fallecimiento real. Otros, que no mencionaremos, también lo harán, logrando que algo se revuelva en las tripas del con escrúpulos. Porque Los nombres muertos es como las películas de Sam Raimi con Bruce Campbell: no tiene respeto por nadie ni reparo con nada. Para hacer la analogía aún más obvia, Cañadas toma una frase de Posesión Infernal  (The Evil Dead, Sam Raimi, 1981) como cita de inicio de una de las cinco partes de su novela. Una frase que, dicho sea de paso, suena a pitorreo.

Howard, Lovecraft y Belknap Long no son los únicos personajes reales que se convierten en ficticios: John Raskob, el millonario que hizo edificar el Empire State Building y que asoció su nombre, y fortuna, a General Motors, demócrata conservador opuesto a las políticas del New Deal de Franklyn D. Roosevelt; el falsario austriaco Erik Jan Hanussen o Adolf Hitler harán acto de aparición en una novela más de aventuras, una versión de andar por casa de Indiana Jones, que de terror, pensada, desde su primera palabra para entretener al lector. Cañadas zarandea a sus personajes por distintos escenarios durante más de 550 páginas, metiéndoles en fregados en ocasiones caóticos, solucionados de una manera tan frenética que el lector apenas se ha hecho a una situación para verse metido de cabeza en otra. Eso sí, las escenas de acción, abundantes, se disfrutan como las más loables del cine de palomitas y de gran –y buen- espectáculo.

Al final Lovecraft resume su peripecia con una reflexión que tiene todo el carácter del suspiro resignado, sarcástico. Permítaseme el destripe excepcional: “Nada de lo que hemos encontrado en nuestro estrambótico viaje tiene un origen sobrenatural. Nada. Todos eran embaucadores”. Cierto, pero al menos hemos disfrutado viendo al Solitario de Providence atreverse a hacer todo aquello que sus prejuicios y miedos no le dejaron hacer en vida. Como por ejemplo, comportarse como un galán o enfrentarse, en unas últimas páginas muy dignas, a un monstruo que hubiese encantado a Jaume Balagueró.