Como suele pasar con las obras llamadas a sobrevivir para convertirse en faros de enorme influencia, la película 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, 2013) ha generado un debate intenso en el plano sociopolítico. Su director, el artista multidisciplinar británico Steve McQueen (fotógrafo y escultor además de cineasta), plasma en pantalla, con cruenta elocuencia y sin ninguna floritura emotiva, una parte deplorable de la historia de los Estados Unidos, vergonzosamente olvidada por el cine y los libros.
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McQueen recuerda al espectador que en la nación que se jacta de ser la más civilizada (y libre) del planeta hubo durante años, y de forma legalizada e instrumentalizada, un atropello sistemático a la libertad del individuo, atributo humano elemental, basado en un arbitrario criterio racial. El grito en el cielo del realizador británico se suma al de otras voces autorizadas de la época de estos denigrantes sucesos, como la del coloso Mark Twain o la de la abolicionista Harriet Beecher Stowe, autora de La cabaña del tío Tom (1851), despreciada durante demasiado tiempo por exagerar, en apariencia, las condiciones de vida de los negros en el sur del país.

Beecher Stowe no exageraba un ápice. Es más, su novela parece casi un cuento de hadas en comparación con 12 años de esclavitud, una historia verídica que tiene por desafortunado protagonista a Solomon Northrup, hombre nacido libre (y por tanto hombre) en Minerva, Nueva York, que fue secuestrado un día para ser vendido como esclavo. Northrup pudo liberarse; contó sus vicisitudes en la novela homónima que daría título a la película de McQueen, y por la que hoy es recordado. Northrup terminó sus días como carpintero y destacado abolicionista, aunque nada se sabe realmente sobre su final. Si fue muerto por mano ajena o por causa natural es algo que silencia la historia.

Con motivo de los 160 años de su liberación, McQueen rueda una película destinada a hacer justicia. A ser memoria histórica. Difícil renegar de ella cuando crece además en importancia por la macabra coincidencia de su solapamiento temporal con el funeral de uno de los hitos de la lucha contra la segregación racial, el reverenciado sudafricano Nelson Mandela. Pero ni Mandela ni McQueen son héroes: su mérito estriba en impedir que se desluzca una cuestión que preocupó y ocupó a no pocos hombres y mujeres de uno y otro lado del Atlántico. Eugène Sue fue uno de ellos.

En los veintidós años que duró su carrera como escritor, Sue, ahijado de la emperatriz Josefina, esposa de Napoléon Bonaparte, dedicado a la literatura como mecanismo de supervivencia tras dilapidar la amplia fortuna familiar en una vida disoluta que le convirtió en el amante de muchas parisinas ilustres, gozó en su país, Francia, de tanta reputación como Alexandre Dumas. Como él fue un notable folletinista. Pero mientras aquél reposa en los altares de la inmortalidad, la fama de éste ha ido cubriéndose de telarañas. Sin justos motivos para ello, pues Sue, socialista convencido, fue un observador de su entorno mucho más agudo que el trilero Dumas: se volcó en defender la dignidad humana, en fustigar conciencias, en enemistarse con los que abusaban de los débiles. Algunos de sus libros fueron censurados por la Iglesia, y entraron a formar parte de su índice de volúmenes prohibidos. Sus ideales le empujaron a un exilio forzoso, tras denunciar el golpe de estado que asentó en el trono de Francia al melifluo Napoleón III y a su reina española. Murió a los 52 años de edad en un Annecy, en la Alta Saboya, donde yace enterrado.

Atar Gull (1831) es una de las novelas que mejor refleja su compromiso con la dignidad humana. Con suma exhaustividad documental, seguramente nada escasa en tiempos de aceradas luchas por los derechos sociales, Sue imagina las privaciones y tormentos de un esclavo ficticio pero posible. Una suerte de Edmond Dantés que, privado como él de su libertad y apartado violentamente de su sino marcado como jefe de una tribu namaqua (en una zona no definida del sur africano), fraguará una despiadada venganza contra su amo Tom Will. Y que será aún más inhumana si cabe por alimentarse de una promesa: la que se hace a sí mismo Atar Gull de no derramar una sola lágrima por su terrible destino.

En Atar Gull hay material suficiente para una traslación convincente al cómic. La realizan, con mucha profesionalidad y maña para incomodar al lector, Fabien Nury y Brüno (Bruno Thielleux). El primero es uno de los mejores guionistas del panorama comiquero francoparlante; el segundo, un dibujante audaz, con un estilo que, aunque pegado a la caricatura, la trasciende. Nury es, por ejemplo, el firmante del guión del impresionante tríptico Érase una vez en Francia, lo más similar a El Padrino en clave europea (y judía). A Brüno le sienta fetén el traje de aprendiz de Mike Mignola cuando se recrea dibujando buena ciencia-ficción macarra como la de Nemo (curiosa versión de Veinte mil leguas de viaje submarino de Jules Verne).

Dibbuks editó el cómic Atar Gull en octubre de 2012, un año después de su publicación original en Dargaud. La editorial madrileña lo sacó en formato de lujo de 86 páginas, a las que se añadieron otras ocho más a modo de extra y que enseñan “cómo se hizo”. Está dividido en tres partes (“El viaje”; “La plantación” y “Epílogo: En Nantes”) más una introducción mínima: parecen cómics separados. Así, la primera y la más larga, es la parte de las viñetas apretadas, aquella que sirve para hacernos partícipes del peligro de una tormenta en pleno mar. Es también la de los colores más mortecinos, la de la abundancia de ocres, con los que la colorista Laurence Croix, tercer nombre de la trinidad autoral, tiñe las noches y la falta de escrúpulos de los personajes principales de este tramo. Brüno, Nury y Lacroix dan un tratamiento especial al cruel corsario Brulart, acompañado en su vesania por tintes rojos, delirantes, sanguinolentos. Tan violentos como sus actitudes, sus modos, sus palabras.

Uno de los jefes tribales es dibujado como el golem de Paul Wegener. Es una criatura medio taciturna, imponente, movida por una palabra mágica codiciosa. Atar Gull se le va pareciendo, en calculador y vengativo, conforme se aja y se emponzoña de odio. Los autores relatan, ya en la plantación, la paulatina transformación del presunto dócil esclavo (un esclavo modélico, como reza su subtítulo) con una estudiada violencia en los colores, en las escenas, en la elección de encuadres, en los silencios y los monólogos mascullados como soliloquios. El cómic quiere entrecortar el aliento. Los zurriagazos suenan, la tierra quemada huele, los huesos crujen cuando se quiebran, el odio furibundo estremece y el miedo acongoja. El hombre se siente minúsculo y minusvalorado en cada una de las inclementes viñetas. ¡Qué bien representa Brüno el pasmo de la muerte en los pequeños botones de los ojos de sus personajes, en los que, incluso cuando son culpables, puede leerse un atisbo de ruego piadoso e impotente, un recóndito anhelo de magnanimidad, oculto como un secreto preciado! Un sentimiento aquí a todas luces inútil, inexistente, olvidado.

Entre toda la amalgama de esas frases brillantes que relucen como aforismos y por las cuales también se hizo célebre, Mark Twain tiene una muy apropiada que nos sirve de epitafio: “A mí no me importa a qué raza pertenece (el hombre): si es blanco, negro o amarillo. Es hombre y no puede ser peor”. Ése es su estigma, su infierno. Por eso el cómic, como el libro, de Atar Gull es tan cruento: porque se empecina en darles la razón a Mark Twain y a Steve McQueen en el recodo de cada página. Porque, simplemente, no tenemos ningún derecho de olvidarlo.