Desde que la ciencia-ficción expandiese sus fronteras creativas hasta más allá de las guerras con nave espacial y rayo láser, ha tenido la intención declarada y subjetiva de aprovechar la evidente flexibilidad de sus márgenes creativos para acercarle al lector nuevas e inesperadas propuestas.

Un pacto muy similar, por no decir idéntico, al que la fantasía suscribió poco después con sus lectores, ampliando su marco, superando la pócima del druida y de la espada guerrera que tan encorsetadas la tenían como estilo literario en clichés y tópicos gastados hasta la saciedad. Dos pactos que, a día de hoy, han mostrado su productividad y utilidad al llevar a ambos géneros a una época cumbre de su desarrollo narrativo y aceptación popular.

En este camino, ambos pactos no sólo se han desvelado imprescindibles para la madurez de los dos géneros sino que incluso han servido para que los dos espacios creativos, aparentemente independientes y durante décadas irreconciliables, hayan encontrado puntos en común a partir de los cuales comunicarse y colaborar. Cada vez resulta más habitual el hacer imposible una clasificación taxonómica de una novela, como antes se hacía, a partir de sus elementos característicos o recurrentes (“si tiene el elemento X pertenece a A”). Incluso la ciencia-ficción y la fantasía han iniciado el desarrollo de subcategorías que demuestran la enorme variedad de rutas por las que podrían discurrir los géneros, bien juntos o bien por separado, en el fututo inmediato y lejano.

Una de las más productivas ha sido la de la reflexión moral de corte humanista sobre el presente y el futuro de la humanidad (o, como diría la canción de Siniestro Total: “¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, estamos solos en la galaxia, o acompañados, y si existe un más allá, y si hay reencarnación?”). Una temática filosófica de amplio espectro que ha dado lugar a algunas de las obras más renombradas y ha centrado la carrera de algunos de los autores más grandes, léanse Asimov o Heinlein, C. S. Lewis o J.R.R. Tolkien, Iain M. Banks o Terry Pratchett, entre otros muchos anteriores y posteriores a ellos. Una línea dentro de la cual la religión ha tenido un papel relevante a la hora de ejercer de guía o influencia tanto en la construcción narratológica de las novelas como en las ideas que éstas han defendido.

Pues bien, Alif el invisible (Fantascy, 2013), escrita por G. Willow Wilson (New Jersey, Estados Unidos, 1982), pertenece, precisamente, a ese grupo de novelas que, aglutinadas caóticamente en una categoría todavía innombrada donde la ciencia-ficción y la fantasía convergen en sus puntos en común, el poder de la religión alcanza una influencia tal que condiciona a la estructura de la novela, a la trama argumental que subyace bajo su andamiaje, a todos sus personajes y, por supuesto, también a las ideas filosóficas que busca encarnar y defender ante sus posibles lectores. Una opción arriesgada que exige templanza y tino porque, como otros grandes han cometido, se corre el riesgo de que la reflexión moral acabe absorbiéndolo todo hasta reducir el libro a un cliché, a un estereotipo o a un eslogan propagandístico de tal o cual causa.

En Alif el invisible el protagonismo absoluto recae en el joven programador, habitante de una ficticia ciudad de un territorio desconocido del Golfo Pérsico, conocido en la red por el pseudónimo de Alif. A sus veintitrés años, lleva una vida digital oculta a las autoridades y a todos los demás y posee un largo currículum de asesoría y trabajo para todos los colectivos (islamistas o feministas, religiosos o laicos) que, de una forma u otra, aún con demandas y reivindicaciones contradictorias, han pretendido el derrumbe del gobierno dictatorial en el que viven. Mientras tanto, en su vida cotidiana, no es más que un residente más del distrito acomodado de Bagara, enamorado y prometido en secreto con una joven de la alta sociedad (residente en el noble Barrio Viejo) de nombre Intisar.

La tensión de esta doble vida, cotidiana y digital, revienta el día en que Intisar se promete en matrimonio con un joven de la alta sociedad, a su vez relacionado con la división del gobierno que censura la red y persigue a los hackers que luchan contra él. Alif sabrá quién son sus amigos y quién no cuando, perseguido y acosado por el gobierno, no tenga otro remedio que escapar y cambiar su vida para siempre. Pero, ¿a dónde escapar?, ¿dónde esconderse? Aquí entra en juego otra pieza clave de la historia, un misterioso libro conocido como el Alf Yeom o Los Mil y Un Días, presuntamente dictado por los habitantes del espacio invisible al que hace referencia el Corán, los djinns, a los habitantes del espacio visible (los humanos), para el conocimiento de algunos de los más importantes secretos de su mundo.

Por una casualidad del destino, el Alf Yeom llega a manos de Alif. Se trata de un libro codiciado por los servicios secretos del Estado porque, presuntamente, su decodificación es capaz de abrir nuevas puertas de poder e influencia. Alif se convierte así en su guardián y en el protector de sus secretos. Inconsciente al principio de su responsabilidad, y consciente después de su deber, el joven programador se enfrentará a una misión que lo expondrá ante las paradojas e incoherencias de su situación vital, más entendida como experiencia de transformación moral hacia madurez que como una simple aventura. Durante este camino descubrirá que existe una realidad más importante que la construida tras el teclado: la de la fe. Menos evidente y material, pues se esconde en el mundo invisible ajeno a los ojos del hombre, lo provee sin embargo de principios morales con los que poder vivir feliz su cotidianidad.

Para la construcción de la novela, G. Willow Wilson divide las esferas de la realidad ficcional en dos áreas completamente separadas y antagónicas: la del poder político, visible y material, y la de la fe religiosa, invisible y trascendental. Las opone a través de dos objetos materiales representativos: el ordenador y el poder de las redes para la primera; el Alf Yeom y la influencia del mundo invisible en el visible para la realidad trascendental. Pero no opone las dos realidades en el mismo plano, pues la realidad trascendental no es cara o cruz de la material sino que las opone en dos planos distintos: así ésta se eleva sobre la material. Consecuencia de ello, la voz narradora es capaz de presentarnos una dura trama argumental de corte político que, en cuanto inferior a la “religiosa”, acaba siendo tratada de forma bastante estática y accidental.

Por otro lado, la evolución personal de los personajes, y especialmente de Alif, resulta increíble. Al construir una estructura argumental al servicio del mensaje religioso se percibe cómo, progresiva e irremediablemente, el cliché se apodera de los personajes hasta quedar divididos, según el plano de la realidad al que pertenezcan, en buenos y malos. Alif se nos aparece entonces como una marioneta al servicio del mensaje trascendental. Sin ir más lejos, su transición de una a otra dimensión hará que muestre un desapego por sus conocidos de la realidad material y un apego por sus conocidos de la realidad trascendental tan artificiosa como innatural. Sirva de ejemplo cómo el amor de Alif por la rica Intisar se focaliza después en la humilde amiga de la infancia en el barrio, Dina, en una evolución que es, más que una progresión constante, un doble salto mortal con tirabuzón.

Pero, si esta es una novela con un argumento sin vida propia y personajes planos, pacientes comatosos dependientes para vivir de una mano autoral más presente de lo que debiera, lo peor son sus eternos diálogos moralistas, totalmente injustificables desde la coherencia argumental. Ya no se trata de que los personajes parezcan más marionetas que personas, que también, sino que sus comportamientos impostados se muestran ajenos a cualquier atisbo de credibilidad. Cuando se comienza a disertar sobre la naturaleza de Dios, o sobre el escepticismo del ser humano a la realidad invisible, se hace en un incomprensible (e injustificable) universo paralelo donde la trama queda en suspenso y los personajes borran su pasado para servir de altavoz a la mano autoral.

Desgraciadamente, G. Willow Wilson cae de lleno con Alif el invisible en el error de intentar manipular y coartar la creatividad, utilizándola como herramienta puesta al servicio de la ideología moralista de corte religioso. Lo hace de forma tan estrepitosa que, llegado el momento, tras un comienzo digno de un prometedor cuento moral, la religión acaba convirtiéndose en un agujero negro de alta densidad, absorbiendo cualquier forma de vida independiente al del mensaje religioso. Y es una pena porque, para ser una primera novela, la autora muestra oficio y demuestra un conocimiento profundo tanto de la mitología semítica como de los debates filosófico-morales del Islam, con un tremendo potencial. Sin embargo, su desastrosa metodología convierte a Alif el invisible en un pretencioso panfleto religioso con fragmentos de reflexión teológica aburridamente insufribles. De hecho, pocas veces he visto desaprovechar mimbres de tan gran capacidad creativa de forma tan contundente.

Como nota al margen, destacamos la extraña decisión editorial por la que se resaltan en cursiva todas las palabras de origen árabe presentes en el texto, pero ni se adjunta una nota sobre los criterios de transcripción y lectura de esas palabras, ni se incluyen todas las palabras destacadas en el “Glosario” final del libro. De hecho, en este “Glosario” sólo se incluyen unas pocas palabras en relación al total, casi todas presentes al comienzo de la novela y que no son ni de lejos las más relevantes para la comprensión del texto. De esta manera, la lectura se empobrece al no conocer su significado, exigiéndosele al lector la realización de una forzada labor de deducción. Lo descompensado de ese raquítico “Glosario”, cuya incompletitud frustra tanto como cabrea, muestra un esfuerzo editorial incomprensiblemente interrumpido y evidentemente necesario.

Al asumir el riesgo de la reflexión moral en los nuevos caminos de la ciencia-ficción y la fantasía se olvida que, a medida que los caminos se recorren y los géneros maduran, también lo hacen sus lectores y sus expectativas. La transformación y adaptación mutua de autores y lectores resulta ser la fuente del dinamismo en el campo literario, así como también el origen de los nuevos requisitos que hacen al lector cada vez más experimentado, formado y exigente. Aunque antaño denostada, la literatura de género ha conseguido crear en términos relativos más lectores, con un hábito más reforzado y con criterios de evaluación más claros, de los que la novela mainstream ha podido conseguir. Este lector es al que Alif el invisible va dirigido.

Dicho lector será el que perciba aquí la repetición de problemas y errores de antaño que se creen y esperan superados. Lástima que todavía se sigan cometiendo de forma tan clara.