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Cierto día asistí en confesión a un veterano de Marruecos, había notado cómo una mano apartaba la bala que le iba a matar. Huyó del frente para abrazar a Dios. Yo decidí seguir el camino contrario. Ya sabes que se dice ‘hay más revelaciones en el campo de batalla que en la Iglesia’. Y es lógico, el soldado es el más cercano a la muerte y la muerte es el único camino a Dios.” (José Manuel Robledo, Operación Félix)

Ars gratia artis. ¿Es suficiente el arte por la gracia del arte? ¿Hay que buscar algo más allá del placer personal cuando nos enfrentamos a una obra? ¿Es el simple entretenimiento, puro hedonismo? ¿Existe una conexión entre la moralidad y el arte? ¿Debe éste ser didáctico, útil para la sociedad? ¿Qué es lo que debe aportar? ¿Son perniciosos el parnasianismo, el dandismo, el diletantismo? ¿Resulta menos válida una creación artística cuando comienza y termina en sí misma, cuando es autotélica? Art for art’s sake. L’art pour l’art. ¿Alguien se atrevería a llamar hoy decadente a Oscar Wilde, degenerado a Thomas de Quincy? ¿O es acaso éste un debate superado, muerto desde el fracaso en Europa de los totalitarismos utópicos?

Precisamente a la era de los totalitarismos nos remite WW 2.2: La otra Guerra Mundial. Operación Félix, concretamente a un ficticio mes de diciembre de 1940 en el que Hitler ha muerto asesinado y Hermann Göring es el canciller del III Reich. El atentado de Johann Georg Elser al jerarca nazi en Munich sirve como punto de partida al guionista francés David Chauvel para imaginarse cómo hubiera sido la segunda Guerra Mundial si Hitler hubiera perecido un mes antes de que comenzara la contienda bélica. Durante una serie de siete tomos publicada en España por Diábolo Ediciones, WW 2.2 La otra Guerra Mundial, Chauvel dirige a un buen elenco de autores europeos que elaboran una revisión histórica de la batalla de París, una supuesta invasión a las islas británicas, la guerra en Asia, la lucha del espionaje inglés, la muerte de Pío XII y la invasión de Italia, y el desarrollo de las armas de destrucción masiva.

A cargo del segundo tomo de la serie se encuentran el guionista José Manuel Robledo y el dibujante Marcial Toledano, más conocidos por ser los autores de Ken Games (trilogía publicada también por Diábolo Ediciones). Javier Montes se encarga, junto a Toledano, de los detalles de color en el álbum que nos ocupa: Operación Félix. Tras una desilusionante campaña en Bélgica y en Francia, los alemanes quieren cerrar el paso de la Royal Navy al mar Mediterráneo. Para ello, han puesto en marcha un plan para invadir el peñón de Gibraltar, bastión británico en la costa sur española. Un capitán alemán, Julius Kleiber, y un legionario español, Carlos Suárez, protagonizan esta entretenida historieta por la que desfilan varias unidades de élite de las fuerzas nazis, españolas y británicas de la década de 1940.

Aunque el cómic que nos ocupa es un ejercicio de historia-ficción, la “Operación Félix” sí existió. Conviene recordarlo, ya que el tomo no incluye ningún apéndice ni desglose histórico de fechas o nombres. Si se publicara un integral que reuniera los siete volúmenes de la serie, un buen apartado de información extra resultaría fundamental para comprender y explicar el contexto histórico. Serviría, además, para apreciar en su justa medida el trabajo de Chauvel y el de los guionistas que trabajan con él en WW 2.2: La otra Guerra Mundial.

Después de que la flota colaboracionista francesa atracada en Orán, bajo el gobierno del mariscal Pétain en Vichy, fuera inutilizada por la Royal Navy en julio de 1940, el alto mando de la Kriegsmarine advirtió a Hitler que las posiciones británicas en Gibraltar supondrían un peligro para cualquier operación militar que Alemania quisiera llevar a cabo en el Mediterráneo. El estado mayor del Reich comenzó entonces a elaborar un plan para asaltar el baluarte aliado en el peñón.

 En agosto, Hitler dio el visto bueno a la “Operación Félix“, un cabo más del largo nudo que los alemanes ataban sobre Inglaterra como parte de la “Operación León Marino” (el plan militar que pretendía invadir las islas británicas). Alemania estimó que necesitaría cerca de 65.000 hombres y 14.000 toneladas de munición, además de 136 toneladas de alimentos al día y 9.000 toneladas de combustible para tomar Gibraltar. Por supuesto, también sería necesaria la colaboración española.

Varios oficiales alemanes fracasaron en su intento de convencer a Franco para participar en una operación conjunta contra Inglaterra, así que Hitler decidió organizar un encuentro en Hendaya con el caudillo español a finales de octubre. La ausencia de infraestructuras en España con las que apoyar semejante despliegue militar y las fantasiosas exigencias de Franco, que anhelaba anexionarse varios territorios en el norte de África, además del Rosellón y la Cerdeña (condados franco-catalanes), hicieron desistir a Hitler. La Operación Félix, no obstante, no fue totalmente descartada hasta que la guerra dio un vuelco en contra de los nazis; entonces fue archivada en un cajón y pasó al reino de la ficción.

A pesar de ser una obra especulativa, la documentación y el cuidado que ponen los autores son dignos de elogio. Uniformes, insignias, armas, vehículos, edificios, objetos… todo está fielmente detallado por los lápices de Toledano, que trabaja las páginas con el cariño de un Osprey y el dinamismo necesario para reflejar batallas a la carrera por calles, túneles y laderas del paisaje gibraltareño. El guión se distrae con pinceladas de traiciones y celos, pero en ningún momento se plantea algo más que entretener al lector. Ni causas, ni consecuencias, ni debates ideológicos. Operación Félix es fresco, es divertido, es cine de refresco y palomitas… y nada más. ¿Es suficiente que un cómic con un protagonista nazi y un fanático religioso, amante de la guerra, sea meramente entretenido? ¿Que no se detenga a analizar, a criticar, uno de los episodios más trágicos de la historia de la humanidad? Corren el riesgo Marcial y Toledano de homenajear sin buscarlo a unos personajes que no merecen loa alguna, de banalizar por puro hedonismo un momento dramático. ¿O quizá la historia ya está superada y el debate enterrado, como los soldados que lo alimentaron?