Rasputín-Mariano-Fernández-de-Henestrosa-Fabulantes

Ilustración realizada por Mariano Fernández de Henestrosa para Fabulantes.

Desde Los Escorpiones del Desierto a Corto Maltés, la obra de Hugo Pratt está plagada de personajes memorables -secundarios, la mayoría de ellos-. Pratt mezcla magistralmente personajes ficticios e históricos (el Barón Rojo, Aristóteles Onassis, Ernest Hemingway, Iosif Stalin, Jack London, Herman Hesse…), lo que dota de enorme fuerza y verosimilitud a sus fantásticas historias. Y no se detiene ahí: en sus manos, hasta el entorno puede devenir personaje (secundario también), como ocurre con el mar en La balada del mar salado, primera historia donde vemos aparecer a su personaje más famoso, el marino Corto Maltés.

En esa primera historia, se podría decir que hasta el propio Corto empieza como una suerte de secundario. Vemos un Corto un tanto desdibujado aún, de rasgos bastante generales que sólo empezarán a desarrollarse conforme se convierta en el gran protagonista de las aventuras que habrán de seguir. Aventuras en las que veremos desfilar a un estupendo elenco de acompañantes. Tras el Monje, Craneo, Caín o Pandora en La balada, sus aventuras sudamericanas nos brindarán nuevos personajes, como el entrañable y alcohólico Steiner, o su buen amigo, el anticuario Leví Columbia, la violenta Veneciana Stevenson, la misteriosa Bocadorada o, ya en Europa,  Hypatia, así como la meláncolica Banshee O’Danann o la bella Duquesa Martina Shiminova. Y Kush. Y Azhael… La lista sigue hasta convertirse en una multitud. Ahora bien, en esa multitud hay un personaje que destaca entre los demás: con sus pómulos exagerados y su nariz de bruja, con su barbaza y sus pelos de loco; portando algún arma oculta, probablemente, y, probablemente, mirándonos con ojos homicidas y sonriendo con anticipación… El lector ya se habrá imaginado que me estoy refiriendo a Rasputín.

En Rasputín encontramos una suerte de reverso (o anverso, según se mire) de Corto. Veamos a continuación algunos paralelismos en las vidas entrecruzadas de estos dos personajes: ambos conocen sus orígenes maternos (La Niña de Gibraltar en el caso de Corto y una prostituta rusa, en el de Rasputín) pero saben poco de sus respectivos padres. También, si nos ponemos estupendos, cabría decir que si ambos decidieron lanzarse a la aventura de ponerse a recorrer el mundo fue en pos de esos orígenes que no será posible encontrar. Por otro lado, el aura de aventura, poesía y romanticismo que vemos en Corto, en Rasputín es de aventura, sí, pero llena de sangre, al grano y sin sentimentalismos inútiles. Carente de sentimientos y de moral (pero con mucho sentido del humor) Rasputín es un perfecto asesino… o, simplemente, un asesino irremediable: “Siempre tienes que matar a alguien, ¿verdad?”, le dirá Corto en un momento dado. Ahora bien, su carácter amoral nunca le impedirá distinguir en todo momento qué es bueno para él. Así es el mejor amigo de Corto. Su primera aparición la encontramos, también, en La balada del mar salado (antes que la del propio Corto de hecho: será él quien le rescate de ir a la deriva, crucificado como San Andrés). Con el paso de los años, conforme va engrosando la lista de aventuras (y de cadáveres) y tras amenazar de muerte a Corto una y mil veces, Rasputín crece en su papel de secundario hasta convertirse en un personaje casi principal. Ejemplo de ello será la dimensión que adquiere en dos de los álbumes tardíos de las aventuras del maltés, a saber: La Casa Dorada de Samarkanda y La juventud (publicadas en castellano, como la primera historia de Corto y Rasputín por Norma Editorial).

La Juventud, junto con Mu, es uno de los álbumes que viene a cerrar un círculo en las aventuras de Corto Maltés. Sin más introducción que el sonido de los disparos, la historia nos catapulta directamente hasta Manchuria, donde somos testigos del aparente fin de la guerra ruso-japonesa. En efecto, un alto mando ruso sopla enérgicamente su silbato para que cese el fuego.  Pero alguien, desde el destacamento siberiano, sigue disparando: un Rasputín lampiño, indignado (nadie le había consultado sobre la firma de ningún armisticio) y que, enseguida, presentará su credencial de asesino compulsivo y sin el menor escrúpulo: tras el oficial japonés vendrá el turno de su propio superior (por recriminarle la acción). Ya hemos dicho que Rasputín sabe bien qué le conviene y, visto que sus actos van a ocasionarle más problemas de los que tenía previstos, decide desertar. Tras cambiar su uniforme por el de un cadáver japonés, consigue embaucar a un miembro de la Cruz Roja que lo lleva hasta su cabaña. Allí conocerá a Jack London, que será quien le ponga en contacto con Corto, pero ello no sucederá hasta casi el final; entre tanto, la historia sigue su curso, y lo hace bien regada con sangre por Rasputín -para disfrute del lector-. En este punto cabe señalar que, por desavenencias con el editor, Pratt terminó este álbum precipitadamente, siendo éste el motivo (probablemente) por el cual Corto tiene un papel casi testimonial en la historia. Con todo (y especulaciones aparte), el hecho es que La juventud que nos presenta Pratt, más que la de Corto, es la de Rasputín.

Realizado casi a la vez que La juventud, el álbum de La Casa Dorada de Samarkanda es la otra gran aventura en la que Rasputín tiene un papel eminentemente protagonista. En el lapso de un año, la historia nos transportará  desde Rodas hasta Pakistán; con el tesoro de Alejandro Magno como excusa y el conflicto entre armenios y turcos como marco, el resultado será un gran canto a la amistad. Entre medias, y con el cuidado repertorio de vestimentas y uniformes con que siempre nos deleita Pratt,  sueños,  hachís,  Karagöz, la misteriosa secta de los Hashshashin,  secundarios históricos como Enver Pachá, o Stalin, con quien Corto mantendrá una breve conversación telefónica entre fronteras… y, claro está: mucho Rasputín. Mientras Corto se halla en Rodas, a la caza de pistas que le lleven hasta el tesoro de Alejandro Magno en Asia Central, también en este área geopolítica, el bueno de Rasputín ha dado con sus huesos en una inexpugnable y exótica prisión: La Casa Dorada de Samarkanda, cuya única vía de escape son “los sueños dorados producidos por el hachís” (de ahí su nombre). Corre el año 1921 y Enver Pachá anda inmerso en su delirante cruzada por unificar a todos turcos. Entre sus subordinados figura un tal Chevket, un despiadado coronel con una especial particularidad: ser físicamente igual que Corto Maltés. Al ser confundido por Chevket, Corto recordará la advertencia que le hiciera su madre sobre el peligro que supone encontrarse con el doble de uno mismo, al tiempo que todo -el tesoro, Rasputín o su promesa de reunir a una niña armenia con los suyos- parece arrastrarlo hacia ese temible encuentro con su otro. Así se va formando un triángulo en el que dos vértices (Chevket y Corto) son físicamente iguales, y el tercero, Rasputín, es el que sirve de puente y a la vez obstáculo entre ambos.

La búsqueda del tesoro servirá a Corto Maltés para preservar su orgullo pirata y no tener que reconocer que ha decidido arriesgar su vida para salvar nada menos que al canalla de Rasputín, quien apareciéndose en sueños le suplica que no lo abandone “¡como una rata!”… A la espera de su amigo, “Raspa” salvará el pellejo asegurando ser “musulmanísimo”, condición necesaria para ser instructor voluntario de la guardia del Emir, algo que afirmará siempre fue su sueño… Vestido con un uniforme a su medida, estará a las órdenes de Chevket, con quien mantendrá estupendos diálogos. Llegará a conocer al mismísimo Pachá. Corto llegará hasta Samarcanda para rescatar a su amigo. A cambio, cuando el cerco entre Corto y Chevket se ha estrechado hasta un punto insostenible, Rasputín impedirá que lleguen a encontrarse. Lo hará matando, como es lógico, cumpliendo, esta vez sí, un sueño: matar a Corto  Maltés, o al menos su imagen, Chevket. Como Corto, tampoco admitirá ningún sentimentalismo al respecto, exclamando que lo hace por el mero placer (¿acaso alguien lo pone en duda?) de matar. La historia no acaba aquí. Aún habrá tiempo de presenciar cómo Enver Pachá -cargando contra el pelotón armenio del ejército soviético- se lanza en solitario hacia su muerte o de ver cómo Rasputín y Corto, felices de estar vivos ambos, nos brindan, entre risas, una genial secuencia de baile.

No será ése su último baile. Ni la última carcajada. Volverá a soñar Corto con “Raspa” en  Las Helvéticas, bailando junto al mismísimo demonio y su corte, y también lo veremos en Mu, la última aventura, que viene a cerrar otro de los círculos de la saga. Para sorpresa del lector, aquí encontramos a un Rasputín más cómico que nunca y alejado del asesino despiadado que conocimos. Que tras tantas muertes, tanta sangre, el Rasputín maduro sea ante todo desternillante, casi lleva al lector a preguntarse: ¿y si aquello que pensábamos que era pura compulsividad homicida, pura necesidad de matar, pura psicopatía…  no era sino el lado más irreverente de su sentido del humor? Todo es posible en lo que respecta a ese valiente y aventurero y amoral hijodep… Literalmente, además.

Más secundarios:

El capitán Haddock

Abe Sapien

Julio César