Qué-difícil-es-ser-Dios-Roger-Tallada-Gigamesh

Ilustración realizada por Roger Tallada para Gigamesh.

La ciencia-ficción tiene una deuda con la herencia soviética, en gran parte todavía inédita en España y permanentemente olvidada. Era una época donde el ser humano era capaz todavía de soñar con una mejor versión de sí mismo y en la cual la ingeniería social se utilizaba para la realización de una mejor libertad personal y un mayor bienestar colectivo.

Máxime si tenemos en cuenta que, siendo la “edad de plata” de la literatura rusa un momento de persecuciones y censuras, fue en la ciencia-ficción y la fantasía donde más libertad existió para viajar, con la fuerza de la palabra y la imaginación, a otros lugares y a otros mundos. Un espacio cultural idóneo para mantener viva la ilusión de un tiempo mejor y, por qué no, también las esencias primigenias del proyecto socialista y/o comunista.

Desde finales de la década de 1950 y comienzos de 1960, con la muerte de Iosif Stalin, la Unión Soviética relajó su vigilancia y presión sobre los estrechos márgenes impuestos a la creatividad. En aquellos momentos, la novela, la pintura o la música alcanzaban sus cotas más altas, mientras que la ciencia soviética conseguía sus más notables desarrollos, aplicados a los avances armamentísticos y a la carrera espacial. Pero con el recrudecimiento de la Guerra Fría o la política de bloques, la dialéctica estatal intensificó sus necesidades de orden y jerarquía, hasta despertar una nueva ola de seguidismo y represión. Entre 1962 y 1964 la censura perseguiría, con mayor o menor intensidad pero de forma implacable, todas aquellas expresiones de la imaginación que hasta entonces había alentado.

A este contexto pertenece Qué difícil es ser Dios (originalmente publicada en 1964, utilizamos aquí la edición española de Gigamesh de 2011). Una novela que, como se puede leer en el “Comentario de Boris Strugatski” que acompaña a esta edición (páginas 179-188), inicialmente pretendía ser un divertimento de fantasía medieval sin pretensiones titulada El séptimo cielo y posteriormente El observador, pero que, tras las muchas luchas intestinas entre los autores soviéticos contra (o a favor) las autoridades estatales, acabó convirtiéndose en uno de los más hermosos alegatos contra el totalitarismo de la época e, irónicamente, también una de las más populares de los hermanos Arkadi (1925-1991) y Boris (1933- 2012) Strugatski dentro y fuera de la Unión Soviética. Tal paradoja es posible tanto por el meritorio trabajo de ambos como por la notable ceguera de las autoridades censoras (si bien esta novela no estuvo exenta de críticas en su momento, su publicación no tuvo los efectos negativos que sufrieron otros intentos similares).

Es este un contexto sociohistórico determinante en la forma y el contenido de la novela, transformándose en un valor intrínseco que dota al texto de originalidad, frescura y valentía. Uno de los aspectos textuales más destacados es que su trama y arquitectura argumental, en lugar de seguir un desarrollo homogéneo y lineal, como suele ser habitual en la literatura contemporánea, se expande constantemente en forma de una matrioska, con desarrollos novedosos e inesperados casi a la vuelta de cada capítulo. Los giros argumentales, las nuevas perspectivas desde las que analizar los hechos y sucesos, los personajes capaces de añadir riqueza o diversidad al argumento, se suceden sin descanso. La lectura se convierte en un juego apasionante de descubrimiento e ilusión, donde el lector participa en la búsqueda de los vericuetos recónditos y las trampas inesperadas tras las cuales se oculta otra vuelta de tuerca a la historia. A tal ritmo pasa esto, una y otra y otra vez, que llegamos casi sin resuello al trepidante final, un fogonazo de alto voltaje.

Un artefacto de orfebrería tan preciso, en cuanto al ritmo de la narración y el equilibro en el uso de los artificios narrativos, precisa de la inteligencia y la sagacidad para no evidenciar demasiado sus trucos. ¿Dónde esconden los mejores magos las claves de su espectáculo? A la vista de todos. Por eso en Qué difícil es ser Dios la denuncia del totalitarismo, la burla sobre la censura, la ironía sobre la personalidad gris y obtusa de las autoridades funcionariales y militares, se sitúan en el centro del discurso, a la vista de todos, para que cualquiera de nosotros lo pueda leer. Las referencias a estos mecanismos de imposición son tantas y de tal magnitud, pero también de tal belleza en su configuración y expresión, que admiran y abruman. Impresiona leer de boca de una autoridad pública que “no necesitamos personas inteligentes, sino fieles” (página 52). Una filosofía aclarada poco más adelante cuando se especifica que:

“¡La esencial del nuevo Estado serán sus propias instituciones, en las cuales se fundamentará! Estas brillan por su simplicidad, y sólo son tres: la fe ciega en la infalibilidad de las leyes, el sometimiento total a ellas y la vigilancia infatigable de cada ciudadano por parte de los demás.” (página 52)

Una crítica social de tal contundencia precisa de un marco histórico encubridor, que impida cualquier asociación o relación negativa con el tiempo presente. Un problema afrontado por los hermanos Strugatski con una doble solución. Por un lado, se recurre a un contexto no sólo anterior a la modernidad en que viven sino también antagonista respecto a los valores que esa modernidad persigue representar: la época medieval y el feudalismo. Por otro lado, el presente y la modernidad soviéticas se incorporan al argumento como contraposición y referencia moral, tanto de forma directa con alusiones concretas al proyecto comunista –muy escasas y perfectamente traídas- como de forma indirecta, encajando ese viaje en el tiempo histórico a un Experimento por el que un conjunto de científicos soviéticos viaja a otro planeta donde se están reproduciendo esquemas sociohistóricos similares a los terrestres en la época feudal; la expedición viaja con el doble objetivo de documentar aquellos tiempos totalizadores y poner en práctica estrategias de cambio social capaces de promover nuevos cambios en la sociedad.

Y es que, a diferencia de otros textos críticos con el sistema comunista, el Qué difícil es ser Dios no desarrolla el anticomunismo, sino que desarrolla un ‘altercomunismo’ fundamentado en la crítica a su vertiente totalitaria y la reivindicación de su vertiente humanista. Junto con la denuncia del estatalismo y la opresión, existe un más que evidente optimismo antropológico proyectado hacia un tiempo futuro. Sin ir más lejos, sobre los habitantes de aquella sociedad feudal y retrógrada se dice que “no dejaban de ser personas, portadoras de la chispa de la razón, y constantemente, aquí y allá, prendían y se inflamaban llamitas de un porvenir remoto pero ineludible” (página 116). Un esquema coherente con el análisis dialéctico marxista al que la trama de esta novela tanto debe, en cuanto sienta en él algunos de sus pilares.

Es más, el discurso moral de la novela tiene momentos de gran claridad y franqueza, sobre todo cuando a través de la voz del protagonista, el expedicionario ruso y sustituto de un noble feudal de nombre Rumata, dirige a sus presuntos lectores un ruego orientado a tomar con valor las riendas de su tiempo presente:

“Y, por todos los santos, valorad vuestra época, amadla, rendid tributo a la memoria de los que tuvieron que pasar por esto [la tortura y la persecución]. Contemplad con atención estas caras jóvenes, obtusas, indiferentes, habituadas a todo tipo de ferocidades; pero no os tapéis las narices: vuestros propios antepasados no fueron  mejores.” (página 151)

El ser humano desvela sus miserias, toma conciencia de ellas, y adquiere una postura moral de prevención contra su posible abuso en contra de los demás y de sí mismo. Por eso, la voz de Rumata se dirige al ser humano bueno y generoso, puesto en peligro no tanto por el prójimo como por lo que de pérfido se esconde en lo más hondo de su ser (“Todavía no sabes que el enemigo no está tanto frente a tus soldados como entre ellos.”, página 166), o lo que de autodestructivo tiene la inocencia ilusa de quien piensa que no hace falta más para el triunfo de la justicia que la victoria de un hombre justo, por naturaleza repleto de contradicciones (“Para luchar hace falta odiar, y eso es precisamente lo que no sabéis hacer.”, página 173). Un optimismo puesto en un hombre nuevo consciente de su naturaleza, prevenido contra ella, y preparado para usar sin miedo su fuerza física y moral en la lucha por la victoria de más altos valores.

Con todo, si bien la lucha por la victoria exige sudor y sangre, la esencia de esa nueva sociedad está centrada en la educación, la cultura y la sabiduría; condenando a la censura como el mecanismo a través del cual se busca impedir “la circulación de todo aquello que tanto odian los cretinos e ignorantes ávidos de poder” (página 116). Un mecanismo cuyas consecuencias el texto, con enorme habilidad, también explicita:

“Sin arte y, en general, sin cultura, el estado perdía su capacidad de autocrítica, se dedicaba a estimular tendencias erróneas, engendraba sin cesar hipócritas y desechos, promovía en los ciudadanos el consumismo y la presunción y, en definitiva, se convertía en víctima propiciatoria de vecinos más sensatos.” (página 116)

Arkadi-y-Boris-Strugatski

Los hermanos Strugatski

Con habilidad, los Strugatski convierten Qué difícil es ser Dios en la primera novela nietzscheana por excelencia, y un ejemplo evidente de cómo la izquierda de esta tendencia era ya una realidad en la U.R.S.S. de la década de 1960: con un Rumata convertido en un superhombre seguro de sí mismo, consciente de sus limitaciones y responsable en la gestión de sus miserias, capaz de conseguir cualquier cosa a partir de un compromiso radicalmente individual con el conjunto de la humanidad. De ahí el doble rol que, como expedicionario al servicio de su país y servicial amante a los pies de su adorable Kira, aúna ambas dimensiones en una misma acción y en un discurso coherente con un comunismo humanista y radicalmente antitotalitario.

Una novela encubridora “de un doble sentido” (página 95) al que las autoridades soviéticas no fueron capaces de acceder, pero que suponía una dura crítica en la línea de flotación tanto de su sistema como de tantos otros sistemas políticos pasados y presentes.

La actualidad de la narrativa de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski se deja sentir en lo transversal de su mensaje negativo pues, si es específica su reivindicación particular de un comunismo humanista basado en la educación y el arte como forma de expresión, también posee una crítica general a la ignorancia y estulticia del abuso de poder que es tan aplicable a su contexto como, por desgracia, al nuestro de hoy en día. Por eso el lector, ávido de una ciencia-ficción clásica de altura, no debería ni perder la ocasión de leer a los hermanos Strugatski en cualquiera de sus obras de este período (Qué difícil es ser Dios es una de las mejores y de los más claros exponentes de la época), ni dejar de realizar un ejercicio de transposición filosófica viable y capaz de convertir cualquiera de sus novelas (de esta etapa) en una crítica consistente a la política práctica de cada día.