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Ilustración realizada por Pier Brito

La gran sensación del terror actual en castellano se llama Emilio Bueso. Con una producción breve –Bueso es joven aún; en 2014 celebrará su cuarenta cumpleaños- compuesta por cuatro novelas y seis cuentos cortos desde 2007, ha puesto ya en pie a las grandes autoridades en la materia.

Crítica y editores le idolatran, algo que no suele ser norma común en el género. Hasta Valdemar, el gran santuario de los horrores literarios, se ha rendido a sus encantos y publicará, previsiblemente en mayo próximo, su siguiente libro, que se titulará, salvo cambios repentinos, Extraños Eones y tendrá que ver con los Mitos de Cthulhu.

Esta noche arderá el cielo (Salto de Página, 2013) es su última novela publicada. Transcurre a lo largo y ancho de la Trans-Taiga, la carretera más larga de Norteamérica y la más aislada del planeta. “No hay lugar más vacío que la Trans-Taiga”, escribe el castellonense; no hay escenario mejor para perderse, mirar solamente hacia adelante y dejar atrás las miserias. Durante toda una noche llena de problemas, Mac y Perla, los dos protagonistas, la recorrerán de nuevo, reeditando un viaje catárquico que duró cinco días en el ya lejano 2001 y que pudo haber servido como punto de inflexión si él no hubiese sido un cobarde con pánico por la gente y ella un polvorín de tendencias autodestructivas. Pero el viaje que repiten doce años después, para matar a sus motos y a parte de sí mismos, distará mucho de ser tan plácido e íntimo como aquél. La naturaleza posee ahora ojos nuevos, grita, maldice, regurgita. Odia visceralmente a los pocos seres humanos que se internan en ella. O que la habitan, como los indios cree.

Bueso lo explica mejor al ser contactado por Fabulantes: “Estuve haciendo senderismo cerca de la James Hudson Bay y lo que vi fue puro western contemporáneo: moteros cabalgando y grupos nativos norteamericanos de caza en plena libertad. Un territorio salvaje a pocas horas de la frontera con Detroit. Y, ya más al norte, una taiga boreal tan extensa como España, en la que apenas hay censadas mil personas. Habida cuenta de que Canadá es uno de los países más inaccesibles al tráfico de armas, de drogas, de personas… se me ocurrió que toda aquella plétora de hidroaviones que se posaban en los lagos bien podrían dedicarse a sobrevolar el círculo polar para introducir una carga peligrosa con toda impunidad. Y así salió la novela, a medio caballo entre lo criminal y la historia de indios y vaqueros. Se me fue la olla con la idea y la aurora boreal hizo el resto.”

Esta es, por lo tanto, la historia de un rendez-vous en el infierno. Una locura vertiginosa que se sucede a la velocidad punta de una moto (el autor nos confiesa que no “rutea” pero que va “a trabajar todos los días” subido a una Yamaha) y que se inicia con un estallido boreal que ejerce de pistoletazo de salida a una revolución de la naturaleza. Lo natural subvierte el orden artificial del hombre, se impone a aquél con suma violencia. Recluta para sus fines a una nueva raza de soldados, llamados “críptidos” en la novela. “Leí algo sobre el futuro del splicing, el “copia y pega” biológico” -nos cuenta al ser preguntado por el origen de estos monstruos-, “y sobre la cantidad de genes que comparten todos los mamíferos entre sí, y me dije que es una cuestión de tiempo que podamos montar híbridos como el que monta figuras con Lego. Ahí sí hay espacio para la ciencia-ficción. Se me ocurrió que el ADN, como cualquier otra codificación, podría hackearse mediante ataques de fuerza bruta, a base de generar y luego testar miles y miles de combinaciones por segundo”.

Como se sospecha, el “copia y pega biológico” se transformará en matraz para lo repugnante, para lo abominable. Emilio Bueso reconoce en esta idea la influencia de Wells y de Matheson –“autores que siempre resuenan en mi cabeza”- y sobre todo del Stephen King de Cementerio de animales, un libro que, como nos comenta, “ha influido mucho” en su forma de “entender la literatura de terror”. Aseveración en absoluto sorprendente en uno de los apóstoles del neo-terror.

A Bueso no le interesan los clichés del género: es por eso que apuesta por unas nuevas normas y formas. Esta noche arderá el cielo recuerda en eso a Berserk de Tim Lebbon, una novela que escarba en las raíces más oscuras del folclore para revolucionar el catálogo de pesadillas literarias, más rígido de lo deseable. Las manos ejecutoras de esta naturaleza furibunda no tienen parangón posible, ni lo tendrán, en ningún otro terror escrito. Ni siquiera en uno escrito peor que éste. Porque el alicantino escribe bien, sabe exprimir el lenguaje (en sus propias palabras, “sacarle pus”). Entrelaza frases cortas y secas, y gusta de recrearse en ellas. Como el paisaje desolado e inhóspito del libro da lugar a grandes silencios introspectivos, los rellena con estudios de personajes, con saltos temporales, con digresiones que parecen no venir a cuento y que luego resultan puntadas con hilo. Todo para narrar sin pausa, con la mano puesta en el acelerador. Es como si Corman McCarthy hubiese escrito No es país para viejos en clave terrorífica. Entre la novela que reseñamos y la gran obra del estadounidense hay más puntos en relación de los que serían aceptables: la huida; la persecución; el contrabando; los sujetos límites.

Lo último de Bueso es un road book que se visiona como una road movie, un western boreal en el que Mac, protagonista principal, no puede evitar ser personaje de Sam Peckinpah: el caballero andante Dustin Hoffman en Perros de paja (Straw Dogs, 1971); el tahúr buscalíos Warren Oates de Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo García, 1974); el melancólico y solitario Kris Kristofferson en Pat Garrett y Billy el niño (Pat Garrett & Billy The Kid, 1974), o el crepuscular William Holden de Grupo salvaje (The Wid Bunch, 1969). Porque Mac es un perdedor. Pero no uno cualquiera: “será un fracasado, pero el tío pelea […], está hecho un monumento a la grandeza del perdedor”.

Esta noche arderá el cielo es una grandísima noticia para el lector de Terror porque nos lleva a concluir que Pilar Pedraza ya tiene relevo generacional. Emilio Bueso es la nueva rara avis del género.