La-perdición-de-Thulos-Andrea-Beré

La perdición de Thulos, basado en el relato “La muerte de Ilalotha”. Ilustración de Andrea Beré para Fabulantes

Aquel que ha hollado las sombras de Zothique

y contemplado el oblicuo sol del color de las brasas de carbón,

ya no regresará a una tierra anterior,

sino que rondará la costa postrera,

donde las ciudades se desmoronan sobre la negra arena marina

y los dioses muertos beben el piélago.

-Zothique-

Clark Ashton Smith pertenece a ese serpentino linaje de héroes que dan sentido a la existencia con el ejemplo de quienes hicieron del arte su vida y de su vida un arte. Auténticos magos que empequeñecen a aquellos que creyeron conducirse al palacio de la sabiduría tratando de encontrar otros mundos, allá donde estén, mientras estos Prometeos encarnados y desencadenados, más tranquilamente, se dedicaban a crearlos arrancándose el corazón y poniéndolo encima de la mesa. Es la senda jalonada por los espíritus creadores, unos con su nombre bien cincelado en el imaginario popular, caso de un Alan Moore o un Philip K. Dick; otros, esperando junto a su pequeña cofradía, aguardando al ojo que escudriña las capas de la vida y cuyo conocimiento, que es un camino solitario, me está vedado revelar. Con la excepción del bardo de Auburn.

Las luces de Long Valley, California, se posaron sobre Clark Ashton Smith por primera vez el 13 de enero de 1893, un mes bifronte y precoz para un talento polifacético que despertó pronto a la llamada de las letras. La temprana lectura del diccionario Webster (o el Oxford, las fuentes difieren al respecto), palabra a palabra y rastreando la etimología de cada término, y de la Enciclopedia Británica, hasta dos veces nos dice Lyon Sprague de Camp, hicieron de él un joven dominador de la lengua inglesa con la capacidad de doblegarla para dar cauce a una imaginación que se alimentaba del caudal de libros que iban cayendo en sus manos. Su formación autodidacta -Ashton Smith no acudió al colegio más allá de la educación primaria- no terminó ahí. A lo que aprendía junto a sus padres en casa, le fue sumando por su cuenta el estudio del castellano y el francés, además de un interés por otros medios de expresión como el de la escultura y el dibujo.

Tras escribir algunos relatos en su primera juventud, los poemas de juventud de Ashton Smith, pues siempre se tuvo por un poeta, encontraron el aplauso de autores como George Sterling -uno de los ídolos del autor que viviera siempre en Auburn- además del de varios compañeros de su círculo literario, caso de escritores como Jack London y Ambrose Bierce. Podemos imaginar al joven e imberbe Smith abrumado, casi superado, por los elogios que recibía de escritores de semejante talla, con tiempo todavía para admirar la belleza del mundo antes de partir a su cita con el destino. Alrededor de 1918, sin embargo, la publicación de sus escritos fue interrumpida por problemas de salud, teniendo que dilatar en el tiempo la salida de obras como Ebony and Crystal (1922), Sandalwood (de 1925; ambas forzadas a la auto-edición) o una de sus creaciones más conocidas: The Hasish-Eater, or The Apocalypse of Evil (1920).

La poesía, y no resulta extraño leerlo, podía llenar su espíritu, pero no así su estómago. Ashton Smith, al tiempo que se dedicaba a las letras, echaba una mano con las tareas de la huerta familiar, trabajaba para otros granjeros, recogía cerezas, preparaba cemento, excavaba pozos y doblaba el espinazo allí donde podía, consiguiendo entre esto y aquello, también con colaboraciones en periódicos locales, los medios para su subsistencia. A mediados de los años 20, el de Auburn decidió retomar la narrativa como un medio más productivo que la poesía espoleado por sendas cartas de Lovecraft (con quien entró en contacto después de que éste le escribiera una carta admirando su poema The Hasish-Eater) y Genevieve Sully, una amiga suya del pueblo. Con buen ojo, su colega de Providence fue el que le recomendó que enviara sus nuevos relatos a una revista de reciente creación dedicada al pulp, Weird Tales. Así, en el periodo económicamente boyante de 1929, Ashton Smith se volcó con sus relatos, enviándolos no sólo a Weird Tales, sino también a otras publicaciones del estilo como Amazing Stories o Wonder Stories (ambas propiedad de otro de los nombres a tener en cuenta de la época: Hugo Gernsback, creador del término “ciencia-ficción”).

De su pluma salieron horrores que encontraron acomodo en los “Mitos de Cthulhu” (Estirpe de la cripta nos sirve como ejemplo, pero se ha de señalar que deidades, engendros y hechiceros como Tsatthoggua o Eibon llevan el hálito fúnebre de Clark Ashton Smith; aun más, es de sobra conocido que su propio nombre fue tomado por Lovecraft para convertirlo en el sumo sacerdote Klarkash-Ton); y más, muchos más seres, surgieron de las tinieblas y formaron parte de lo que alguien dio en llamar felizmente los “Clark Ashton Smythos”. La mente prolífica y desatada de nuestro mago dio lugar a Averoigne, Hyperborea, Poseidonis, Xiccarph y Zothique (en un principio, ideada bajo el nombre de Gnydron). Una provincia imaginaria de la Francia medieval, una tierra en el Ártico sumida en la Edad de Hierro y plagada por el horror cósmico, un resto aislado de la mítica Atlántida, un mundo extrasolar con cuatro lunas y rotando alrededor de un sol triple, y un continente entero a la deriva en una era que agoniza. Nada menos. El escenario creado a partir de la nada, la historia que tiene lugar en un espacio sin vínculo, ni ligazón alguna con aquello que conocemos y que nos hace sentir seguros, el terreno que no tiene que rendir cuentas ante nadie más que ante Ashton Smith y ante sí mismo, era una cuestión vital para el autor, como se recoge en una carta a Lovecraft fechada en 1930: “Soy mucho más más feliz cuando puedo crear un relato desde cero, incluyendo el entorno. No me atraen lo suficiente los lugares ya existentes, ni tengo interés alguno como para gastar en ellos la atmósfera que logro con lo que es puramente imaginativo”.

En Zothique, el último continente (Valdemar, 2011), la prosa febril  de Ashton Smith se derrama por las páginas como un personaje más, un demiurgo que llega a todas partes, recreándose en unas, burlándose en otras, pero que en todo momento se comporta con un aire denso y colorista. ¿Acaso era posible pintar de otra manera un continente futuro, en el ocaso de su existencia y agonizando sin remedio bajo un sol a punto de hundirse para siempre? Pocos poetas ha habido desde Homero que hayan sabido hablar de algo tan simple como la salida y la puesta del sol con la variedad, sensibilidad y efectividad del bardo de Auburn. En el detalle estalla la grandeza. La prosa de Ashton Smith, sensual, de colores iridiscentes, empapada del corazón poético consustancial al propio ser del autor (y a Marta Lila Murillo debemos una traducción que vale su peso en sangre), vibra con la decadencia de un mundo que festeja orgías fúnebres mientras se pudre lentamente. Sin horizonte de esperanza alguno, este mundo, “vagamente sugerido por las teorías teosóficas acerca de continentes pasados y futuros”, una mezcla de “Asia Menor, Arabia, Persia, India, algunas porciones del norte y el este de África y buena parte del archipiélago de Indonesia” además de “una nueva Australia en algún lugar del sur” como decía en una carta a Lyon Sprague de Camp, se encuentra atravesado por la fascinación mórbida de quien se sabe muerto, pero alza por última vez su copa al cielo antes de refugiarse de nuevo entre sedas o bajo un árbol consagrado al dios, en la tensión y el roce con la carne y el sexo de cuerpos vivos y necrosados por igual. Pereat mundus!

Los relatos, escritos a golpe de luz de fantasía exótica y tinieblas necrófilas, o tal vez al revés, exudan el aliento de un Poe enfundado en una capa de gusanos asomando el hocico en grupos orgiásticos bajo columnas de pórfido, parejas en cementerios bajo los cuernos lunares, y hechiceros siguiendo libros polvorientos para preparar su siguiente jugarreta. Prosa sensual y sexual, de exceso y exuberancia rampante (no en vano, Ashton Smith quiso explorar las “posibilidades imaginativas y místicas del sexo” en The Scarlet Succubus, una novela ambientada en Zothique que nunca llegó a terminar). Es la tinta de un estilo poético cargado de un sentimiento de añoranza, de nostalgia y pérdida como han señalado ciertos críticos, que se mezcla con la pasión de quien creció soñando con cuentos orientales y orientalistas. Un estilo que delimita los sinuosos límites de Zothique, geográficos y etnográficos y antropológicos también, ahora aquí, ahora allí, caminando de región en región, escribiendo la crónica de los nigromantes de Naat,  de los reyes y súbditos de la isla de Uccastrog, temidos por su sadismo y entregados a torturas de todo tipo; de Zul-Bha-Sair y los adeptos de Mordiggian, el dios carroñero; del imperio de Cincor, para siempre perdido en algún lugar de las arenas al sur de Xylac…

El humor, que es parte de la inteligencia en lo que a relacionar las partes de la vida con el todo y jugar con ellas se refiere, tiene también un lugar especial en el continente de Zothique. Un humor procaz a decir de algunos, pero sin el componente de moralina que se le podría atribuir al término, sino más bien entendido como ingenio sin cortapisas y envuelto en lo macabro y lo fúnebre. No sólo risa de la muerte, sino en la muerte. ¿De qué otra manera si no se podría definir ese magnífico gag, al más puro estilo slapstick de unos dibujos animados pútridos, que es la danza cadavérica de esqueletos, momias y otros esclavos del nigromante Namirrah, bailando y saltando, aplastando huesos y carne viva al son de la música en “El oscuro Eidolon”? ¿Y “El viaje del rey Euvoran”? ¿Acaso no tiene su gracia la historia de ese monarca que parte en busca del pájaro gazolba, el tocado aviar que le corona como rey y al que un nigromante dio vida para que se escapara? Una majestad que termina en un país gobernado por pájaros de tamaño humano y ante quienes su señoría ni se inquieta. “Llegué aquí en busca del gazolba, que adornaba mi corona en Ustaim, y que me fue arrebatada ilícitamente junto a la corona por el embrujo de un nigromante criminal. Y sabed que soy Euvoran, rey de Umstaim, y no me inclino ante ningún pájaro, ni tan siquiera ante el más poderoso de esa especie” llega a decir en un arrebato tan regio como suicida cuando le atrapan, con varios picos sobrevolando su monda cabeza. Más aún: encerrado en la celda y vigilado por un carcelero-pájaro, decide escapar degollando a su vigilante… y desollándolo y envolviéndose en su piel babeante de sangre con plumas. “El pellejo se le ajustaba bastante bien, gracias a su pecho de paloma y su enorme barriga, y sus tristes canillas quedaban ocultas al estar cubiertas por las pesadas patas del pajarraco” apunta el narrador. Un humor que se ríe desde las tripas y que se hace cercano, que habla de la contemporaneidad de Ashton Smith sin importar su narrativa propia de otros tiempos. Brillante idea doble, la de Euvoran y la de Asthon Smith. Jurémosles lealtad a ambos pues ya hemos visto hasta dónde son capaces de llevarnos.

En 1937, Clark Ashton Smith dejó de escribir ficción durante un tiempo, reduciendo en mucho su trabajo como autor de narrativa (en los sucesivos 24 años, y hasta su muerte, escribiría tan sólo una docena de relatos más), a pesar de que sus obras se siguieron publicando (August Derleth recopiló varios de sus textos para su recién fundada Arkham House). En su lugar, volvió de nuevo su atención a la poesía y a otros modos de expresión -el dibujo y la escultura- en los que siguió desarrollando sus propios mundos de abominación cósmica. La respuesta a esta dormición como escritor es desconocida. Es posible que tuviera algo que ver en ello, aparte del lidiar con los editores de la época, los golpes que la vida le propinó por aquella época. En un corto periodo de tiempo, la muerte se dejó caer sobre sus padres y varios de los colegas con los que se carteaba, entre ellos la dupla que completaba el trío de Weird Tales: Robert E. Howard y H. P. Lovecraft. No sería de extrañar que semejantes acontecimientos tuvieran la capacidad de aletargar el impulso del de Auburn. Para nosotros queda Zothique, amén de sus otras obras. Un último festejo, la orgía entre todas las orgías, para brindar una vez más por este poeta, ahora que aún queda tiempo antes de la eterna noche sin sueño.