Haddock-María-Emegé-Fabulantes

Ilustración realizada por María Emegé para Fabulantes.

“Zuavo” (soldado argelino al servicio de Francia o soldado francés que llevaba el uniforme de los susodichos), “coloquinto” (planta herbácea que sirve como purgante) o “bachi-buzuk” (mercenarios del ejército otomano reclutados por los sultanes, con fama de indisciplinados) son palabras que difícilmente pueden encontrarse en nuestros diccionarios modernos. Gracias al capitán Haddock han pervivido y ya forman parte de nuestro acervo cultural. Como estrafalarios insultos.

Haddock los profiere a lo largo y ancho de los quince álbumes en que intervendrá como alma gemela, y con el paso del tiempo, inseparable del periodista Tintín. Pero limitarse a relegarle a la categoría de simple comparsa de las aventuras del más famoso periodista del noveno arte es toda una temeridad reduccionista (e injusta). Porque el entrañable y volcánico capitán llegará a adquirir tal dimensión que en muchas páginas y no pocos títulos se erguirá en protagonista de los hechos y en epicentro de formidables gags. Baste, para convencerse de ello, con contemplar, sobre el total tintiniano, en cuántas portadas aparece: doce sobre veintidós (no contamos El lago de los tiburones). Desde su estreno, tan sólo se ausentará en las de La estrella misteriosa; El tesoro de Rackham ‘El rojo’ y En el país del Oro Negro.

Haddock-Tv

Buena muestra de los insultos de Haddock. Tintín y los pícaros.

Su historia arranca un 29 de marzo de 1941. Haddock debuta en una de las viñetas de El cangrejo de las pinzas de oro, octava aventura de Tintín y primera en no ser publicada por Le Vingtième Siècle, la publicación en la que Hergé consolida su carrera (y que ve nacer al personaje del chufo rubio, en 1929). El periódico católico del padre Norbert Wallez ha sido prohibido por las autoridades nazis que controlan Bélgica. Los ocupantes han impuesto una censura que sanciona cualquier alusión o comentario político, incluso en las revistas juveniles (Hergé dirigirá la de Le Soir a partir de octubre de 1940). Georges Remi, políticamente incorrecto en sus primeros trabajos (aquellos en los que aún fabula con laxa documentación: nos referimos a Tintín en el país de los soviets; Tintín en el Congo y Tintín en América), acata esta directriz: nada de política, o al menos no “política lesiva”, en El cangrejo de las pinzas de oro; por contra, aventuras. Muchas, feroces, frenéticas: Hergé creará una de sus historias más amenas, más dinámicas. Y que no será de las mejores de Haddock, por cierto.

El capitán nació como secundario, sin que tuviese prevista una “vida” duradera más allá de la esporádica, escasa y desastrosa “ayuda” que le presta al reportero. Es en esta primera instancia una auténtica piltrafa: un alcohólico del que se aprovecha su segundo de a bordo para diseñar una ruta marítima de contrabando. El cangrejo de las pinzas de oro lo presenta como capitán del Karaboudjan. En otras dos ocasiones posteriores volverá a subirse a la cubierta de un barco: como el comandante del vapor Aurora, para rescatar los fragmentos de un meteoro (La estrella misteriosa, álbum en que aún goza de un papel titubeante), y como buscador de fortunas en el Sirius, en pos de los restos del naufragio de El Unicornio (El tesoro de Rackham “El Rojo”). El capitán de esos dos viajes será un Haddock distinto, más formado, menos patético, y sobre todo ya personaje de pleno derecho del universo de Tintín.

Haddock-Fogata

Estragos de la borrachera. El cangrejo de las pinzas de oro.

Pero el Haddock embrionario apenas da ni para comparsa. Gimotea, llora, se arrepiente sobrio de los dislates perpetrados en plena borrachera y tarda 37 páginas en soltar sus primeros exabruptos, aquellos que le supondrán su seña más característica. Por no tener, en este cómic no tiene ni identidad: los lectores de la época tardarán varias semanas (si lo son de El cangrejo de las pinzas de oro cuando ya es álbum y no tira diaria o semanal, 43 páginas) en conocer el apellido del desastroso marino: Haddock. Eglefino. “Un triste pez inglés” de aguas del Atlántico, como le comentaría a Hergé su primera esposa, Germaine. Por lo que parece, en una conversación de 1938, según las notas del dibujante citadas por tintinófilos.

¿Fue Germaine quien inspiró a su esposo, y por tanto a quien le corresponde el privilegio de ser la creadora accidental del nombre (del mito), o tuvo Hergé alguna otra fuente menos azarosa en la que basarse? Hay una segunda hipótesis sobre dicho origen, menos divertida y caricaturesca, aunque igualmente factible, o quizás muy factible, dado el carácter escrupulosamente detallista con el que el dibujante abordaba sus álbumes desde El loto azul. Haddock es un apellido de trayectoria marinera y marítima: hubo un sir Richard Haddock que peleó como oficial en las guerras anglo-holandesas del siglo XVII; su hijo Nicholas llegó a almirante de la armada inglesa en el siglo XVIII; a caballo entre el XIX y el XX, vivió otro capitán con idéntico apellido, Herbert James Haddock. Quizás fundamental para nuestro discurso: este Haddock fue el primer capitán del Titanic y luego, de su gemelo Olympic, con el que intentaría, tras la fatídica tragedia, socorrer a tripulación y pasaje siniestrados. Tuvo fama de dandy: vestía de manera trasnochada, a la usanza victoriana, y lucía un gran mostacho. Falleció en 1946. ¿Observa el lector un cierto parecido con el Haddock burgués de Las siete bolas de cristal o Las joyas de la Castafiore?

Haddock-Vientecito

Un perfecto lobo de mar. La estrella misteriosa.

No obstante, el modelo declarado para Haddock fue Edgar P. Jacobs, colaborador de Hergé. El maestro siempre le negó al discípulo la coautoría de los álbumes, a pesar de que, en la primera etapa de Tintín, éste ejerciese de colorista y portadista principal (sí le dedicó algunos guiños, como retratarle momificado en la carátula de Los cigarros del faraón). Como se asegura en una interesante semblanza del marino, que suscribimos totalmente, Haddock es, con su multifacética expresividad (gestual, temperamental), sinónimo de humanidad. Como Jacobs, también el amigo fiel. Haddock fue Ja-cobs, y tuvo pinceladas asimismo de un capitán anónimo que se ahogó por alcohólico durante una tormenta. Hergé conoció esta noticia por la prensa; quedó tan impactado que casi hace correr una suerte similar a su barbudo marinero en El cangrejo de las pinzas de oro.

Haddock es una parodia del prototipo del marino recio, curtido. Conservador (en nuestro personaje aflora una cierta vena monárquica infantil, idílica), idealista. Borracho: necesita el whisky –si es Loch Lomond, mejor- como Popeye las espinacas para tomar decisiones, para sacar su vena intrépida. La gallarda ya la luce con su uniforme de campaña, traje negro, jersey azul con un ancla impresa, y gorra. Airado, con su punto sensible. Los insultos son su parte consustancial y, como las tormentas, vienen precedidas de mil millones de truenos y relámpagos. La fantasía de su vasto repertorio parte de un tabú: el de no poder reproducir palabras muy gruesas en revistas infantiles. Así que Hergé inventa, y de su prolífica mente sale el emblema del personaje, su distintivo. Porque esa verborrea, esa rapidez de verbo, es su mayor legado, por encima de cualquier otro tesoro hallado en Moulinsart (reverso ficticio pero fidedigno del castillo francés de Cheverny), su residencia oficial desde el final de la búsqueda de El Unicornio.

Haddock-Mil-millones-de-diablos

Enésimo gag. El asunto Tornasol.

Una vez que su padre entiende su potencial como contrapunto, como réplica, como humorista consumado, torpe y tierno, a Haddock no le queda más que evolucionar. Sólo entonces le llega el momento de ser el irrepetible sujeto que devendrá en icono cultural. Haddock tendrá  que atravesar necesariamente dos etapas más. Una primera, de tanteo, en las historias La estrella misteriosa; El secreto del Unicornio; El tesoro de Rackham “El Rojo”. De sus rasgos definitorios básicos –su imán para los malentendidos, su carisma, su orgullo- sólo está perfilado su inagotable catálogo de insultos. Tan extraordinario y rico que mereció un libro ilustrado aparte, una suerte de diccionario minucioso que los recoge todos: El ilustre Haddock, de Albert Algoud (publicado en castellano por Norma Editorial).

En su segunda y última etapa, de madurez y eclosión, un pletórico capitán Haddock sostiene sobre sus espaldas todo el peso humorístico. Y bastante de la enjundia de las postreras aventuras. Hergé replantea a su albur a todos los demás incondicionales: Hernández y Fernández, hasta entonces encargados de la vis cómica, se diluyen en su más de lo mismo. Milú deja de ser el único y abnegado compañero. La serie de Tintín conoce al fin el significado de la lealtad total, irracional, irreflexiva. Haddock el impetuoso, el impulsivo, hará reír con ganas, con franca sinceridad. Se hará esperar en cada viñeta. Devorará cada minúsculo instante que posea. Su humor todavía permanece inmutable al paso de los años. Para lograrlo, su creador ha tenido que reinventarlo, que olvidarse de encasillarlo. O quizás ha sido el viejo lobo de mar el que se ha impuesto, quien ha trazado las reglas de su destino.

Haddock-Etílico

El presidente de la Liga de Marinos Antialcohólicos. Las siete bolas de cristal.

Porque Haddock fluye en cuanto se ve desprovisto de mordaza y ataduras. En Las siete bolas de cristal realiza un recital absoluto en todas las escalas de la risa, que repetirá en Objetivo: La Luna y superará en Las joyas de la Castafiore. Empieza a gozar de empaque, de una personalidad fuerte que desconocerán sus restantes camaradas del universo Tintín. En –y por- ese contraste, se crece. Se atreve a adquirir un protagonismo omnímodo en El secreto del Unicornio, al relatar las peripecias de su antepasado Francisco de Haddoque; a presidir la Liga de Marinos Antialcohólicos; a imitar los trucos de prestidigitador de un vodevil nocturno; a disfrazarse; a pelear con estilo (El asunto Tornasol); a calzarse las botas e ir al Tíbet en busca de un sueño. Tropiezo a tropiezo va fogueándose, va encandilándonos, nos gana para la causa. Tal es ya su gigantesca altura que en un par de ocasiones el despistado Silvestre Tornasol (émulo del visionario suizo Auguste Piccard, fenómeno humano que ideó –y experimentó- modos para descender a las simas marinas y para recorrer la estratosfera) le otorga el mérito de haber alentado sus experimentos: el submarino con forma de tiburón y el cohete de Objetivo: La Luna. Tornasol-Piccard yerra, el capitán no quería hacerlo, pero el lector sí quiere que sea cierto.

El Capitán (con mayúsculas) viajará a la Luna, a Sudamérica, a esa tierra de envenenadores de agua mineral llamada Syldavia. Será testigo del anverso en cómic de acontecimientos que marcarán la pauta de su tiempo. Se convertirá en noticia en la realidad paralela de sus álbumes: al menos en tres de ellos, La estrella misteriosa, Las joyas de la Castafiore o Tintín y los pícaros, será citado por periodistas y medios de comunicación, en su calidad de insigne aventurero. El celuloide le engalanará las canas (Tintín y el secreto del Toisón de oro [Tintin et le mystère de la toison d’or, Jean-Jacques Vierne, 1961]; El misterio de las naranjas azules [Tintin et les oranges bleues, Philippe Condroyer, 1964], Las aventuras de Tintín de Spielberg) y la ópera –esa gran pasión de Jacobs- despertará sus odios y sus instintos de bajeza. Como Harrock, Kodack, Kappock, le robará el corazón a todo un ruiseñor de Milán, la diva Bianca Callas (¿o era Maria Castafiore?). Será causa y objeto de bromas que nos recordarán al suplicio del pobre Coyote martirizado por el Correcaminos (“¡ese demonio de Abdalá!”). Y antes de marcharse a descansar a la comodidad de su palacio, se perderá en una frondosa selva sudamericana para revelarnos el gran secreto de su nombre: Archibaldo. El que retumba como mil millones de rayos y de centellas.

Haddock-Victoria

¡Euforia! El secreto del Unicornio.

Más secundarios:

Abe Sapien

Rasputín

Julio César