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Cubierta de la edición de 1958

Si hay un género que ha llorado desconsoladamente, por encima de cualquier otro, la pérdida de Richard Matheson, ha sido el Terror. En él, el escritor y guionista estadounidense escribió sus mejores cuentos, y algunas de sus mejores novelas. La casa infernal, de 1971, sobre una mansión encantada y la cuadrilla elegida para neutralizar su maléfico influjo, fue una de ellas. La otra, aún más extraordinaria, fue El último escalón (incomprensible título castellano del original Stir of Echoes, algo así como “Batiburrillo de Ecos”).

La novela, como tantas obras de Matheson, es la vuelta de tuerca de una convención: en este caso, de la literariamente indiscutida parapsicología, una “ciencia” que, a base de estirar sus planteamientos y sus suculentos excesos técnicos, ha llenado muchas páginas de género. La novedad de El último escalón (La Factoría de Ideas, 2004) es que trata del nacimiento “psíquico”, del despertar ultrasensorial e hipersensible, del médium accidental Tom Wallace, un buen padre y esposo de 27 años, empleado en una corporación, quien, tras ofrecerse como voluntario del experimento hipnótico de su cuñado, adquiere el talento de leer pensamientos, percibir sensaciones, anticipar acontecimientos y peligros. Y también de ver fantasmas.

El último escalón no es exclusivamente, como pasa en la adaptación cinematográfica de David Koepp de 1999, una novela de fantasmas. Más bien, es una novela con fantasma. Es decir, una obra en el que el componente fantasmagórico no es el leitmotiv sino uno de sus componentes (y no el fundamental). La película de Koepp es, por comparación, puro susto gratuito; el libro de Matheson es perturbación, sordidez, angustia. Pero incluso estas sensaciones que desprende surgen de la perversión de una normalidad. El novelista convierte hechos cotidianos como la relación de Tom con sus vecinos en actos monstruosos. En un momento dado, llega a hacerle decir a Tom que “todo el mundo lleva un monstruo dentro”. Y su joven protagonista, el menos monstruo de cuantos le rodean, acaba convirtiéndose en una monstruosidad a raíz de su involuntario don.

Matheson, muy del gusto de concebir sus libros como películas, construye El último escalón al modo de una intriga policíaca. Una página puede empezar con los pensamientos –en primera persona, y ésta es otra, si no la gran, de las espléndidas bondades de la novela- de Tom, reanudar con su cotidianeidad en el párrafo sucesivo, y estallar en un hecho drástico hacia su final. Así, paso a paso, pieza a pieza, se va tricotando un mosaico de hechos terribles, de personajes desagradables que carecen de intimidad psíquica a los ojos del médium. Lo que parece una ventaja clara se transforma en una pesadilla que le quita el sueño y le va “brutalizando”, conforme los hechos se desarrollan. El marco semanal en el que discurre la novela acaba resultando una eternidad.

Con la habilidad de un hipnotizador, sus palabras van hechizando al lector hasta el desenlace, de una sobriedad apabullante. Ahora diríamos incluso que dicho desenlace es previsible de no ser porque la novela es de 1958 (revisada en 1986) y toda ella es de una enorme modernidad: aunque tiene una serie de coletazos, menos en cualquier caso que otras historias escritas al albur de tan mediocre década, que la contextualizan temporalmente, es la curiosidad de Matheson, sus inquietudes por comprender y por saber por qué pasan cosas que la literatura ha dado por sentadas y supuestas, lo que la convierte en una obra atemporal. Donde muchos darían por buena la superstición y la superchería, hijas de la fe, Matheson impone ciencia, razón, sentido común. El último escalón no es Soy leyenda pero está hermanada por la misma inquietud vital. Tan sólo cuatro años las separan. Y aunque pertenecen a géneros distintos (o complementarios, si analizamos la gran novela de vampiros del siglo XX), en su esencia vienen a ser lo mismo: afán por discutir lo establecido; por trascender los cánones genéricos; por ofrecer explicaciones válidamente empíricas a fenómenos fuera de toda lógica pero dados por buenos por autores por lo general prejuiciosos, creyentes en charlatanerías varias y muy poco rigoristas.

Efectivamente, el Terror tiene mucho que llorarle a un autor que supo siempre crear una tensión y un suspense tan nítidos como para hacerlos estados de ánimo. Matheson fue, al igual que muchos de sus contemporáneos y coetáneos, un hábil escrutador de las interioridades del hombre y de su psique. Mientras que unos miraron al cielo para soñar con la conquista de planetas y de universos increíbles, él simplemente nos observó con aquella penetrante y triste mirada suya y, con un profundo suspiro desesperanzado, señaló al monstruo. El último escalón es su prueba. Manténganse alejada de ella los incrédulos y los temerosos.