“No era más que un estanque de patos, en la parte de atrás de la granja. No muy grande”. Neil Gaiman lo convierte en la puerta de entrada al mundo fantástico de Por Siempre, que descubre el enésimo niño de edad temprana (siete años). Bienvenidos a El océano al final del camino (Roca Editorial), la última novela publicada del escritor británico y libro del año en Inglaterra según los expertos.

Gaiman vuelve a la novela tras cuatro años de paréntesis (los que separan El libro del cementerio de El océano al final del camino). Y lo hace, como casi siempre, con una historia en la que los niños son los protagonistas y los adultos, los intrusos. “No echo de menos ser un niño, pero echo de menos el placer que me producían las pequeñas cosas, por más que las cosas importantes se estuvieran desmoronando”, escribe. Gaiman suena más sincero que nunca, como un confidente que estuviese desvelando secretos íntimos. Quizás lo necesite: su libro más reciente parece la conjuración de una pesadilla infantil que llevase persiguiéndole durante años. El océano al final del camino tiene visos de catarsis.

Es otra historia casi matriarcal, con mujeres fuertes. Mujeres que son refugio, hospitalidad, seguridad. Pero también misterio, peligro: Ursula Monkton, identidad bajo la que se oculta el genuino monstruo de turno, no es distinta de la señora de los pájaros de Los hijos de Anansi o de la bruja de Coraline. Es el anverso terrible de los referentes positivos de la infancia, los que simbolizan cariño y tranquilidad. Precisamente, la falta de cariño, el deseo de herir por pura crueldad, de separar al niño de su mundo entre algodones, de sus “pequeñas cosas”, es lo que vuelve verdaderamente bestiales a estas mujeres que intentan suplantar a las madres biológicas. Gaiman tiene un afiladísimo complejo edípico.

Al igual que ya hiciera en Los hijos de Anansi con las cuatro ancianas vecinas de Gordo Charlie, a la “madre bestial” (una suerte de madrastra) Gaiman antepone una “madre protectora”, una figura –trinitaria- que ayuda a afrontar y a combatir el mal profundo representado por el monstruo incapaz de amar. Las tres mujeres Hempstock, la abuela, la madre Ginnie y la hija/nieta Lettie, brujas a su modo sin llegar a serlo del todo, deben luchar contra la malignidad atávica de esa criatura que adopta el nombre de Ursula Monkton no sólo para salvar al niño protagonista sino seguramente a todos los demás niños (como en Coraline). Deben luchar desde el sacrificio, poniendo y dejando parte de ellas en el esfuerzo. Las Hempstock constituyen el fuerte abrazo, la calidez, el afecto. Son guardianas y celadoras y también algo mucho más importante: son el salvavidas que está siempre disponible en caso de naufragio. Las mujeres perfectas, inmarcesibles, eternas, desbordantes en su instinto de preservación y de defensa. Por eso está dotadas de una visión completa de la realidad, de grandes dotes proféticas.

Gaiman-Palmer

Neil Gaiman y la cantante Amanda Palmer, juguetones en la foto, contrajeron matrimonio en enero de 2011 en una ceremonia privada que tuvo lugar en el vestíbulo de la casa de Michael Chabon y su esposa, la también escritora israelí-estadounidense Ayelet Waldman.

El mundo de los adultos gainmaniano está lleno de “estúpida crueldad”. Gaiman se refugia de él levantando muros impenetrables, viéndolo todo como un niño. O a veces, las más, y como pasa en esta novela, como un adulto con los ojos nostálgicos de un niño. Es por ello que su protagonista nos resulta falso, impostado, a pesar de que, como muchos otros dentro del género, acepte con perfecta naturalidad lo extraordinario y lo mágico que desfila enfrente –o alrededor- suyo. Neil Gaiman echa la vista atrás y su pasado retorna de una manera un tanto abrupta. “No fui un niño feliz, aunque en ocasiones estaba contento”, reconoce en esta novela autobiográfica (por ejemplo: el suicidio del minero, que relata turbadoramente, sucedió realmente. Como real es el profundo impacto que tuvo en el escritor, y que queda plasmado en el libro).

La fantasía demanda una complicidad tajante entre autor y lector, entre el cuentacuentos y el oyente: quien narra debe construir un universo en el que pueda inmiscuirse, reflejarse, aquel que lee o escucha. Aquí el cotizado novelista británico, apostador de riesgo en el género fantástico, no logra esa plena inmersión exigida, pues la novela, desde la dedicatoria hasta los agradecimientos, parece una cosa ajena, lejana, privada. No deja de ser lo que seguramente pretende ser: un regalo de bodas a Amanda Palmer, la cantante con la que contrajo matrimonio en segundas nupcias en 2011, y a quien el libro va dedicado. Es más, El océano al final del camino parece un guiño entre ambos, un gesto cómplice. Y no debe de extrañarnos: Gaiman narra con más felicidad, con más integridad, con más de sí mismo. Probablemente con una sonrisa más ancha.