Batman: El largo Halloween (ECC Ediciones) es un cómic importante. Cronológicamente, se ubica a los pocos meses de los sucesos narrados por Frank Miller en Batman: Año Uno. Gotham sigue en manos del hampa. El clan Falcone, dirigido por Carmine “el Romano”, controla con mano de hierro la metrópolis, disponiendo a voluntad de sus recursos y efectivos. Mientras el crimen organizado la desangra, la ciudad prospera a costa de su perversión. El hombre murciélago, fiel a su promesa fúnebre, aguarda en las sombras dispuesto a golpear con dureza. Como él, dos hombres acechan, prestos a la acción: el todavía capitán –luego comisario- Jim Gordon y el guapo y ambicioso fiscal Harvey Dent. Son las tres patas de la ley, y también los protagonistas de esta historia.

Para acabar con los males enquistados de Gotham Batman, Gordon y Dent marcarán las líneas rojas de su estrategia: forzar la ley pero sin romperla. Actuar siempre al límite, según la conciencia, según el Bien. Pero, ¿qué es el Bien? Desde luego, no algo puro, inmaculado, sin tacha: el Bien que persiguen Dent, Gordon y Batman es hacer lo correcto. Lo que es posible. Lo que les permitirá aplacar sus demonios interiores sin que se desborden y les engullan. Lo correcto es lo que les permitirá seguir manteniéndose cuerdos. Y la cordura es no rebasar la sutil franja que conduce a las tinieblas. Este es un cómic sobre la tentación, sobre el poder que entrañan gigantescas responsabilidades y la abnegación a una causa que supera a los propios individuos. Un discurso atractivo cuando por medio se encuentran el hombre murciélago y el guapo fiscal del distrito.

Dentro de esta “trinidad justiciera” cada cual cumple un rol: Batman es la mano ejecutora, aquel dotado de medios inabarcables en su cruzada; Gordon es el catalizador, el intermediario, la voz de la razón; Dent es el impulso, la impaciencia, el deseo de triunfar rápido y con contundencia. Dos de ellos oscilan en una cuerda floja al borde del abismo. Sólo uno de ellos caerá en él, transformándose en aquello que juró combatir. Por supuesto, El largo Halloween es también la historia del origen de Dos Caras. Y de cruciales alianzas, ya que asimismo habla de lealtad y confianza, y de cómo devienen en poderosas (por frágiles) armas.

Para el director Christopher Nolan es además “un relato épico de serie negra”. La primera vez que realiza públicamente esta reflexión es el 15 de noviembre de 2005. Hace unos meses que acaba de estrenar Batman Begins, el capítulo inicial de su trilogía sobre el lado oscuro del hombre murciélago. Nolan no tarda en reconocer el profundo impacto que tuvo El largo Halloween en su obra, en su visión del personaje y de sus circunstancias. Tampoco las oculta David S. Goyer, la persona con la que se sincera, su coguionista durante la trilogía (además de ser especialista en adaptaciones cinematográficas sobre superhéroes). Ambos hablan para la versión integral en tapa dura del cómic, el paso adelante en su transformación definitiva en novela gráfica. Antes, El largo Halloween ha ido publicándose regularmente durante todo un año natural, de diciembre de 1995 a diciembre de 1996, como miniserie de 13 volúmenes (por primera vez en la longeva vida del héroe, en portadas de rústica brillantes).

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Harvey Dent, Batman y Jim Gordon se conjuran para acabar con el hampa de Gotham. Forzando la ley pero no traspasándola.

El cómic es consecuencia directa del trabajo conjunto –y previo- del guionista Jeph Loeb y del dibujante Tim Sale. Entre 1993 y 1995 construyeron tres historias que se publicaron en vísperas de Halloween. En ellas, Batman luchaba contra el Espantapájaros –Miedos-, el Sombrerero Loco –Locuras– y contra sí mismo –Fantasmas-. Eran tres historias con reflejos literarios (Locuras es una versión siniestra de Alicia en el país de las maravillas; Fantasmas es un guiño claro a Canción de Navidad de Charles Dickens) que les fueron encomendadas como especiales de relleno de la larga “colección” Legends of the Dark Knight, y que acabaron teniendo un recorrido autónomo y más complejo cuando en 1996 serían agrupadas en un único volumen, Batman: Caballero Maldito (publicado también en España por ECC Ediciones). Serían el germen de El largo Halloween.

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“El Romano” pidiendo como deseo recuperar su poder en Gotham. La concesión de este deseo bebe estructuralmente de El padrino de Coppola.

Según reconoce Loeb, en una entrevista especial recogida también en el integral, El largo Halloween se gestó casualmente en una convención de cómics de San Diego, mientras los dos autores y un memorable editor de DC comían juntos. El editor les hizo una confesión desconcertante: “Siempre me ha gustado lo que Tim y tú hicisteis con los mafiosos”, un piropo en toda regla si, efectivamente, el guionista y el dibujante hubiesen metido mafiosos en sus obras anteriores. Como no lo hicieron, esta chispa prendió una mecha bien diferente. Un engranaje se activó: Loeb quedó pensativo; el editor, predispuesto. Ya que Batman: Año Uno contenía gangsters; ¿qué pasaría si probásemos fortuna –se dijeron- con un arco argumental que siguiese las pautas marcadas por Miller? El largo Halloween quedaba así marcado a fuego como el sucesor espiritual de Batman Año Uno.

El cómic bebe de numerosas fuentes. La principal es la trilogía El padrino, de Francis Ford Coppola. La frase que lo abre así lo atestigua. Un Bruce Wayne casi completamente ensombrecido, afirma en una habitación sólo alimentada por la luz que se filtra por las pequeñas rendijas de una persiana: “Creo en Gothan City”. La escena es idéntica al arranque de la película de 1972, cuando el funerario Bonasera le pide un favor a Don Corleone. Wayne es Bonasera, pero no tiene ningún interés en hacer tratos ni en deberle nada a Carmine Falcone: su afirmación es más bien la del ciudadano comprometido. Y es toda una declaración de intenciones de sus actos futuros bajo la máscara (y la piel) de su alter ego Batman. Afuera, entretanto, transcurre una boda. Pero tampoco es la de la hija del potentado sino la de Johnny Vitti, el sobrino y heredero del capo. Harvey Dent toma nota de las matrículas de los coches estacionados, aunque no corre la suerte del periodista al que le rompen la cámara o del policía intimidante: Dent recibe una pequeña paliza. En apenas unas páginas, cada uno de los personajes fundamentales ha sido definido en aquellos rasgos que acentuará la narración. También saludará Catwoman, secundaria fundamental, amante, confidente, traidora.

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Ejemplo del estilo “esquemático” de Tim Sale, en el que sólo dibuja lo justo.

Sobre todos ellos no tardará en pulular una alargada sombra que condicionará sus reacciones, sus comportamientos, su índice de prioridades. La arrojará un asesino en serie al que la prensa bautizará como Festivo y que no será, como inicialmente estaba previsto, Julian Day, el Hombre del Calendario, un enemigo que se quedará corto para las intenciones del cómic y al que Batman interpelará varias veces en su celda del Asilo Arkham. Festivo recibirá tal nombre por su propensión a matar en fechas señaladas. Será lo que Alfred Hitchock daría en llamar un “macguffin”.

El “macguffinhitchockiano es un mero pretexto para contar algo, para llegar a un fin. Batman, Gordon y Dent dedican buena parte de sus energías a detenerle y evitar una catastrófica y sangrienta guerra entre bandas; Festivo se transforma en una vara de medir para su concepto de justicia. Loeb, Sale y el colorista Gregory Wright realzan sus matanzas con un blanco y negro estridente, sumamente violento, que a veces es un gris sucio. En dicha gama cromática sólo tiene cabida el rojo intenso, color sangre, que remacha y magnifica esta violencia. Festivo “el macguffin” es el desahogo de las pulsiones primarias, de los demonios que anidan en el interior de cada uno.

Pero hay más aristas que las puramente existenciales en esta historia, narrada con evidente ritmo cinematográfico -y, a ratos, escasa contención- por Jeph Loeb y dibujada con el pulso firme de una madurez artística por Tim Sale, en el cénit de su estilo sombrío, lúgubre. Sombras y siluetas se funden en sus lápices, en un sólido idilio. Sus personajes son escorzos, sus anatomías no respetan las leyes naturales, las perspectivas que plantea son grotescas, desconcertantes. Las viñetas caen en el esquematismo, los escenarios no se completan sino que parecen derretirse o diluirse: están pero no tienen por qué mostrarse. Las dobles páginas inciden en la espectacularidad. Las frases, por su parte, se repiten, machacan como un martillo pilón. Batman es más parco que nunca, casi se le oye reflexionar; sus escasas palabras le restan y añaden humanidad, según del lado en que esté decantándose la lucha interna que mantienen su deseo de venganza y su anhelo de justicia. El largo Halloween, más que una radiografía de lo tétrico y lo siniestro, de presencia incuestionable en estas páginas, es ante todo el espejo en que se mira, sin que la mirada le sea devuelta, la más negra oscuridad. Por eso Loeb y Sale emplean técnicas y trucos muy poco preciosistas y complacientes.

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Los monstruos. Arriba, de izquierda a derecha: Solomon Grundy; Joker; Dos Caras (en sombras); el Pingüino (único monstruo que no aparece en el cómic); el Espantapájaros y Catwoman. Abajo, el Sombrerero Loco y, sentada, Hiedra Venenosa.

Deben de mostrar los vericuetos de una ciudad podrida que alberga un centro como el Asilo Arkham. Gordon y Batman pasean por sus pasillos, taciturnos y ceñudos. El hombre murciélago más si cabe que el probo policía, pues intuye los pensamientos del amigo: “Hay aquí tantos (locos). Casi el doble desde que apareciste”. A Batman le preocupan esta reflexión tácita, que también comparte Salvatore Maroni, otro boss, porque las teme ciertas. Al haber iniciado su cruzada, al haberse erigido en símbolo, ha atraído la maldad. El justiciero, pálida llama entre tanta densa oscuridad, ha visto cómo se le han acercado polillas, contrapartes que ponen a prueba sus principios con las atrocidades que cometen. Señuelos para hundirse en el fácil camino de las sombras. Con esa pretensión nacieron uno tras otro de los sugestivos villanos del murciélago, y con esa misma se desarrollan aquí.

Porque mientras Batman, Gordon y ese Elliott Ness llamado Harvey Dent se enfrentan a Festivo, la vida y la muerte siguen su curso en Gotham. El Joker inicia una investigación particular (un Joker representado por Sale en el extremo de su paroxismo, como máximo ejemplo del canon de degeneración con el que dibujará a los demás “monstruos”) para determinar quién es el más asesino, pues, como razona su abyecta lógica, “esta ciudad no es lo bastante grande para dos maníacos homicidas”; Pamela Isley, Hiedra Venenosa, seduce a Wayne y casi le priva de voluntad; el Espantapájaros y el Sombrerero asaltan bancos, como si nada más que eso tuviese relevancia; Solomon Grundy, nacido en lunes como primer zombi de la historia del cómic, pasea como alma en pena por el submundo de la ciudad; el Acertijo ahoga su ingenio en alcohol… y con estos actos se produce una transición violenta del orden “natural” en Gotham: los “frikis”, los monstruos, se imponen paulatinamente pero con una firmeza inexorable a unos gangsters a los que les ha llegado el crepúsculo. “Tenemos una especie de…política, no trabajar con los vuestros”, dice Falcone en un momento dado, cuando la batalla está perdida y el fin de su mundo es inevitable.

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Una escena que muestra la tensión sexual que existe entre Catwoman y Batman. En el cómic, además, Selina Kyle y Bruce Wayne son pareja.

A El largo Halloween le seguirán la secuela Victoria Oscura, publicada en catorce números entre noviembre de 1999 y diciembre del 2000, y también la miniserie en seis capítulos Catwoman: Si vas a Roma. Títulos que afianzan la espesura de las sombras que Loeb y Sale enseñan, sin impudicia, en este “año cero” de las tinieblas de Batman.