Hergé atravesaba una crisis profunda al término de Stock de Coque, su decimonoveno álbum. Estaba física y mentalmente exhausto por el trabajo que le exigía Tintín, una notoria celebridad antes que simple personaje, cuyas aventuras contaban con legiones de fans ávidos de novedades. En 1950, seis años antes de la conclusión de Stock de Coque, el dibujante había abierto los Studios Hergé para poder hacer frente, en compañía y con garantías, la ingente y tiránica cantidad de trabajo que le demandaba su criatura. A la vera de Hergé, como antes hiciera Edgar P. Jacobs, fundamental colorista y fondista de la primera etapa del personaje, crecerán como artistas del estudio Bob de Moor, su mano derecha y el co-supervisor de los álbumes (firmaría la única historieta oficial no Hergé, la misteriosa El lago de los tiburones), Roger Leloup, encargado de dibujar automóviles y aviones, pericia que posteriormente demostraría en la serie Yoko Tsuno, o Jacques Martin. Muchísimos nombres notables, como se puede apreciar, en la historia de la línea clara.

Pero la crisis de Hergé no era sólo física o mental. También lo era “espiritual”. Su matrimonio con Germaine Kieckens se derrumbaba tras veintiséis años juntos. Ella había sido su apoyo y su principal impulso desde los mismos orígenes de Tintín, en la revista católica Le XXe siècle, donde había ejercido de secretaria del padre Norbert Wallez, descubridor del talento del joven Georges Remi. Germaine y Hergé no habían tenido más hijo que Tintín. La separación fue traumática: el dibujante no sólo era católico sino que tenía, debido a su pasado como boy scout, muy interiorizado un férreo concepto de lealtad. En el fondo, se consideraba a sí mismo un traidor por haber puesto los ojos en la vitalista Fanny Vlamynck, una joven colorista que había fichado para el estudio y que se convertiría en su segunda esposa.

El dibujante necesitaba una catarsis. Desoyendo los consejos de su psiquiatra, un discípulo de Carl Jung, la encontró en su siguiente álbum y el más personal de todos: Tintín en el Tíbet. El más intimista. El mejor de todos ellos. El preferido por su autor. Un cómic que contaba un viaje iniciático. Hergé necesitaba poner a prueba a sus personajes, someterles a duras penas de las que saliesen reforzados, como personas pero ante todo como amigos. Tintín en el Tíbet es el gran canto a la amistad del medio. El triunfo de la inquebrantable fe en el otro.

También es la historia de una gran amistad. Entre el periodista y su inseparable capitán Haddock pero también entre Tintín y un joven llamado Tchang, y a la vez entre éste y un no tan Abominable Hombre de las Nieves. Una historia en la que, por primera vez desde El loto azul, Tintín abandona su contención scout, su impavidez sentimental, y llora. Llora por el triste destino de un amigo y también por un reencuentro. Él y Haddock recorrerán miles de kilómetros para abrazar, por un instante, a Tchang. Pero, ¿quién es Tchang? ¿Un símbolo, quizás una metáfora? Más bien una parte trascendental del pasado de Hergé. Una analogía.

Tchang-Tchong-Jen era un nombre verídico: perteneció a un estudiante de Bellas Artes (especialidad en escultura) de la Universidad de Bruselas. Hergé lo conocería mientras estaba documentándose para El loto azul. Hasta entonces, sus álbumes se construían a partir de un estereotipo prejuicioso (Tintín en el país de los soviets; Tintín en el Congo; Tintín en América) o bien se hacían sobre la marcha, improvisándose casi casi de una página a otra (Los cigarros del faraón). Más que harto de esta manera de trabajar o de las críticas fundadas que generaba, Hergé estaba dolido: no le parecía un procedimiento serio de hacer las cosas, a él, tan perfeccionista. Por eso, quiso que las expectativas producidas por El loto azul, aun antes de su gestación, supusieran un auténtico cambio de rumbo. Y ahí es donde entra Tchang-Tchong-Jen.

Cuando se supo que Tintín protagonizaría una aventura en el Lejano Oriente, el padre Gosset, capellán de los estudiantes chinos en la Universidad de Lovaina –estudiantes que se habían quedado prendados de la labor de los misioneros católicos belgas en su país-, invitó a Hergé a un encuentro para que tomase contacto con la realidad y no con la ficción más descabellada que retrataba a los chinos como malvados Fu-Manchús de trenza larga y sadismo natural. Quería que los viese como eran: los detentores de una cultura milenaria, que tenía su reflejo en todas las manifestaciones artísticas. Hergé aceptó la invitación, conoció a Tchang y quedó fascinado por la cultura china. Se fraguó así una sólida amistad que sobrevivió a las vicisitudes históricas y al paso del tiempo. Tchang regresó a China y Hergé le perdió la pista. Tintín en el Tíbet es su desgarrador llamamiento al viejo amigo. El Chang en mayúsculas del periodista en el bucólico hotel de los Alpes del inicio del cómic.

Tintín y Haddock parten en pos de un presentimiento. El primero, convencido de que Tchang es el único superviviente de un siniestro aéreo; el segundo, convencido de Tintín. Juntos se enfrentan a la desolación y a la devastación de un gigantesco paisaje blanco. Una interminable pesadilla blanca, como las que por la época asaltaban a Hergé. Un lugar en el que sólo se tienen el uno al otro: Hernández y Fernández se toman su primer descanso desde Los cigarros del faraón; Silvestre Tornasol protagoniza un cameo; la voz de Bianca Castafiore, “el ruiseñor de Milán”, les persigue hasta en aquellas vetas alejadas de toda civilización. Pero al final, a la hora de la verdad, sólo están Haddock y Tintín. Al viejo marino le cuesta y le costará seguir a su camarada. Hasta tres veces será puesto a prueba, como Pedro con Cristo, y las tres veces declarará su lealtad incondicional. Incluso estará dispuesto a inmolarse para salvar la vida del joven amigo, cuando su inveterada torpeza les conduzca a una situación límite durante una escalada (imagen de la izquierda). Haddock, la voz de la razón, y Tintín, la del corazón, quedarán definitivamente ligados al término de esta historia.

Historia que es además sosiego. Hergé decide en ella tomarse una pausa, deleitarse en la contemplación de paisajes nevados, hostiles, ajenos totalmente a las convenciones del tiempo. Si Stock de Coque era un álbum frenético, plagado de villanos y de viejos conocidos (una especie de capítulo circular de La comedia humana de Balzac), Tintín en el Tíbet es pausa, reposo.  Tranquilidad. Sólo las montañas, los pasos infranqueables y el Yeti.

Hergé dibujará a su segundo “monstruo” tras el gorila Ranko de La isla negra. Como aquel, el Yeti es sólo un monstruo para la sugestión, la imaginación, el prejuicio hacia lo desconocido, del hombre. El Abominable, el “Migou” de esa parte del mundo en la que acaban Haddock y Tintín, que el miedo de un sherpa describe así: “Muy grande, sahib, y muy fuerte: dejaba sin sentido a los yaks de un puñetazo… Muy malo, comía ojos y manos de los hombres matados por él”, pero que Chang hace ver de esta manera: “¡Pobre Hombre de las Nieves! No ves que él me cuidó, Tintín? Sin él yo hubiese muerto de hambre y de frío”. Pobre Hombre de las Nieves, que grita desconsoladamente, como si llorase, cuando le quitan al joven Chang de su lado.

Los tres abandonan Nepal, dejan atrás el Himalaya, con sus conflictos (en 1958, año de la publicación del cómic, es un hervidero, una zona de inestabilidad política desde su anexión a la fuerza a China, en 1949), con su desolación extensa, eterna. Un lugar no apto para la vida. Un lugar para buscar la más pura amistad.

Esta reseña ha de concluir necesariamente con la foto de un abrazo: es 1981 y el escenario es el aeropuerto de Bruselas. Un Hergé muy enfermo y emocionado se aferra a su viejo amigo Tchang. Hace tan sólo seis años que el belga ha reencontrado la pista de su camarada chino. Como un sherpa. Como el abnegado, fiel e inquebrantable Tintín.