La-Esfinge-de-los-Hielos-Miguel-Iturbe

Ilustración realizada por Miguel Iturbe para Fabulantes

“El gran pesar de mi vida ha sido el hecho de que nunca he tenido lugar alguno en la literatura francesa”. El hombre decía estas palabras al tiempo que su cabeza se inclinaba, y una gran tristeza parecía asomar en la alegre y cordial voz. “No he tenido lugar alguno en la literatura francesa” -repitió.

¿Quién era aquel que hablaba así, con la cabeza gacha y con tono de tristeza en su alegre voz? ¿Algún escritor de folletines baratos, pero populares para la prensa? ¿Algún hombre de letras que nunca ha tenido escrúpulo en declarar que se ha ganado su vida con su pluma como instrumento y que siempre ha preferido el dinero en efectivo de la Sociedad Francesa de Letras a la gloria y el honor? No. Extraño, monstruoso, así parece ser, pero nuestro hombre no es otro que Jules Verne. Sí, Jules Verne, el Jules Verne, su Jules Verne y el mío también, aquel que nos ha deleitado a todos en el mundo entero durante tantos años y que seguirá encantando a muchos durante generaciones y las generaciones por venir”. (Extracto de una valiosa entrevista con Jules Verne en enero de 1894, reproducida aquí)

Aun al final de su vida, con la Legión de Honor en el pecho y la satisfacción económica que le daban sus importantes ventas en el mercado literario francés y de más allá, Jules Verne apenas se sintió reconocido, tal y como muestran estas palabras que concediera a un entrevistador americano. “No he tenido lugar alguno en la literatura francesa”. El poeta de los viajes extraordinarios y la aventura incesante, de los Polos al centro de la Tierra, de Londres al extremo contrario del planeta y vuelta, de Florida a la Luna. ¿Deberían extrañarnos sus palabras o, más bien, deberíamos tomarnos este hecho con filosofía y reírnos de las luminarias académicas que a lo largo de la historia han obviado con desdén aquello que luego el tiempo se encargó de colocar en su justo sitio? Sin olvidarnos tampoco de aquellas otras obras con las que Cronos no he hecho todavía justicia y que aún yacen semi-ocultas, durmiendo eternamente salvo para quienes tienen ojos y ven. Quién necesita academias. Verne sigue con nosotros. El suyo y el mío.

Para finales del siglo XIX, el escritor de Nantes se sintió con fuerza intelectual suficiente -de la otra iba ya algo escaso- como para ajustar cuentas con su pasado y rendir homenaje a uno de sus más admirados escritores. Edgar Allan Poe, esa sombra que se extiende reptante por la literatura fantástica desde hace dos centurias, también ejerció su influjo sobre Verne, como no podía ser de otra manera: si hubo un país que saludó con alegría y estremecimiento al americano ese fue Francia, gracias a la encomiable labor traductora de Charles Baudelaire. Ya en 1864, Verne había publicado en  la revista francesa Musée des familles un artículo títulado Edgar Poe et ses oeuvres donde el francés presentaba una introducción a la obra del americano. En ella, tras la crítica pormenorizada de El relato de Arthur Gordon Pym, concluía: “Y la narración se interrumpe al llegar a este punto. ¿Quién la retomará algún día? Alguien más audaz que yo y más resuelto a avanzar en el dominio de las cosas imposibles”. Habría que esperar más de 30 años para que él mismo se diera respuesta.

Con La esfinge de los hielos (Anaya, 2005), publicada a lo largo de 1897 en la revista Le Magasin d’éducation et de récréation, Verne pretendió ofrecer un final cerrado y racional a lo que en Poe era ensoñación de fantasía. Kerguelen es el punto de partida para el lector y para Joerling, narrador de la aventura que ya al comienzo anticipa la extrañeza de lo que va a contar: “Sin duda, nadie dará crédito a este relato titulado La esfinge de los hielos. No importa. Creo que es bueno que vea la luz. Cada cual le dará el crédito que le merezca”. La manera en la que Verne sitúa al lector, y sobre la que despliega las hazañas del viaje, se mueve ya desde el inicio en un juego de intertextualidades que recuerda a aquel que usara Poe en la novela original. Joerling cruzará su destino con Len Guy, capitán de la Halbrane y motor de la novela. El primero quiere regresar a los Estados Unidos de donde partió; el segundo, taciturno y esquivo, acepta con reservas llevarle en su barco y sólo cuando descubra que Joerling comparte patria con el escritor nacido en Boston le confesará sus intenciones, que no son otras que las de ir a buscar a su hermano, ni más ni menos que el capitán Guy de El relato de Arthur Gordon Pym. “Aquel hombre obsesionado por una idea fija”, un Ahab atado a un hombre, blande como razón el libro y una visita que hizo a los Estados Unidos que le demostró que la novela de Poe no es fruto de la imaginación, sino verdad ficcionada a partir del diario del propio Gordon Pym. Su hermano, pues, sigue vivo en algún lugar de la Antártida. A ellos, y al resto de la tripulación, se les  unirá el mestizo Hunt en su ruta austral, quien por su parte guarda un interés personal en el mencionado Gordon Pym.

“La navegación es el balanceo del sueño” dice en un momento Joerling y es en un estado de rara vigilia en el que la Halbrane se mueve por los Mares del Sur. Que El relato de Arthur Gordon Pym sea elevado a la categoría de biblia antártica da un cariz singular a La esfinge de los hielos, uno en el que el entretejer de expectativas y pasiones une dos historias separadas por once años de diferencia: Len Guy considera cierto lo que dice la novela, Jeorling discrepa con lo fantasioso, pero da por válido el viaje, incluyendo a los tripulantes de la Jane Guy en su lista de exploradores de la Antártida; Verne juega con ellos y todos son para el lector exultante ficción. La ficción sigue a la ficción y el autor de Nantes no deja escapar, incluso, la ocasión de introducir en el relato un amplio resumen de la historia del Grampus y la Jane Guy en una digresión que sorprende por innecesaria, pero que subraya su carácter de guía fundamental.

Según la Halbrane avanza hacia el sur, Verne se aleja en cierto modo de este núcleo poeiano, anclaje de la narración, pero que en todo momento cuenta con el estilo del francés. El de Nantes incide con detalle casi enciclopédico (con sus errores y rectificaciones posteriores) en los datos geográficos y de exploración sin dejar de imprimir fuerza a un ritmo que avanza con potencia de navío decidido que abre el océano con su proa. Cuando la Antártida aparece en el horizonte, el texto sitúa al lector en el campo de las nuevas exploraciones del continente, cuyo cartografiado se ha visto expandido ampliamente desde la historia de la Jane Guy y al que el autor da forma definitiva valiéndose de su imaginación. Hay también una frialdad cartesiana con la que dibuja a sus protagonistas, héroes vernianos abocados a la búsqueda y en los que en su indivualidad radica su relevancia. Es en ese campo abierto, alejados de casa, desvinculados de todo lugar posible salvo de su objetivo ideal, donde aparece el espacio para lo fantástico, que se cuela por los resquicios que sabiamente Verne deja abiertos en su sólido entramado. La noche, momento de quietud apto para el susurro, el secreto, el sueño premonitorio, y aquí Verne acude a ese otro Poe por el que también se dejó influir, cubre en ocasiones con un manto de misterio la goleta. En otras, la Fatalidad esquiva a la Providencia y hace presa en ella, arrastrada entre hielos a la deriva y con los marineros llevados más allá del límite.

“A la memoria de Edgar Poe” se inicia el libro y con él ha de acabar el autor de La esfinge de los hielos si de alcanzar el triunfo narrativo se trata, pues ya se sabe que la literatura exige la matanza. Matar al padre, matar al hijo. El homenaje, o el plagio, sólo se permite si va acompañado del asesinato. Así, Verne acomete con firmeza la segunda parte de la novela y su final. Sin hacer prisioneros. Pero la narración se va trastabillando según se suceden los hechos, con giros que estrangulan el camino marcado hasta el momento. Verne, con audacia y honestidad literaria, falla con estrépito en un final que no por cerrado es más digno de respeto, ni más estimable. Su viaje más allá del punto de no retorno es valiente, decidido, y sin embargo se lee como una gran oportunidad perdida. La sensación oceánica, de éxtasis ante lo desconocido y maravilloso, aunque pueda ser horrible en un segundo momento, está tristemente desaparecida, y el subterfugio científico con en el que acaba la obra no resulta suficiente. La respuesta desapasionada de Verne es el vacío y es eso lo que reina en el Polo Sur, lo único que queda al cerrar las tapas.

Irregular aunque estimable como novela de aventuras, La esfinge de los hielos es una tierna paradoja. Es el homenaje a Edgar Allan Poe de uno de sus más fieles admiradores, deshecho en elogios a lo largo de sus páginas y que nos hace imaginarle en otro tiempo, más joven y absorbido por la prosa del americano. Como continuación de El relato de Arthur Gordon Pym, el acercamiento verniano de escuadra y cartabón lo sitúa forzosamente en otras coordenadas, alejadas de las de su maestro y que en el contraste entre ambas queda desnuda. Pero para estas alturas de la historia, Jules Verne ya solo podía, o simplemente sólo quería, ser Jules Verne.