I am Antartica

Ilustración realizada por Andrea Beré para Fabulantes

Howard Phillips Lovecraft, tal vez el escritor al que más epítetos similares a aquellos de la epopeya y el mito se le hayan adosado nunca, hizo del cuento, del vértigo del pequeño relato, su terreno de dominio. Al igual que su maestro Poe, los intentos de adentrarse más allá de esta barrera fueron escasos. Sin embargo, si el escritor nacido en Boston sólo nos ha legado una novela, El relato de Arthur Gordon Pym, el caballero de Providence dejó escritas unas pocas más, cabalgando siempre por los campos de la novela corta. Al dejar caminar su pluma más allá de las veinte páginas, Lovecraft logró empujar los límites de su escritura no sólo en espacio sino además en estilo, sin por ello diluir la intensidad y perversidad de su narración. Sería en En las montañas de la locura, cuya última edición en castellano ha corrido a cargo de Juan Antonio Molina Foix para la colección Letras Populares de Cátedra, donde terror y ciencia-ficción se darían la mano en una mezcla que los anglosajones, con mayor cintura a la hora de catalogar y etiquetar los solapamientos del género fantástico, dieron en llamar weird fiction.

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La portada de En las montañas de la locura de la edición de Cátedra Letras Populares.

El hilo que une a Lovecraft con Poe -y se podría citar ese otro paralelismo que es el respeto que se les ha profesado a ambos siempre en Francia- es un hilo que se adivina ya en la influencia que éste tuvo sobre aquél en los primeros escritos anteriores a su época dunsaniana. El de Providence, ya maduro, retomó a su modo cierto aire poeiano para En las montañas de la locura, publicada por primera vez en Astound Stories en 1936 tras ser rechazada cinco años antes por Weird Tales. Sería la mencionada novela sobre Arthur Gordon Pym la que sirviera de apoyo para la imaginación de Lovecraft, pero éste, a diferencia de Verne con La esfinge de los hielos, no hizo de su relato una secuela ni guardaba la pretensión de sujetar el simbolismo de Poe. Más bien, el acierto del Solitario de Providence se halló precisamente en distanciarse de su mentor y hacer de él un elemento más con el que jugar en su narración, conectando de una manera casi intuitiva con las fuentes de lo oculto maravilloso.

A ese influjo etéreo de Poe, Lovecraft añadió su propia pasión juvenil por las expediciones antárticas que le llevó a seguir con atención las novedades que sobre el continente helado iban surgiendo a lo largo de los años. Otros autores, como es lógico, se fueron incorporando al texto, ya de manera totalmente consciente por parte del escritor, ya saliendo de los lugares más recónditos de su cerebro. Molina Foix cita a Katharine Metcalf Roof y su A Million Years After (inédito en castellano), At the Earth’s Core de Edgar Rice Burroughs (traducido como En el centro de la tierra; la versión más reciente en castellano es de la dudosa editorial Pulp Ediciones en 2003) o The People of the Pit de Abraham Merritt (traducido numerosas veces al castellano, bajo el título general de El pueblo del abismo), pero también se dejan caer por el relato los sugerentes cuadros de Nikolai Roerich, uno de los varios artistas/magos que dio el siglo XIX y que dejó una huella patente sobre Lovecraft después de que éste visitara en 1930 una exposición de las pinturas del ruso en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Todos ellos se fueron arremolinando en un edificio literario que encontraba un viejo fundamento en su propio relato La ciudad sin nombre y que hicieron de la Antártida, todavía no explorada en toda su extensión, el escenario de un horror abierto al vacío.

Atmósfera. Si hubiera que definir En las montañas de la locura con una sola palabra capaz de encerrar todo su sentido, esa sería atmósfera. Como narrador incansable, Lovecraft sostiene el tempo de un relato que adelanta su final en diversas ocasiones regresando después sobre sus pasos para describir el camino en profundidad en una suerte de eterno ritornello. La novela, un aviso a los curiosos que intenten continuar la expedición antártica de la Universidad de Miskatonic, supone un vistazo a ras de suelo, de manera casi documental, de un ambiente preternatural que desafía toda lógica conocida. En el descenso a los infiernos de Dyer y Danforth, un apellido este último que es un juego de palabras de Lovecraft dedicado a su colega Derleth, es el espacio el que marca el tono de la historia. Los vientos ululantes que discurren por ciclópeas construcciones, las memorias de un pueblo olvidado grabadas en las rocas, los caminos laberínticos que desembocan en el caos cósmico indiferente al ser humano… Más allá de las montañas, yace el peligro, la muerte, la locura. Conceptos a los que el de Providence puso cara mediante, como bien definió Rafael Santander, editor de Valdemar, “adjetivos fascinantes, no elegidos al azar de la escritura, sino que parecen seleccionados para que formen una paradoja, un desafío a la lógica del lenguaje para intentar expresar un horror en sí mismo inexpresable.” Dicho descenso al interior de la Antártida se convierte, asimismo, en lo que en su introducción a Los mitos de Cthulhu (Alianza Editorial, 1969) Rafael Llopis calificara simbólicamente como “el lugar de los estratos arcaicos de la mente”, donde se encuentra lo que el ser humano hereda de sus remotos antepasados. Dyer y Danforth se ven obligados a tener prácticamente que arrastrarse para continuar con su lento caminar por las tripas heladas de la Antigüedad; la recurrencia de olores y sonidos en la exploración de los científicos, sentidos clave para mamíferos que se mueven a cuatro patas, tienen cierto aire de agente activador de una metáfora de regresión evolutiva en este viaje al encuentro con un minotauro de allende las galaxias. El mar , el infinito vivo; el hielo; lo eterno durmiente.

Ciertos autores, como el especialista S. T. Joshi, han dado en calificar En las montañas de la locura como la punta de lanza en la “desmitologización”, valga el contraste, de los mitos de Cthulhu. Ciertamente, hay una pretensión de racionalización del ciclo lovecraftiano a partir de la categorización física y espacio-temporal de los seres que en sus páginas habitan, y valga decir que se podría leer la novela como un catálogo etnográfico de un mundo antiguo y exótico. Los Grandes Antiguos y los soggoths hacen su aparición en el mundo de la ciencia a través de la prosa a un tiempo fría y desatada de Lovecraft y que conecta con cuentos anteriores mediante nombres de anclaje del mito (la temible meseta de Leng o Kadath, la que sólo se encuentra en los viajes oníricos) y menciones al Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred (libro al que Danforth, entre otros divertimentos como ser un ávido lector de Poe, ha dedicado especial atención) sin olvidar tampoco las diabólicas figuras creación de Clark Ashton Smith, escultor de mundos.

Lovecraft

El Solitario de Providence soñó pesadillas terribles desde nutridas bibliotecas. Su abuelo, el prominente industrial Whipple Van Buren Phillips, fue un gran coleccionista de libros. Sería él quien le iniciaría en la literatura.

Carente de su revestimiento sobrenatural, no por ello el horror lovecraftiano pierde su carácter inquietante. Antes bien, a pesar de que la identificación precede a su comprensión y, de ahí, a hacer terrenal y asible lo que antes era terror informe, el estado de fascinación al que Lovecraft somete al lector es tal que no hay resquicio por el que el lector pueda escapar a la mancha cefalópoda de su prosa. Incluso en el momento en el que se estrecha la distancia mental entre los Antiguos y Dyer y Danforth (aquí interviene la cultura por un lado, la muerte por el otro, y es que esta última no sólo iguala al labriego y al sacerdote sino también al humano con el alienígena), lo que permanece como una capa que se superpone constantemente es la tensión de la supervivencia y la desazón del que mira de frente al abismo. No hay válvula de escape al agobio cósmico, sino una lucha sin cuartel con lo que de cordura queda dentro de cada uno de nosotros. Quien quiera desafiar los límites, que desoiga el aviso de Dyer, pero que tenga presente lo que le ocurrió al joven Danforth.

“Ya he dicho que Danforth se negó a contarme qué horror decisivo le hizo gritar tan demencialmente… Un horror que, lamentablemente estoy convencido, es el principal responsable de su actual depresión nerviosa. […] En raras ocasiones murmura frases inconexas e irresponsables sobre “el abismo tenebroso”, “el borde tallado”, “los protoshoggoths”, “los sólidos de cinco dimensiones sin ventanas”, “el cilindro indescriptible”, “el faro del Anciano”, “Yog-Sothoth”, “la blanca gelatina primitiva”, “el color del espacio exterior”, “las alas”, “los ojos en la oscuridad”, “la escala al a luna”, “lo original, lo eterno, lo imperecedero” y otras extrañas ideas; pero cuando recupera por completo el dominio de sí mismo rechaza todo eso y lo atribuye a sus curiosas y macabras lecturas de años anteriores. Se sabe, desde luego, que Danforth es uno de los pocos que se han atrevido a examinar a fondo ese ejemplar apolillado del Necronomicón que se guarda bajo llave en la biblioteca de la universidad”.