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Magdalena Bay, vista de una península en el norte de Spitsbergen. François-Auguste Biard. Óleo sobre tela, 1882

El alma humana siempre anhela ir más allá. A pesar del adocenamiento cultural y vital al que se nos pretende empujar desde hace décadas, aún palpitan, ya despiertos o en estado letárgico, el ímpetu y la necesidad de descubrir. A finales del siglo XIX, no había terreno que espoleara la imaginación como la Antártida. Un lugar lejano, inhóspito, guardián de secretos y radicalmente diferente a mundos como el africano o el americano, enclaves que seguían cartografiándose si bien resultaban más cercanos al europeo de la época. En la centuria en la que la Modernidad fue imponiendo paulatinamente su visión y arrinconando todo aquello que escapara a la razón, el continente helado se levantaba como una voz que alentaba a liar el petate y ponerse en marcha a todo aquel que tuviera espíritu de explorador, apelando más al ansia de aventura que a la lenta ponderación de los pros y los contras.

Preguntado cuál era su motivación a la hora de escalar el Everest, George Mallory, sobre quien todavía se especula que fuera capaz de llegar a la cumbre 30 años antes que Edmund Hillary y Tenzing Norgay, respondió a la pregunta de manera sencilla: “porque está allí”. ¿Qué otra razón se podría tener? Dentro de nosotros bulle el deseo de salir de casa, abandonar la seguridad del hogar y caminar por senderos, subir laderas y bajar valles, descubrir lugares ocultos y lanzarse a lo desconocido. “¿Qué es esa caseta de ladrillos en lo alto del cerro?”. “¿Qué se verá al otro lado?”. “¿Qué me impide ir a descubrirlo?”. Simple voluntad y afán por despertar el instinto.

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El desastre del Cervino, representado por Gustave Doré (1865)

El viaje del explorador es un viaje multifacetado. En tanto que empresa geográfica, con intenciones comerciales en ocasiones o como simple empeño por llegar a un punto dado, está volcado de cara al mundo, de trazar con cuidado los caminos, medir distancias entre islas, otear puntos de desembarque, tal vez tratar con tribus y pueblos indígenas. En cuanto enfrentamiento directo con la naturaleza, supone una conversación con lo radicalmente humano que hay dentro de cada uno de nosotros. Cuando una grieta se abre bajo los pies de una cordada, es un abismo el que se abre no sólo debajo sino también dentro de cada persona. Y es bien sabido que el abismo nunca duda en devolver la mirada. Es Shackleton y su tripulación aguardando pacientes en su odisea polar, escuchando los sonidos submarinos de las orcas, arrastrados a un mundo casi preternatural. Y es también Aguirre fuera de sí, en una hazaña más recordada cuanto más triste y surrealista. El ardor y la fascinación por el arrojo y la valentía que algunos quisieron encontrar en las trincheras ensangrentadas de la guerra se halla, verdaderamente y en su más pura esencia, en la tensión de la mano contra la piedra.

Por eso también leemos: por conocer los otros mundos que están dentro de este. En ese sentido, estos exploradores son la materia idónea con la que confeccionar un relato. Sus vidas, lidiando entre la gloria y la lucha desesperada, se escriben con letras de la más profunda hondura. Son la épica, la fuerza, el hastío, el horror, el empuje y la muerte que nos recuerdan que existimos y que estamos vivos por un breve lapso de tiempo. Son las maravillas de oro y orfebrería que contempló Marco Polo; Amundsen y su raid preciso y certero al corazón del Polo Sur; Núñez de Balboa mojando sus pies en el Pacífico… pero estos momentos de cantar de gesta estarían incompletos sin el relieve de las escenas en las que el padecimiento reina en la estampa. Exploración también es el grito “más allá, más allá” de Alejandro Magno en la India sobre su ejército, cansado, desencantado y harto de andar; es la ola gigante que amenaza con tragarse a Shackleton y a tres marineros de la tripulación del Endurance, en un bote por el Atlántico Sur, desnutridos, las orejas y los dedos congelados; es Scott comprobando amargamente que un noruego se le ha adelantado en su carrera por alcanzar el punto más meridional del planeta, que los víveres son escasos para sobrevivir y que lo único que le queda es escribir en su diario un monólogo callado con la Historia y con su mujer (tachará esta palabra por viuda, en un gesto de seco estoicismo, de estirpe británica si se quiere, consciente de su futuro más inmediato).

Antártida. Sólo su nombre tiene resonancias míticas. Su propio cuerpo, ancho, helado, es el de un gigante dormido y a buen seguro que a los ojos de los primeros en otear sus montes, éstos les parecieron cabezas oraculares emergiendo del hielo. El paisaje gélido y nevado, revestido con un blanco puro que extasia el ánimo y oculta en cierto modo su hostilidad, supone uno de los topos más poderosos de la literatura. Es a la zona antártica a donde Coleridge empuja el navío de La balada del viejo marinero, en un movimiento que precede el singular avistamiento del albatros, y no es de extrañar que la evocación de esta imagen fuera recogida años después por Mary Shelley para situar en los hielos, árticos en este caso, el comienzo y el final de su Frankenstein o el moderno Prometeo (y no olvidemos los picos y glaciares de la Suiza natal del doctor). Hielo. Muerte. Quietud. Huida. El alejamiento de todo aquello que resulta cálido y seguro.

Ilustración de Albert Edward Sterner (1895) para la narración Arthur Gordon Pym de Nantucket por Edgar Allen Poe

Ilustración de Albert Edward Sterner (1895) para la narración Arthur Gordon Pym de Nantucket por Edgar Allan Poe

Guarda, también, el aspecto del misterio, del secreto guardado por una gruesa capa congelada durante decenas de miles de años; un secreto del que Poe y Lovecraft sacarían buen partido, el primero en forma de ocaso repentino y simbólico para su Arthur Gordon Pym; el segundo modelando su mente “materialista-mecanicista” y canalizándola mediante la imaginación, actitud que de haber tomado también Jules Verne habría hecho de su esfinge antártica algo más que un homenaje al citado relato de su adorado Poe. Esta triada de maestros ejemplifican, por otra parte, los contínuos avances en la conquista del Polo Sur y el influjo de éste sobre sus escritos así como sobre los de sus colegas. A lo largo del siglo XIX, según se iban superando los grados de latitud sur, la geografía polar se iba extendiendo por las páginas de libros y periódicos. Si el rol del Mar como elemento mítico de respeto y temor ha sido una constante desde la Antigüedad, los nuevos tiempos introducían el Hielo en el imaginario popular.

El Frío como fuerza natural imposible de ser domeñada, amenaza física y metafísica sobre un mundo que se creía en la senda del progreso constante y triunfal. Hubo de llegar el pasado, un pasado que siempre ha estado ahí, aguardando, que siempre vuelve por muy remoto que sea su origen, para contrastar con los horizontes mentales del ser humano y dar nuevo sentido a sus más íntimos horrores. La nota de Shackleton -de nuevo él, el penúltimo Odiseo-, y da igual que sea apócrifa pues bien vale una historia, deja claro lo que había de esperarse en las regiones polares. El sueldo es escaso y el frío, extremo. Los horrores harían enloquecer a cualquiera. Si se regresa, la recompensa, qué menos, es generosa. Y al pisar el final, el grito, mezcla de exaltación y de reverencia casi religiosa (pues si el frío es una divinidad, los polos son su templo), será como el de Jenofonte y los suyos al hallar el mar, tras tiempo perdidos en suelo persa. Pero en lugar de exclamar “thalassa, thalassa”, el pecho se ensancha y lo que de él sale es “¡Antártida! ¡Antártida!” ¡La de los muros de hielo! ¡La voz eterna de la naturaleza!