De acuerdo a la imago mundi clásica –comenzó su lección el científico- la serpiente es la guardiana del tesoro, custodio de los secretos, vigilante de las puertas del país de los muertos” (El sargento Lomonosov al alférez Pavel Levart en Víbora, de Andrzej Sapkowski)

Vibora copy

Ilustración de Miguel Iturbe para Fabulantes.

En 1979, una URSS en plena desintegración atacó Afganistán. Era la primera vez, desde la segunda Guerra Mundial, en que el “ejército rojo” movilizaba a sus tropas en un conflicto fuera de su órbita de influencia. La Unión Soviética se jugaba su prestigio de superpotencia y de árbitro de una parte del mundo. Afganistán no era un enclave fácil pero sí era de una gran importancia geopolítica: hasta 1919, había sido colonia británica; los ingleses se habían dejado el resto en un territorio cercano a Pakistán e India para ser derrotados por unas guerrillas que, años después, convertirían la intervención soviética en un verdadero calvario. Mientras el país se consumía en una guerra civil entre un gobierno pro-soviético y unos combatientes muyaidines armados por Estados Unidos (Operación Ciclón) y China, la madre Rusia y sus satélites veían menguar su reputación y a sus hijos morir o dejarse matar. Tras nueve años, un mes y veinte días de conflicto, la Unión Soviética abandonaba la región con el rabo entre las piernas, dejando tras de sí una estela considerable de bajas entre sus más de 115.000 soldados movilizados (la mayoría, fallecidos por las enfermedades contraídas). Era febrero de 1989. Nueve meses después, caía el Muro en Berlín. Se ponía el punto final a una parte crucial de la historia del siglo XX.

En este contexto de inestabilidad sitúa Andrzej Sapkowski (Lodz, 1948) su última novela, Víbora. En ella, da rienda suelta a su desaforada pasión por la historia, por la mitología y por la cultura y literatura eslavas (fundamentalmente rusas). Sin apartarse ni un ápice de los rasgos característicos de su prosa y estilo (estampas queridas; personajes atronadores en su grandiosidad; diálogos acerados, más próximos al aforismo y a la sentencia lapidaria), demuestra ser tan buen mitólogo como herpetólogo. Lo que propone desde luego es complicado.

Víbora es, de toda su producción, la que más componentes realistas contiene. Claramente fantástica en su fondo y en su forma, es, sobre todo, profundamente antibélica. Sapkowski describe la guerra con una precisión quirúrgica, que provoca repugnancia, con el ojo del reportero que ha sido testigo de los hechos. El propio autor reconoce ante el periodista polaco Stanislaw Beres, en una entrevista que Alamut ofrece extractada como apéndice a su edición de la novela, no haber sido parte de lo que cuenta: “no hacen falta experiencias propias, basta con conocer la historia”. Sus personajes luchan sin pena y ninguna gloria, y se conducen en la guerra, más que con ética, con puro afán de supervivencia. Si bien los supervivientes, es decir, quienes se ven obligados a estar y a padecer a dientes apretados, son una constante dentro de la obra del polaco, en sus páginas también hay espacio para la toma de conciencia, para un cierto heroísmo. Un Sapkowski más veterano, más talentoso, con una pluma más airada y sañuda, deja reflexiones como ésta: “Tú te conformas, te acostumbras a lo que te ordenan. Te adaptas y nadas en la corriente, recitando el eterno credo de los conformistas: ‘¿Para qué preocuparse? ¡Pero si tampoco voy a cambiar nada!’ Los que son como tú, Pavel, son los culpables de todo”. La voz del escritor marca la pauta, y Lomonosov, el soldado biólogo, señala a Pavel Slominovich Levart, el protagonista.

Levart es uno de esos héroes tan del gusto de Sapkowski: inindistinguible de Geralt de Rivia, de Reinmar de Bielau (trilogía de las Guerras Husitas), es, como ellos, un héroe más involuntario que propiamente accidental; al igual que el brujo albino y el alquimista, posee cierta maña mágica. Levart tiene gran sensibilidad psíquica, es capaz de intuir acontecimientos y desgracias, habilidad que en la guerra sólo conlleva frustraciones y angustias. Es él quien quedará hipnotizado por el hechizo de una víbora dorada. En una literatura como la de Sapkowski, tan propensa a la contestación y a la vuelta de tuerca, es esta sierpe, y no un dragón taimado, la guardiana del tesoro y de los incontables secretos. Y la puerta abierta a un repaso exhaustivo, al borde de la gran diatriba, sobre cultura clásica.

Sapkowski sabe mucho, muchísimo, y no le importa demostrarlo, aunque a veces ese conocimiento tan vasto pueda resultar apabullante. La parte más fantástica de la novela es un peregrinaje en toda regla por siglos de superstición, de creencias, de leyendas y mitos antiguos, bien conjuntados con aquella más cercana a nuestros días (que, por relatar sucesos ambientados en Afganistán, zona geográfica de infausta vigencia, nos es muy próxima). El polaco se permite tirabuzones temporales con los que zambullirse en historias paralelas con vejez de siglos: el Afganistán de 1984 se funde con el de 1880, con la Bactria alejandrina del 319 a. C., para dar fe de que la historia no es más que la repetición continuada de un mismo patrón. Sapkowski deja momentos que recuerdan al Rudyard Kipling de El hombre que pudo reinar, a aquella nostalgia no ya de un tiempo idílico sino de unos hombres únicos, al introducir a un oficial británico de nombre Drummond y sosias a su vez, a distancia milenaria, de Herpandro, soldado griego del emperador macedonio; ambos testigos de la existencia de esa víbora dorada. De ese sueño.

El escritor polaco sueña esencialmente, con su probada solvencia épica, una parábola, una alegoría humana. La muerte es retratada en toda su crudeza, como un fenómeno natural y no como una desgracia. La monstruosidad viene dada por la espera, por el per niente dolce far niente, del “keif” (término que se integra al diccionario de sinónimos de la literatura de expectativa bélica, ésa que tiene como grandes muestras a Beau Geste de P. C. Wren y El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati). En estas páginas no hay lugar para la moraleja, para la moralina, componendas de una resignación odiosa: sólo hay una rebeldía soterrada, un deseo de cambio a través de una objetiva visión de los hechos. “No se puede conservar la humanidad en la guerra”, constata Levart con una frialdad extrema, nada risueña, que reproduce milimétricamente José María Faraldo.

Faraldo, asesor a la traducción del último volumen de la trilogía de las Guerras Husitas aparecido en castellano (Los guerreros de Dios), y figura mítica tras sus trabajos en la saga de Geralt de Rivia, vuelve a imprimir la personalidad de su rico vocabulario al estilo espigado, rebelde, pagado de sí mismo, de Sapkowski. El reto, además de grande, es gratificante, pues Faraldo no sólo ejerce de traductor sino también de historiador, al rebuscar en el argot, en la germanía soldadesca, en la documentada descripción de la maquinaria bélica soviética, un punto de enganche para el lector castellano. Por eso, Víbora de Alamut incluye un glosario de términos “afganos”, incompleto por la abundancia de expresiones, pero útil –cuando no fundamental- como guía de lectura e inmersión narrativa. Los soldados de Sapkowksi maldicen, mascullan e insultan como campesinos del mundo de Geralt de Rivia, y la traducción refleja, con evidente desconcierto, esos ligeros defectos de carácter.

Andrzej Sapkowski empieza con toneladas de plomo, con salvas de enorme potencia narrativa, recreando con todo lujo de detalles una feroz batalla. Por su desbordante e inteligente imaginación, tan llena de detalles y de lógica palmaria, se ha convertido en uno de los nombres mayúsculos de la fantasía de hoy, de ayer, de siempre. Baste observarle cantar con música poética la grandeza del monte Hindurkush, bañada por el fulgor de un pájaro de fuego, o la amenaza subyacente de esa víbora que acecha enroscada, de dimensiones nada extraordinarias y colores inconcebibles, para darnos cuenta.