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Sombra Lunar, por John Harris. Pintado en 2005 para la cubierta de Traición publicada por Tor/Orb en 2006

En 1979 recibía Orson Scott Card (Richland, Washington, Estados Unidos, 1951) el premio J.W. Campbell al mejor autor joven de la ciencia-ficción norteamericana por un relato publicado el año antes, en 1978, titulado “Un planeta llamado Traición”. Ese mismo año publicaría una de sus novelas más emblemáticas, El maestro cantor (1979), demostrando sus mejores capacidades y sus más puras esencias, escribiendo con una calidad ascendente y recibiendo por ello cada vez más atención. Aún quedaban lejos, sin embargo, obras tan emblemáticas como Esperanza del venado, El juego de Ender o La voz de los muertos, todas ellas publicadas entre 1985 y 1986 en una época gloriosa para él y para la ciencia-ficción contemporánea.

Una vez alcanzada la cumbre de su carrera, y convencido de que la fuerza de la luz emanada de su estrella podría influir a muchos lectores más allá de la calidad literaria de sus textos, decidió impulsar todavía con más intensidad la presencia de sus creencias y convicciones religiosas en sus relatos y novelas. La literatura pasaba a ser, para Card, de un fin en sí mismo a un medio a través del cual hacer proselitismo de su fe. Con esta intención en mente, en 1987 se publica el primer volumen de la Saga de Alvin Maker, El séptimo hijo; y en 1992 el primero de la Saga del Retorno, La memoria de la Tierra. Su estilo sufre una seria transformación que, todavía hoy, marca a fuego todas sus novelas y relatos, haciendo que numerosos lectores añoren al Orson Scott Card anterior a 1987.

En el fragor de aquella transformación, en 1988, Card tomó la decisión de convertir el relato de 1978 en la novela Traición. La decisión fue un desastre. Aunque la lectura sí nos deja momentos (y son los más) de una intensidad y creatividad asombrosa deudora de la excelente calidad del material original, también deja una profunda sensación de frustración al resultarnos muy evidentes los parches y pegotes que Card incluyó posteriormente. Casi no necesitamos ni habernos leído el relato de 1978, publicado también en España por Edhasa (en 1981; reeditado en 2012 en la colección Edhasa Nebulae), para saber dónde están los añadidos que hacen de Traición una novela irritante por todo el magnífico material potencial que se malogra.

El planeta Traición acoge a todos los científicos felones que, expulsados de la Tierra por una fechoría no confesada, son condenados a vivir aislados y sin recursos. Cada científico ha crecido separado de los demás, en una zona distinta del planeta con una sociedad y un gobierno peculiares. La única autoridad que relaciona a todas las zonas entre sí son los Embajadores, delegados de la Tierra en Traición, encargados de cambiar a hierro los logros conseguidos por cada sociedad a partir de los conocimientos o habilidades originarias con las que contaban los científicos desterrados. De esta forma, se cree, las sociedades podrán conseguir los recursos necesarios (el planeta no tiene hierro) para construir una nave espacial que les permita huir o, por qué no, dominar a las demás sociedades de Traición.

El protagonista de la novela es Lanik Mueller, heredero del Rey Ensel Mueller, quien es expulsado de su zona (Mueller) por su condición de “regenerador radical”; en otras palabras, su cuerpo es capaz de volver a generar las estructuras de los órganos dañados complicando en extremo la muerte. Su condición “radical” lleva a que su cuerpo genere órganos de forma descontrolada, creando cuerpos deformes y, en consecuencia, personas obligadas a operarse para recuperar su ‘normalidad’ o bien a excluirse respecto a los demás. En el caso de Lanik, su proximidad a Ensel Mueller debilita políticamente a su padre y, por tanto, es conminado por éste a marcharse del reino y a no regresar jamás (la otra opción posible sería la muerte, por lo que se considera este exilio como un acto de amor). Un joven adolescente emprende un viaje de madurez y crecimiento lejos de cualquier raíz o certeza: una constante en la literatura de Orson Scott Card.

Un-planeta-llamado-Traición-Orson-Scott-Card- Edhasa-Nebulae

Edhasa ya publicó el relato que luego Scott Card amplió y convirtió en novela, como demuestra esta portada de la colección Nebulae.

En su huida de la muerte, Lanik Mueller atraviesa otras zonas de Traición, conoce a otras sociedades y otros sistemas de gobierno, y por tanto accede también a las diferentes ventajas competitivas que cada una de ellas utiliza como moneda de cambio con los Embajadores. Un viaje que lo obliga, por su doble condición de ser originario de Mueller y regenerador radical, a esconderse y a adaptarse, a mentir y a engañar para sobrevivir, a encontrarse también con gente bondadosa (y profundamente religiosa) que lo acoge y lo acepta sin cuestionar su origen o condición. Además, mientras pasa por unas zonas y otras, va juntando las piezas de una historia colectiva conocida por muy pocos, entre cuyos resquicios se oculta una conspiración por hacerse con el control total del planeta y el dominio de una sobre todas las demás zonas de Traición. El destino sitúa a este joven ante una situación crítica que lo hace protagonista de un momentos trascendental, tanto para su historia personal como para la historia colectiva del planeta. Otra constante de la obra de Card.

El papel que concede la novela a su protagonista lo sitúa en un camino intermedio entre la redención íntima contra el sentimiento de culpa orientado hacia aquellos que siente que le han hecho daño –y que finalmente acepta como instrumentos imprescindibles para poder cumplir con su destino-, y la superación social, en cuanto se transforma en una persona capaz de sacrificar su bienestar y su vida por contribuir a una mejora colectiva –el sacrificio por los demás, propio de la figura mesiánica-. Una modelización moral de la religión cristiana.

La novela tiene su principal fuerte en la parte creativa. Tanto la construcción del argumento y la trama, como la descripción de las distintas sociedades y el desarrollo de sus características y habilidades especiales, o la relación entre los distintos elementos a través de la conspiración y la conjura, se realizan con gran imaginación. El ritmo por lo general resulta trepidante, con momentos de alto voltaje que consiguen atrapar durante la lectura, en especial en esas escenas donde Lanik se enfrenta solo y desprotegido a lo ignoto y/o a lo inhóspito, haciéndonos olvidar las certeras conclusiones a que conduce el conocer y aplicar a la trama las constantes de Card. Construye como telón de fondo de la historia un tapiz rico en detalles, coherentes y bien perfilados, capaz de inspirar a cualquier soñador.

Orson_Scott_Card

Poca gente sabe que Orson Scott Card no sólo escribe libros: también redactó los diálogos del videojuego The Dig (1995), legendaria y complicadísima aventura gráfica del estudio LucasArts.

Pero todo se derrumba cuando aparecen, artificiosamente y sin que vengan a cuento, los pegotes de moralina con que Orson Scott Card quiso aderezarnos una historia, hasta ese momento, perfectamente estructurada y desarrollada. Personajes ejemplarizantes que sirven de contraste a la mezquindad general, pero que desaparecen casi tan rápido como aparecen, sin que sean relevantes o trascendentes para el argumento. Reflexiones críticas contra la democracia o la economía de consumo que, sin lógica ni motivo –ninguna de las sociedades tiene la democracia como sistema de gobierno y tampoco existe una economía productiva de mercado en toda Traición- redundan en una frustrante alienación de los añadidos respecto al conjunto de la novela. Quedan así una serie de preguntas fundamentales sin respuesta, sobre todo en el motivo de la traición o la naturaleza de la relación de la Tierra con este planeta, consecuencia de la importancia sobrevenida de la sub-trama moral sobre la trama principal. Ello nos traslada una sensación generalizada de que, pudiendo estar ante una novela apasionante e inteligente, nos encontramos al final ante un artificioso mojón de moralina deconstruida.

En Traición encontramos todos los elementos que hicieron de Orson Scott Card, durante más de una década, un escritor de ciencia-ficción referente para muchos lectores y escritores: una imaginación desbordante, un estilo trepidante, y una construcción de personajes sólida capaz de hacernos empatizar con el más extravagante de ellos. Pero, por desgracia, también nos encontramos con los síntomas de decadencia que acabarían barriendo a Card de la cima y llevándolo al lugar de los escritores repetitivos, convertido casi en una parodia de sí mismo: los esquemas moralizantes implementados por Card una y otra vez, en un cansino bucle de previsibilidad y hastío, borran cualquier rasgo de vida propia que su literatura haya (por un instante) sido capaz de insuflar al texto. Por eso la lectura de esta novela, aunque llega a resultar por momentos increíble y fascinante, indefectiblemente acaba cabreándote y frustrándote. Una lástima insondable para la ciencia-ficción.