Aunque lleva en la escritura un tiempo considerable, Tad Williams (San José, California, 1957) todavía no ha conseguido abrirse un hueco en España. La principal razón es que, hasta ahora, su capacidad para la literatura se ha visto demasiado encorsetada en series o sagas de no corta duración que, aunque cada vez enganchan más a los lectores, son también un terreno más árido a la hora de cultivar conocimientos o fidelidades. Sus dos principales obras son tetralogías: Otherland (1996-2001: en castellano Timun Mas ha publicado tan sólo las dos primeras partes, La ciudad de la sombra dorada [1998] y Río de fuego azul [en dos volúmenes, 1999]) y Shadowmarch (2004-2010: Alamut sacó en 2012 La frontera de las sombras y en 2013, El juego de las sombras). Williams posee una capacidad de desarrollo creativa puesta al servicio de la industria cinematográfica (en no pocos guiones), con reflejos claros también en su producción literaria.

Con Las sucias calles del cielo (RBA Literatura Fantástica, 2013) se pretende iniciar otra saga más, asentada sobre los hombros de un protagonista singular y un marco provocador. En esta ocasión se trata de un ángel de nombre Bobby Dollar, destinado en la Tierra para ejercer de abogado de las almas que abandonan este mundo camino bien del cielo o bien del infierno. Su objetivo es defender su lado bondadoso, sus buenas acciones, para llenar de almas el Cielo. Precisamente, estaba Dollar a punto de comenzar un nuevo juicio, tras la muerte del humano Edward Lynes Walker, cuando, de repente, su alma desaparece sin dejar rastro. Es el principio de otros extraños sucesos: el fiscal demoníaco del proceso (Grasuza) aparece muerto con su cuerpo destrozado y sus nervios dolorosamente desperdigados, mientras que un demonio antiguo de gran poder (Ghallu) comienza a perseguir a Bobby Dollar sin saberse ni intuirse por qué. Por si no fueran pocos problemas, otros enemigos inician a acosarle para que les devuelva algo que creen que él tiene y que él ni imagina qué puede ser. Incógnitas a raudales, presentadas para hacer regurgitar la acción y la intriga.

Una parte importante del atractivo de esta novela reside en la excentricidad de su marco contextual. Porque si la trama principal presenta un esquema muy próximo a una novela clásica de investigación y misterio, todo se enreda un poco más cuando los hechos suceden en dos dimensiones temporales (la humana y la divina), en dos dimensiones espaciales (la cálida California y la divinamente luminosa Ciudad Celestial) y entre dos tipos de personajes (aquellos de naturaleza sobrenatural y aquellos de naturaleza humana). Incluso el interés crece un poco más cuando el retrato estereotípico de personajes polarizados, radicalmente maléficos o puramente buenos, se ve matizado por una línea mucho más suave; donde el deseo carnal o los vínculos románticos relacionan el abismo que habitualmente separa al Cielo del Infierno.

Con este panorama, una consecuencia lógica es que los personajes secundarios aporten una parte importante del interés de la novela, algo que consiguen sobradamente. Eso sí, se percibe una clara descompensación entre los personajes de un bando y del otro. Y es que -como el guionista Tad Williams sabe bien-, los malos son más interesantes que los buenos. Por eso nos da la impresión que la Condesa de las Manos Frías o Kenneth Vald, representantes más destacados del lado diabólico, tienen una elaboración y potencial bastante mayor que Sam o Clarence, representantes del lado celestial. Es más, el propio Bobby Dollar demuestra cierta querencia por su lado oscuro, por “la Oposición” (como se le llama en la novela), de ahí que sea un ángel poco común al plantearse no pocas veces preguntas de tipo existencial sobre la verdadera naturaleza y propósito de la dualidad entre los personajes.

De hecho, si nos paramos a analizar el diseño de los espacios, veremos cómo también el mayor esfuerzo de originalidad se pone en aquellos lugares vinculados a los personajes malvados –magnífica la recreación del apartamento de la Condesa de las Manos Frías-, mientras que los divinos se dejan más en manos bien de la ambigüedad (como el bar El Compás, donde se reúnen habitualmente los abogados del Cielo en la Tierra), bien del cliché (significativas las pocas líneas y las previsibles características con que se nos describe a la Ciudad Celestial).

A una lectura rabiosa y acelerada contribuye también lo peculiar del estilo. Bobby Dollar nos habla en primera persona (nuevamente, se nos recuerda a las novelas negras clásicas de autores como Raymond Chandler), describiendo con detalle la peculiar relación entre el Cielo y el Infierno, pero abandonando a la imaginación del lector los detalles tanto de los personajes como de los lugares. Por momentos intenta establecer hasta una cercanía, como si en vez de una novela estuviésemos ante un relato, o ante una narración contada de viva voz; estilos todos ellos donde se presupone una relación más directa, personal e incluso íntima entre el narrador y el espectador. De esta forma se persigue que entremos antes y mejor en la historia, que nos inmiscuyamos más a fondo en los sucesos y acontecimientos de la novela, experimentando la lectura de forma más directa o personal. Un efecto conseguido en ocasiones, justo cuando el clímax más lo requiere, en un manejo del ritmo a la altura de un gran autor de guiones.

tad williams

¡Alerta! Aunque Tad Williams mire hacia el infinito, en una clara pose, sus novelas no van más allá de una calcomanía del presente en lo que a preocupaciones humanas y sociales se refieren.

Eso sí, conviene tener en cuenta que la percepción de su originalidad dependerá de las referencias con las que cada uno afronte la lectura de Las sucias calles del cielo. Un lector acostumbrado al universo de una serie como Sobrenatural (Supernatural) pisa aquí terreno firme porque, de forma bastante clara, la construcción creativa del contexto fantástico bebe mucho de la producción de Eric Kripke. La dualidad del Cielo y el Infierno se recrea de forma que podemos adaptarnos rápidamente a su edificación, situar a los personajes en su contexto, y construir su relación sin demasiado esfuerzo. Una decisión arriesgada en cuanto devuelve, conviene tenerlo presente, una doble contrapartida. Por un lado, para aquellos lectores familiarizados con el marco creativo, el moverse tan cómodamente entre las distintas dimensiones espacio-temporales con las que se juega resta una parte importante de la emoción y el misterio de conocer y adaptarse a lo desconocido. Por el otro y a la inversa, aquellos desconcertados y sorprendidos por todo lo que están a punto de leer, pueden llegar a sentirse perdidos o abrumados entre tanto cambio de dimensión.

De esta forma, las principales herramientas de Tad Williams para conseguir introducir  a sus lectores en Las sucias calles del cielo son el manejo del ritmo narrativo y el estilo en primera persona de un personaje atractivo por su ácido sentido del humor. Mientras que, debemos tenerlo en cuenta antes de adentrarnos en sus páginas, cuenta con los hándicap de un marco creativo en exceso previsible, con espacios poco definidos y personajes irregulares, donde la trama pierde interés por veces respecto a las peripecias accidentales. Se nota que la novela tenía bastante más claros ab initio los puntales sobre los que iba a asentar su fascinación de cara al lector, que los pilares que iban a sostener la coherencia narrativa de esos puntales, dándoles un sentido dentro de la trama.

A consecuencia de estos aspectos, la lectura se vuelve claramente irregular, la historia evoluciona a saltos, y el lector invierte más tiempo observando la originalidad del contexto o riéndose de las ocurrencias de Bobby Dollar, que participando de los misterios que hacen girar la trama. Así se percibe que, tras esta presunta “fantasía urbana” –como se ha denominado en no pocos lugares-, no se esconde otra cosa que un refrito de elementos perfectamente reconocibles construido a base de superposiciones y amalgamas artificiales. El estilo y la voz narrativa consiguen que la personalidad de los personajes ejerza de imán pero, más allá de estos atractivos, poco más hay que buenas intenciones y la demostración de una capacidad creativa claramente desaprovechada.

Tad Williams presenta credenciales para ser un muy buen escritor, pero parece querer orientar su carrera hacia las prisas de una obra anclada en la sorpresa artificiosa y la previsibilidad. Esta novela tiene buenos mimbres y una correctísima elaboración tanto en cuanto al estilo como al manejo del ritmo –aspectos habitualmente fuera del alcance de muchos autores-, pero yerra en lo menos esperado: en la concepción general de la obra, en la artificiosidad de sus elementos principales. Con todo, divierte y entretiene a partir de una superficialidad y un divertimento vacuo sin pretensiones.