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“Uno menos”, ilustración de Andrea Beré para Fabulantes

Richard Matheson era un adolescente cuando vio Dracula (1931), de Tod Browning. Como sus contemporáneos, ingenuos y muy impresionables, también se asustó con la película, hoy una pieza de museo mal envejecida. El buen amante del cine seguramente la recuerde: Bela Lugosi interpretaba por primera vez al conde vampiro con mucha prestancia y teatralidad, tras haber sido declarado no apto para el papel de Frankenstein. El clamoroso éxito del filme, que explica la inmensa fama posterior del monstruo, dio lugar a toda serie de secuelas, spin-offs y productos tangenciales, en muchos de los cuales Lugosi participó sólo para irse hundiendo cada vez más en la parodia. Según ciertos rumores, el rumano se creyó tanto ser Drácula que dormía sus sueños morfinómanos en un ataúd. Los sueños del joven Matheson fueron, por su parte, pesadillas que no logró exorcizar hasta bien entrada su carrera como escritor, en la década de los 50.

Una de ellas aparecía de manera recurrente en su imaginación: un hombre solo sobrevivía, mal que bien, en un mundo atestado de vampiros. Era el último exponente de una vieja raza. Ese hombre se llamó, cuando Matheson debutó como novelista en 1954, Robert Neville, pero podría haber sido el propio autor. De hecho, él mismo reconocería que la casa-fortín donde Neville se atrinchera tuvo como fuente de inspiración su hogar personal en Gardenia, California. Aquella novela, la mejor que escribiera jamás, se tituló Soy leyenda y fue celebrada por autores de la talla o del renombre de Ray Bradbury, Harlan Ellison o, sobre todo, Stephen King (años más adelante). No nos atreveremos a sostener, como dicen, que sea la gran novela de vampiros de la historia, pero sí afirmaremos, e intentaremos probar, que se trata de la gran novela de vampiros del siglo XX.

Soy leyenda es un libro ciertamente afortunado, con ideas lúcidas y bastante transgresoras para su temática. Una, no obstante, se impone al resto: “los vampiros son víctimas de un prejuicio” y Matheson, que los adora -o al menos los reverencia-, se propone hacerles justicia. Aunque para lograr este objetivo primero deba matar al padre, es decir, echar paladas de tierra sobre Dracula, de Bram Stoker. Sabemos, porque en algún lugar lo confesó, que Matheson leyó la novela mucho después de ver la película, mientras hacía el servicio militar. Al parecer, la devoró de tapadillo, en las letrinas, y con bastante ojo crítico. La obra inmortal de Stoker le insatisfizo profundamente. “Era un amasijo de supersticiones y convencionalismos de folletín […] Van Helsing, Mina, Jonathan, son ficciones tontas de un tema sombrío”. Dracula, que procuraba erigirse como un alegato de la Razón ante las Sombras, era puro folclore, hija de una fe y una medicina desfasadas, antiguas, obsoletas.

Matheson toma todos los clichés e intenta comprenderlos, guardándose muy mucho de actualizarlos y de ofrecer sobre ellos una respuesta lógica y racional. Hay una conclusión que se lee entre líneas en Soy leyenda: si los vampiros sienten aversión al ajo, a verse reflejados en un espejo o a morir bajo la estaca es porque así lo quisieron la fantasía y ciertas creencias atávicas. Incluso el miedo a la cruz deriva de una imposición católica. ¿O acaso, como dice abiertamente el escritor, un vampiro mahometano va a doblegarse ante semejante símbolo? Mientras da cuenta de la superchería, nada puede aportar y nada puede explicar. Pero cuando Neville empieza a combatir a los vampiros exponiéndolos a los rayos del sol algo cambia en Soy leyenda: se activa un remoto clic y entonces, y sólo entonces, la novela abraza ya un cientificismo civilizado. Y el vampiro se moderniza.

No es casualidad que el Robert Neville del libro diste mucho del científico de sus tres encarnaciones cinematográficas (Vincent Price, casi un enterrador zarrapastroso y aburrido [The Last Man on Earth, Sydney Salkow/Ubaldo Ragona, 1964]; Charlton Heston, un armamentista violento [The Omega Man, Boris Sagal, 1971]; Will Smith [I am Legend, Francis Lawrence, 2007], moralista simpático): Matheson podía permitirse construir a un superviviente por pura necesidad, que ha aprendido lo que sabe mediante el ensayo y el error, realizando muchas veces actos desagradables y éticamente reprobables de seguir vigentes normas para la convivencia o leyes. El cine, no. El del científico –o mejor dicho, el del buen científico– era un recurso inmejorable con el que poder explicar las acciones del único hombre de la tierra, sus fines (siempre solidarios) y sus conocimientos. El Neville literario es algo más que un autodidacta: es una persona normal, común, anónima, y sin más característica peculiar que una afortunada inmunidad accidental al holocausto vírico que ha hecho sucumbir a la humanidad. Neville es el héroe probable y cercano, el “podría ser usted mismo” de un anuncio publicitario. A Matheson siempre le interesaron aquellas situaciones que implicaban a ciudadanos corrientes. En la década de los 50, en la que la televisión empieza a equiparar a la gente y a hacerla partícipe de sueños e iconos compartidos, las heroicidades y los liderazgos ya son colectivos. Si es que existen para un mundo que aún se lame las heridas de la Segunda Guerra Mundial.

Es importante tener presente además que el momento en el que Matheson escribe Soy leyenda es de profundo pánico. Existe un miedo cerval y fundado a una posible hecatombe nuclear. No en vano, las bombas en Hiroshima y Nagaski han sido lanzadas hace tan sólo nueve años. La tensión entre las dos grandes potencias y sus bloques aliados está en su punto más delicado, y cualquier tropiezo puede, en el aterrado pensamiento popular, generar un apocalipsis. El cine se trufa de buenos científicos que lanzan mensajes bienintencionados sobre las bondades de la tecnología y del progreso; la literatura tiene ramalazos esperanzadores. Pero Matheson no quiere que se ponga el sol en su mundo, y no es complaciente: Robert Neville es un hombre hundido, desesperado, desesperanzado y en cierto modo también acabado. Soy leyenda es novela de silencios, de descarnada soledad, y, como pocas, tiene abundantes sinónimos y palabras para estos estados de ánimo. Pero no es por ello una novela sin esperanza: simplemente dibuja una hipótesis realista de una situación que se quiere próxima e indeseada.

Al albur del tiempo de Matheson, los vampiros sólo pueden ser explicados como anomalías bacteriológicas, como mutantes. Son los monstruos de esa década: los contaminados por algún tipo de radiación. Al escritor le bastarán apenas dos años más para consagrar la mutación como uno de los temas centrales de su obra: a Soy leyenda le seguirá El hombre menguante, con el que ya, además de consagrarse definitivamente, empezará a obtener reconocimientos y galardones. La mutación, a diferencia de otras maldiciones, es inevitable pero no irreversible; por eso, queda ligada a una cura. A Scott Carey, el hombre menguante, se le busca un remedio clínico, científico (ya no hay recurso a la magia, a lo arcano); Neville intenta salvar a quienes fueron seres humanos mediante la investigación bacteriológica.

La monótona rutina de Neville se reduce a acechar, exterminar, investigar, irse matando poquito a poco con el alcohol, y esperar. Su larga espera es terquedad, cabezonería, carencia de resignación y confianza en sí mismo y en la “legitimidad de su causa”. Neville es el cruzado de otra época, el representante del cambio inamovible. Es una notable paradoja porque, mientras combate con la ciencia a sus enemigos, se enroca en el pasado, en lo caduco, en el vestigio.

A la vez que espera, observa; ha sido así como aprendió a sobrevivir. Afuera, de noche, se arremolinan los vampiros, dispuestos siempre a que él cometa un error o simplemente decida inmolarse. Acuden ritualmente a un asedio que se inicia protocolariamente con el saludo de Ben Cortman: “¡Sal, Neville!”. Cortman es una gran invención de Matheson, pues no es sólo el heraldo de esta caza al hombre sino también el rescoldo de un pasado que hiere a Neville (como ex-vecino y amigo que un día fue). A él precisamente, a quien le afecta estacar a cada vampiro, quien tuvo que quemar el cadáver de su hijita y enterrar en dos ocasiones, una muerta y otra no-muerta (en una escena memorable que se lo debe todo al regreso de ultratumba de Lucy Westenra en Dracula), a su esposa Virginia. Sarcástico, ha perdido ya la capacidad de sorprenderse. “¡Con qué rapidez acepta uno lo increíble si lo ve a menudo!”, reflexiona en el paroxismo de su inconsciente derrota. Y a menudo no ve más que vampiros que parecen zombis: “No hablaban entre sí. Nunca lo hacían. Daban vueltas y vueltas, infatigablemente, como lobos, sin mirarse jamás”.

¿Le recuerda al lector algo esa estampa? Le sirvió en 1968 a George A. Romero de chispazo para La noche de los muertos vivientes (The Night of the Living Deads), el filme seminal del que nacería toda la apabullante cinematografía sobre el zombi. Romero convirtió así a Richard Matheson en el involuntario padre de la descerebrada criatura. Y no sólo: años más tarde, en 1977, también del emo, al adaptar Hijo de sangre -justamente el cuento en el que el autor hacía de la lectura de Dracula una obsesión compulsiva- bajo el título de Martin.

Matheson, ese autor que se nos acaba de ir, es una eminencia para la cultura popular. O mejor dicho: una leyenda.