El Día de la Auditoría Final había llegado para ella, había llegado y pasado. La habían juzgado y el juicio era favorable. Experimentaba una alegría total y absoluta. Y, como una mariposa entre novas, aleteaba en su ascenso hacia la luz.” (Philip K. Dick, Laberinto de muerte)

SPARTH-Ellipsoid-complex

Complejo Elipsoide
Ilustración realizada por Sparth (Nicolas Bouvier)

Si la palabra de Philip K. Dick se considerara dogma de fe, sus relatos funcionarían como doctrina de una religión cuyo primer postulado decretara que sus textos son artefactos de análisis obligatorio para el lector. Nada de fe ciega, pero sí interpretación preceptiva. Todas las personas serían exégetas en el Dicktianismo y estarían continuamente enfrentadas a preguntas sobre la naturaleza de la realidad que les rodea. Los creyentes vivirían cuestionándose una y otra vez su propia existencia e imaginando qué hay más allá del umbral del sueño que perciben como materia, dónde están los límites de esa ficción y qué ocurriría si se levantara el velo de lo imaginario.

Con la misma tela con la que se separa lo real de lo ficticio está tejida Laberinto de muerte, la última novela del escritor estadounidense que ha publicado en España la editorial Minotauro. En ella, Philip K. Dick utiliza la excusa de 14 colonos desubicados en el inhóspito planeta Delmark-O, para presentar un sistema de pensamiento religioso que parte del principio arbitrario de que Dios existe. ¿Y por qué existe Dios? Porque Dick se lo inventa.

En 1968, dos años antes de que publicara esta novela, Dick conoce en la Convención Mundial de Ciencia Ficción de Berkeley a William Sarill, un fan hasta aquel momento y un amigo a partir de entonces. Una noche de ese mismo año, el escritor y su amigo se embarcan en una discusión sobre teología y la naturaleza de Dios. En lo que Sarill recuerda como una diatriba nocturna entre colegas avivada por cannabis, pero sin cannabis, Dick comenzó a encajar en su mente lisérgica las piezas de una religión gnóstica en la que todo el mundo creyera en Dios porque su existencia estaba perfectamente demostrada.

Los pilares de la religión de Laberinto de muerte se cimientan en “Cómo me levanté de entre los muertos en mi tiempo libre y también usted puede hacerlo”, el Libro de A. J. Spectowky que los colonos de Delmark-O veneran. Specktowsky, “el gran teólogo comunista del siglo veintinuno”, organiza las nuevas creencias a través de un sistema lógico con una gran Deidad y su contraparte. La gran Deidad de Specktowsky está dividida en tres manifestaciones: el Caminante, que aparece con forma humana para aconsejar a las personas; el Intercesor, que soluciona determinadas situaciones para evitar desastres; y el Mentufactor, la manifestación suprema, que crea el universo y todo lo que hay en él, e impulsa los procesos de renovación y cambio. La némesis del Mentufactor es el Destructor de Formas, heraldo de decadencia y muerte.

Los protagonistas de la novela son plenamente conscientes de la existencia de la Deidad -alguno se encuentra con el Caminante-, y viven aferrados al Libro de Specktowsky. Conocen la existencia de planetas “deíficos” en el universo, que sirven como antenas y aumentan el poder y el alcance de sus plegarias, así que, cuando rezan, a la vez esperan que sus peticiones lleguen a uno de estos mundos y se hagan eco en el Intercesor. Todo el sistema funciona de maravilla hasta que Dick, que se esconde en varios capítulos de la novela para dejar paso a un argumento de misterio y asesinatos, aprieta el interruptor y todo se viene abajo.

Philip K. Dick arrampla con el cristianismo, el islamismo, el zoroastrismo, el judaísmo y el budismo, transformándose en Baruch Spinoza, un golpe de efecto que prepara desde el principio de la novela. Spinoza, una de las mentes más lúcidas del siglo XVII, destruye en su Tratado teológico-político (1670) la base milagrosa de cualquier religión. El milagro, una intervención sobrenatural de origen divino que no tiene explicación según las leyes naturales, es para Spinoza -Dick- incompatible con la existencia de Dios.

“Así como los hombres han acostumbrado a llamar divina a aquella ciencia que supera la capacidad humana, así también han llamado obra divina u obra de Dios a aquella obra cuya causa es ignorada por el vulgo. El vulgo, en efecto, cree que el poder y la providencia de Dios no están nunca tan patentes como cuando ve que sucede en la naturaleza algo insólito y opuesto a la opinión que sobre ella ha recibido, especialmente si ello redunda en provecho y comodidad propia.” (Capítulo VI. De los milagros)

Vivimos sometidos a las leyes de la naturaleza y esas leyes han sido creadas por Dios, que es infalible -argumentaría Spinoza-. La creencia común es que los milagros se saltan las leyes de la naturaleza, lo que significaría una debilidad de Dios. Si existe Dios, por tanto, es imposible que existan los milagros. Si no existen los milagros y las leyes de la naturaleza son inmutables, puesto que son reflejo de Dios, rezar pidiendo una intervención divina no tiene sentido, ya que si modificara sus leyes no sería perfecto y, entonces, no sería Dios.

Philip-K-Dick-Fabulantes

Con Philip K. Dick las deidades supremas duran poco más de una calada.

El autor estadounidense, que nació en 1928 y murió en 1982, pasó los últimos ocho años de su vida ordenando unos escritos gnósticos de 500.000 palabras (The Exegesis) en los que reflejaba su particular epifanía. Dick abusó del LSD, de las anfetaminas y de muchas otras drogas, como se aprecia en esta novela. Laberinto de muerte es una farmacopea en algunas ocasiones y, en otras, es una ventana a las experiencias lisérgicas. Unas experiencias desde las que Dick creó dioses y los destruyó, a medida que éstos aparecían en sus particulares visiones. Con él, las deidades supremas duraban poco más que una calada.

Philip K. Dick es el cine de David Lynch con banda sonora de Queens of the Stone Age. Su universo está plagado de desviaciones que indican área de servicio y terminan en escabrosos senderos de montaña. Los Dicktianistas leen con el corazón en un puño, temerosos y anhelantes del momento en el que el genio del maestro de Chicago derribe el palacio de naipes que ha levantado durante páginas y páginas, lo queme y sople sobre sus cenizas. Ellos intuyen -la certeza está prohibida en su doctrina- que cuando la nube de humo se disperse, las cartas seguirán erguidas, en un complicadísimo equilibrio, y que quizá nunca se hayan caído. En estos momentos de escalofrío, de cerrar el libro y volver a abrirlo, Dick es tan autor de terror como de ciencia-ficción.

Esta reseña se queda corta por muchas razones. Una de ellas -la más importante- es por ignorar el argumento y las claves que aparecen al final del libro. Los que no hayan leído Laberinto de muerte y los que no tengan un tatuaje de Persus 9 me lo agradecerán. Elevo una plegaria al Mentufactor, con la esperanza de que rebote amplificada desde algún mundo deífico, para que los demás me perdonen. Y me comprendan. Y se pierdan en Delmark-O y su Laberinto de muerte.