Conan y Belit Maria Emege

El Cimmerio y Bêlit, la Reina de la Costa Negra.
Ilustración realizada por María Emegé para Fabulantes.

Algunos le conocimos con el rostro picado con martillo y escoplo de Arnold Schwarzenegger, en una de las reposiciones, siempre necesarias, del Conan de John Milius; otros tal vez lo hicieron con los tebeos de Roy Thomas y John Buscema o dando rienda suelta a la imaginación mientras contemplaban unos dibujos de Frazzeta. Y otros, evidente como el peso de una espada forjada de una sola pieza, no han parado de seguir al asesino de pelo negro desde que leyeran en un libro las líneas “Conan- Robert E. Howard”. El personaje creado por “Bob Dos Pistolas”, como es costumbre, no se detiene ante nada ni ante nadie; el paso del tiempo, el olvido, el mayor enemigo de los héroes, nunca fue problema para el cimerio.

La reina de la Costa Negra y otros relatos de Conan, uno de los tantos títulos de la serie Letras Populares de la editorial Cátedra, supone el último esfuerzo a la hora de publicar las aventuras de dicho guerrero en castellano. Con una puntualización. En este caso, la pretensión de Javier Fernández, director junto a Ana Belén Ramos de la citada colección, ha sido la de ofrecer una edición lo más ajustada posible al original, dejando por el camino las alteraciones de escritores como Lyon Sprague de Camp, algunas de las cuales llegaban a afectar sustancialmente los textos. Para ello, esta nueva traslación al castellano parte de las reconstrucciones americanas de Wandering Star/Del Rey, encargadas de una cuidada restauración del corpus completo de las aventuras del personaje de Howard.

Los textos tomados por Javier Fernández, elegidos en su mayoría como “lo mejor de Conan” según sus propias palabras, son buena muestra del poderoso embrujo del guerrero de Cimeria. En su lectura, la imaginación exaltada de Howard se une a una prosa con vigor que empapa las páginas del óxido de la sangre y la magia, que sobrevuela el tiempo, incandescente como el sermón que inflama los corazones de aquellos que escuchan de noche junto al fuego, de resonancias míticas a pura fuerza de repetir, como se repite una oración. Porque es bien cierto que “Bob Dos Pistolas” se ganaba la vida en las revistas pulp (El fénix en la espada, el relato con el que se estrenó el personaje en un Weird Tales, se publicó en 1932) y recurrir a la repetición de frases y esquemas prefijados le permitía cumplir su trabajo con celeridad y no sufrir más de la cuenta a fin de mes. Sin embargo, en su prosa se palpa algo más que el simple apremio de una fecha de entrega.

“Al escribir, siempre me he sentido menos su creador que un simple cronista de las aventuras conforme éste me las iba contando” comenta Howard en una carta a P. Schuyler Miller. Así, el escritor intercala periodos de la vida de Conan sin seguir una cronología fija, siendo ahora Conan un rey, ahora un simple pirata. Howard no es sólo el cronista, el escriba que recoge las gestas pseudo-históricas y pensamientos melancólicos del bárbaro, es el aedo que canta y narra en banquetes las aventuras que piden los comensales. “Homero, cántanos aquella de cómo Odiseo engañó a los troyanos” decía alguien y, entonces, el ciego entre ciegos cogía su cítara y pasaba a entonar los versos. De la misma manera, nosotros cogemos “El fénix en la espada porque queremos verle como rey acechado por intrigas palaciegas; o “La torre del elefante”, donde tiene lugar un enfrentamiento divino-cósmico; o “Más allá del río Negro”, por ver al bárbaro en la frontera física y espiritual entre naturaleza y civilización. Sin más orden que el propio interés y gusto del lector. Los aires de epopeya clásica, de hecho, se afirman al comienzo de El fénix en la espada. “Sabe, oh, príncipe, que entre el periodo en que los océanos se tragaron la Atlántida y las ciudades relucientes y el del surgimiento de los hijos de Arias hubo una era inimaginable, de reinos brillantes que se extendían sobre el mundo como mantos azules bajo las estrellas. […] Y allí llegó Conan, el cimerio, pelo negro, hosca mirada, espada en mano, un ladrón, un saqueador, un asesino, de gigantescas melancolías y júbilo gigantesco, para pisotear con sus sandalias los tronos enjoyados de la Tierra”, narran Las crónicas nemedias, trayendo a la mente el “Canta, oh, musa, la cólera del pélida Aquiles”.

Robert-E-Howard

Robert E. Howard, “Bob Dos Pistolas” (1906-1936), en la más famosa fotografía que se conserva de él. Se vio reflejado en todos los héroes que creó, con los que soñó que se evadía de su realidad texana.

Gigantescas melancolías las de Conan, quien vaga por el continente hiborio fiel a su espada y a sus principios. Un personaje en el que se ha querido ver, Javier Fernández cita para ello a Rusty Burke, un trasunto en la fantasía épica del detective de Dashiell Hammet, poseedor de “una actitud fuerte y cruda hacia la vida […], (una actitud) cínica y mundana atemperada por su propio y estricto código moral”. Fundamental en una época donde el engaño y el puñal se encuentran más veces de las deseadas. Conan, individuo de libertad radical, viaja por el continente y toma contacto con los diferentes pueblos y naciones que encuentra a su paso manteniendo siempre sus valores con firmeza, alejados del contagio de las convenciones, de lo que algunos consideran normal y que no es sino la excusa para el buen vivir de ellos mismos. Es la Justicia la que impera en sus manos al comienzo de “La reina de la Costa Negra”, cuando es llevado a un tribunal por conocer a un muchacho que había ensartado a un guardia del rey que intentaba abusar de su novia, y reprendido por no contarle al juez a dónde habían huido. “Entonces el tribunal montó en cólera, y el juez soltó un discurso sobre mi deber con el estado y la sociedad, y otras cosas que no entendí, y me ordenó que revelase dónde había escapado mi amigo. A esas alturas era yo el que montaba en cólera, pues ya había explicado mi postura”. El Estado, la super-estructura en la que el individuo queda subsumido y convertido en sujeto, y por el que algunos esperan un “gracias”, se topa de frente con la ley natural de Conan. Con la libertad, auténtica, consustancial al guerrero de melena negra y valor clave de la obra. En su aferrarse al presente más inmediato, en un mundo de razas y reinos que emergen y caen, Conan se agarra con firmeza a la vida. De manera vibrante, la libertad se extiende allí por donde pasan las botas del cimerio, con un grito de pasión que agita el pecho del que lee. Robert E. Howard habla, pues, de autonomía. Y de espadazos, por supuesto. El marasmo de referencias e intertextualidades sería inútil sin la energía de los mandobles de Conan. Para disfrutar, basta con embeberse de sus lecciones de acero, tramadas en una mente que lucha a toda velocidad tratando de escapar de un nuevo entuerto.

Más placeres debería haber en la vida semejantes a la mezcolanza de la magia negra de medallones y talismanes de poder, criaturas preternaturales, aventuras y traición de Conan. Howard, al crear a su personaje más famoso, le dotó de un ansia implacable por ser él mismo, por seguir siéndolo y por no dejarse aplastar. Una enseñanza que debería estar bien fija en el día a día de cualquiera. Es el código del guerrero, del futuro rey, del vagabundo y, al final, de quien respira dignidad y no se vende.