Entrevista Barry Hughart Nuño Conde fabulantes

“El benevolente encuentra regocijo en las montañas; el sabio disfruta las aguas”.
Ilustración de Nuño Conde para Fabulantes

Barry Hughart nació un 13 de marzo de 1934 en Peoria (Illinois) y, hasta donde sabemos, aún sigue vivo. Un tipo celoso de su intimidad, como una suerte de J. D. Salinger de la Fantasía, el autor de la trilogía del Maestro Li y Buey Número Diez (Puente de pájaros; La leyenda de la piedra; Ocho honorables magos, todos ellos editados por Alamut y Bibliópolis Fantástica) ganó el Premio Mundial de Fantasía y el Mythopoeic. Después de conseguir el éxito con estos tres libros, dejó misteriosamente de escribir. En Fabulantes intuíamos, con fundamento, que detrás del anonimato voluntario se encontraba una persona lúcida e interesante y por eso quisimos charlar con él.

La presente entrevista es la única que ha concedido a un medio en castellano. En ella hace gala de un gran sentido del humor (como su Maestro Li) y de una contundente honestidad (como Buey Número Diez). Repasa libros propios y ajenos; cuenta anécdotas con William Goldman y Robert Redford; habla de sus amores platónicos; nos revela entresijos de su trabajo como guionista y nos descubre sus filias y sus fobias. La conversación es como sus libros: divertida, a veces sombría, melancólica. Y sobre todo, chispeante.

Fabulantes: Como bien dice el Maestro Li, nosotros también tenemos un pequeño defecto en nuestro carácter (varios, probablemente) y creemos que todo el mundo debería tener uno. ¿Cuál es el suyo?

Barry Hughart: La pereza.

F.: ¿Qué estaba usted haciendo justo antes de responder este email?

B.H.: Seguía mi rutina: responder a los correos, leer, escribir, quizá jugar al tenis, unas cervezas, Scotch, lo que sea…

F.: Vive usted en Tucson, Arizona, pero antes pasó por Illinois, Korea, Japón, Nueva York… ¿Por qué decidió mudarse allí?

B.H.: No he vivido en Illinois desde que tenía nueve años. Conocí Tucson a los 12, pero antes, como decis, vivía en Nueva York. No hay comparación entre los dos sitios. En Tucson todo se mueve a un sexto de la velocidad de allí. Cuando me cansé de una existencia frenética, me compré una choza en Tucson y me mudé aquí.

F.: Tucson está muy cerca de la frontera con México. ¿Cómo se vive allí el debate sobre el plan de reforma migratoria que está tratando la administración Obama?

B.H.: Es pura cháchara. La realidad es que los hispanos suelen votar demócrata y los republicanos acabarán con cualquier iniciativa en el Congreso que pueda ayudar a sus malvados oponentes.

F.: Sirvió usted en el ejército de Estados Unidos en los años 1950, ¿cómo fue la experiencia y a qué se dedicaba?

B.H.: Me enrolé en las fuerzas aéreas en 1956 y pasé todo el servicio en el lejano oriente, principalmente en Japón. Residía en el Área 12, que es, o era, una base de almacenamiento de armas nucleares. Hacía labores de mantenimiento e instalación de las bombas en los aviones. ¿Suena excitante? Pues era mortalmente aburrido y nunca maltrataría a vuestros lectores contando más detalles sobre aquella época.

F.: ¿Qué opinan sus antiguos camaradas de armas de sus libros?

B.H.: No opinan nada porque no se los han leído. No tendrían el mínimo interés en hacerlo.

F.: ¿Le han llevado sus viajes alguna vez por Europa?

B.H.: Algo así. He hecho un par de paradas técnicas en París y en Marsella, y alguna parada de descanso en Londres para beber, ya que es el sitio más alcohólico de todo el jodido mundo. No tengo recuerdos muy vívidos de mis estancias, excepto algún otro polvo que me echaron con muchísima destreza y la sorpresa al descubrir la poca diferencia que existía entre las diversiones sexuales y los juegos en varias culturas de allí. Nunca he estado en España, así que quizá la iluminación me esté esperando allí.

F.: ¿Y en China ha estado alguna vez?

B.H.: ¿Creéis que Estados Unidos permitiría que un tipo que trabajaba con armamento nuclear fuera apresado por Ming, el Despiadado?

F.: Entonces, ¿cuál fue el origen de la etiqueta “la antigua China que nunca existió”, que se usa para publicitar sus novelas?

B.H.: Creo que añadí aquello porque algún editor estúpido insistía en murmurar “novela histórica” cada vez que hablaba de mis libros.

Claire-Bloom

El amor platónico de Barry Hughart fue Claire Bloom. Esta actriz inglesa fue musa de Chaplin en Candilejas, e hizo de mujer independiente y con carácter (papel en el que se especializó) en The Haunting (1963, Robert Wise), basada en la novela de Shirley Jackson La maldición de Hill House (Valdemar, 2008).

F.: ¿Qué le empujó a escribir y qué sacó primero: los personajes o las historias?

B.H.: Nunca dudé de que me dedicaría a escribir desde que una de mis tías me leyó los libros de Alicia (Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del espejo) cuando tenía seis o siete años. Los personajes y las historias son simbióticos, y nunca sé cuál me llevará a qué.

F.: Tenemos entendido que trabajó usted en una tienda de libros en Nueva York. ¿Qué nos puede contar de aquello?

B.H.: Lenox Hill Bookshop, ahora desaparecida, en el 1186 de Madison Avenue. Era un vecindario muy caro y exclusivo, y teníamos una clientela a juego del mismo: Sulzburgers (sic) que poseían el New York Times, mi amor secreto Claire Bloom, Míster “Butch Cassidy” William Goldman y el tipo que interpretó a Sundance, Robert Redford -yo les presenté-… Demonios, hay más nombres famosos de los que me molestaría en contar.

Añadí la etiqueta “la antigua China que nunca existió porque algún editor estúpido insistía en murmurar “novela histórica” cada vez que hablaba de mis libros

F.: Imagínese usted dentro de la librería. Llega un cliente y le pregunta por un tal Barry Hughart y por sus novelas. ¿Qué le contaría usted? ¿Dejaría la tienda con una sonrisa y cierta intriga?

B.H.: Le diría que el material tiende hacia lo bufonesco, en ocasiones obsceno, que trata de grandes aventuras y no está mal escrito. El autor puede ser divertido a veces, pero hay que ser cuidadoso con él después de su cuarta bebida. No sé cómo se iría el preguntón; supongo que depende de él.

sundance-kid-Redford

El cuatrero Sundance Kid, con los rasgos (polvorientos) de Robert Redford. Su carrera cinematográfica aún estaba en los inicios: cuatro años después de tomarse esta fotografía, volvería a coincidir con Paul Newman en un papel de vividor: era un mangante más en El golpe (The Sting, George Roy Hill, 1973).

F.: ¿Influyó su trabajo en la librería a su labor como escritor?

B.H.: No realmente. Comencé a escribir tan pronto como me pude forzar a hacerlo. En ruso el término escritor quiere decir “el que tiene callos en el culo”. Creo que eso lo describe bien.

F.: ¿Y cuál fue la petición más extraña a la que tuvo que enfrentarse cuando trabajaba allí?

B.H.: Un artista masculino bastante conocido nunca dejó de suplicarme para que fuera su modelo (desnudo), dos veces a la semana durante tres años. Un día desapareció y asumí que estaba encerrado con camisa de fuerza.

Si un cliente me preguntara por mis libros,  le diría que el material tiende hacia lo bufonesco, en ocasiones obsceno, que trata de grandes aventuras y no está mal escrito. El autor puede ser divertido a veces, pero hay que ser cuidadoso con él después de su cuarta bebida

F.: ¿Qué lee ahora mismo?

B.H.: Estoy poniéndome al día con algunas ideas. Acabo de empezar El silencio del cuerpo (Acantilado, 2006), de Guido Ceronetti y Las bodas de Cadmo y Harmonía, de Roberto Calasso (Anagrama).

F.: ¿Hay algún escritor joven que le haya impresionado recientemente?

B.H.: Los escritores jóvenes son ahora tan listos, pulidos y brillantes para bailar claqué sobre las páginas y dejar grabadas las palabras “significativo” o “relevante” que me ponen enfermo.

F.: ¿Qué libro recomendaría a alguien que acabara de leer sus novelas?

B.H.: Uno antiguo, El último unicornio (Martínez Roca, 2008), de Peter S. Beagle, y uno verdaderamente antiguo, El circo del doctor Lao (Berenice), de Charles Finney.

F.: ¿Cuál fue su libro de cabecera para acercarse a la mitología China?

B.H.: La leyenda de la piedra (Nota: The story of the stone es el título original de la segunda novela de Barry Hughart, pero también es el nombre popular de Sueño en el pabellón rojo, redactada en el siglo XVIII y considerada como una de las obras maestras de la literatura china. Este gran clásico de Cao Xuequin ha sido editado en castellano por Galaxia Gutenberg en 2010).

F.: ¿Y qué libro escogería si fuera el Maestro Li, un académico y un hombre lleno de humor?

B.H.: Flor de ciruelo en vasito de oro. Libro de las Primaveras y los Veranos, Jin Ping Mei (Destino).

Los escritores jóvenes son ahora tan listos, pulidos y brillantes para bailar claqué sobre las páginas y dejar grabadas las palabras “significativo” o “relevante” que me ponen enfermo

F.: Ya que hablamos de novelas, ¿por qué dejó usted de escribir?

B.H.: Estaba comenzando a repetirme. Desde que lo dejé he estado haciendo un poco de esto y un poco de aquello.

F.: En alguna ocasión ha mencionado que su idea original era hacer una serie compuesta por siete libros. ¿Qué ideas tenía para ellos? ¿Las recicló y las incluyó en los libros publicados?

B.H.: Es una cuestión demasiado extensa como para adentrarse en ella, pero no reciclé nada de lo que tenía pensado. Además, no tengo ninguna intención de volver a las novelas.

F.: Siempre ha resultado difícil catalogar sus historias y, en ocasiones, confiar en una etiqueta como “fantasía” o “misterio”, “novela de detectives”, no es justo con ellas. Siempre hay determinados aspectos olvidados si nos atenemos a una de estas categorías. ¿Cómo las describiría usted?

B.H.: Creo sinceramente que inventé un nuevo género y me quedé estupefacto cuando vi que las habían arrojado en el cajón de la “Espada y Brujería”. No es el autor el que tiene que decidir cuándo crea un nuevo género, son los lectores, y todavía continúo esperando su decisión.

F.: ¿Cuánto tardó en escribir cada uno de los libros?

B.H.: El primero (Puente de pájaros, 1984) fue eterno, porque estaba inventado un estilo y una historia, pero los demás fueron más duros, aunque más rápidos, porque ya no tenía la excitación de estar creando algo nuevo.

F.: ¿Cuánto tiene usted del Maestro Li y cuánto de Buey Número Diez? ¿Cómo son de reales sus expresiones y sus pensamientos?

B.H.: Tengo buena parte de Li Kao, limitado por el hecho de que él es mucho más listo que yo, y un poco de Buey, ya que él es completamente honesto y virtuoso. No sé muy bien a qué os referís con “reales”, pero diremos que si sus expresiones funcionan, entonces fui yo quien las creó y, si no, entonces fue algún canalla impostor que se coló por la noche a falsificar el manuscrito.

F.: ¿Ha llorado alguna vez con sus personajes? ¿Quién le ha hecho reir más y cuándo?

B.H.: Sí, lloriqueé junto a mi bailarina (Puente de pájaros) e incluso con el secundario Doctor Muerte. El Chico Luna (La leyenda de la piedra) fue el que más me hizo disfrutar y recomiendo encarecidamente que lo reclutéis cuando os envíen al infierno.

Creo sinceramente que inventé un nuevo género y me quedé estupefacto cuando vi que las habían arrojado en el cajón de Espada y Brujería. No es el autor el que tiene que decidir cuándo crea un nuevo género, son los lectores, y todavía continúo esperando su decisión

F.: ¿Y cuál es su villano favorito y el más desagradable?

B.H.: El favorito es mi titiritero (Ocho honorables magos), que es a la vez un héroe, y cuando da una lección de esgrima a un noble imbécil es uno de mis momentos favoritos. No suelo escribir nada desagradable, pero si tengo que escoger, me encogeré de hombros y diré que su hijo, Malicia, era poco apetecible.

F.: Sus personajes femeninos son siempre vitales en el desarrollo de las tramas. Aportan consistencia y soluciones a sus historias. ¿Cómo los construye?

B.H.: Las mujeres tienen que ser tan importantes como los hombres, o si no el escritor se desmaterializará con un soplo de viento (¡Dios, cómo me hubiera gustado haber creado a Milady en Los tres mosqueteros!), pero no pienso mucho sobre ellas. Sólo me dedico a ponerlas en el lugar y dejar que ocurra lo que resulta más natural.

Tengo buena parte de Li Kao, limitado por el hecho de que él es mucho más listo que yo, y un poco de Buey, ya que él es completamente honesto y virtuoso

F.: Uno de los pasajes más memorables de sus novelas es la visita al inferno que usted mencionaba antes: es fresco, entretenido y sorprendente. ¿Cuál es su episodio favorito y cuál fue el más divertido para escribir?

B.H.: Supongo que el capítulo del infierno está ahí arriba, entre los mejores, pero mi favorito ocurre muy temprano en Puente de pájaros, porque es el que establece todo lo posterior: “De cabras, oro y Shen el Avaro”, que además fue el más divertido de escribir (nota: Barry Hughart incurrió en un error en su respuesta. Efectivamente, nos dijo que el capítulo, que es el quinto de Puente de pájaros, se titulaba “Of Ghost, Gold and Miser Shen”, que en inglés significaría literalmente “De fantasmas, oro y Shen el Avaro”).

F.: Los tres libros muestran un tremendo sentido del humor. ¿Por qué decidió hacerlos de este modo?

B.H.: He intentado escribir para críticos serios y me di por vencido a las diez páginas. No puedo decir que no me haya reído a lo largo de mi vida, pero los únicos que no se ríen son los no que no están vivos.

F.: ¿Ha releído alguna vez sus libros? ¿Cómo le hacen sentir?

B.H.: De vez en cuando vuelvo sobre alguno de los pasajes y me sorprendo por las pocas páginas mediocres que hay en Puente de pájaros y las muchas que tienen los otros dos. De alguna manera, me hacen sentir de la misma forma que cuando los escribí.

F.: En un periodo muy corto de tiempo consiguió el Premio Mundial de Fantasía y el Mythopoeic. ¿Cuál fue su reacción y qué supuso para usted?

B.H.: ¿En serio? No significaron nada para mí.

F.: Bosque Mitago, de Robert Holdstock, fue la otra gran novela de fantasía que resultó aclamada cuando usted escribió Puente de pájaros. ¿Qué opinión le merece?

B.H.: No la he leído; la comencé pero me atasqué. A propósito, el pobre hombre tenía algún fan despreciable. Decidieron que yo no tenía derecho a la mitad del premio, así que sembraron algunas reseñas desagradables, difundieron asesinatos de mis personajes y rumores extraños -cosas fuera de lugar que los lectores rechazaron-. No creo, ni por un momento, que Holdstock supiese algo de todo aquello.

Los únicos que no se ríen son los no que no están vivos

F.: ¿Qué tipo de relación mantiene con sus lectores? ¿Le ha escrito alguna vez algún chino que se haya acercado a sus novelas?

B.H.: Siempre respondo las cartas de mis lectores, pero sólo intercambio correspondencia regular con un par de ellos. Y nunca me ha escrito ningún lector chino, sólo algún asiático-americano, y sus críticas han sido positivas en su mayoría. Hay una traducción de las novelas al japonés, pero no al chino.

Klute movie

La película cuyos diálogos ansió escribir Barry Hughart. Klute es un film de detectives sofisticado, en continua ebullición, como un bourbon.

F.: ¿Qué es lo más extraño que le ha ocurrido en un encuentro con sus lectores?

B.H.: En una ocasión, una pareja de mediana edad de Vermont no terminó de creerse que fuera el verdadero Hughart. Creo que no encajé con la imagen que ellos esperaban, así que nos despedimos con su recelo y mi alivio.

F.: Escribió diálogos para La novia del diablo (La batalla de Satán; The Devil’s Rides Out o The Devil’s Bride), una película británica de 1968 dirigida por Terence Fisher, sobre un guión de Richard Matheson (que adoptaba la novela de Dennis Wheatley, experto en novelas de espionaje). ¿Les conoció alguna vez? ¿Qué opina del trabajo de Matheson?

B.H.: No les llegué a conocer ni tuve ningún contacto con ellos y apenas conocía a Matheson antes de este trabajo, pero creo que sus historias son muy profesionales.

F.: Si hubiera podido escoger, ¿en qué película hubiera trabajado?

B.H.: Extrañamente, en Klute (ídem, Alan J. Pakula, 1971); los diálogos hacen que me hormigueen los dedos de los pies. Y, por un diálogo estemecedor, aunque totalmente distinto, en Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, Robert Hamer, 1949).

F.: ¿Sigue escribiendo pero no publicando o no publica porque ha dejado de escribir?

B.H.: Ambas cosas.

F.: No podemos evitar preguntarnos si, cuando usted muera, alguien encontrará enormes escritos en su casa, como ocurrió con Verne o Kafka…

B.H.: Eso no ocurrirá.

Hangzhou-bridge-Javier-Sauras

Puente sobre el Lago del Oeste de la milenaria ciudad de Hangzhou, China, la que más impresionó a Marco Polo en su Libro de las Maravillas.
Fotografía de Javier Sauras

F.: Y por último, pero no menos importante, ya que Li Kao es un hombre sabio, un maestro y un erudito, y usted es el hombre que ha pasado más tiempo con él, ¿qué ha aprendido de él?

B.H.: A no rechazar nunca una jarra de vino y a despedirme siempre riendo porque es mucho mejor que llorar. Ahora, debo de volver a mi vino. ¡Espero que esta conversación se haya aproximado algo a lo que esperábais!