Hay dos temas imperantes y análogos en la antología En el bosque, bajo los cerezos en flor (Satori Ediciones, 2013), del japonés Ango Sakaguchi (1906- 1955): la perversidad y la pureza. Es habitual encontrar en los tres relatos  que conforman el libro (el que le da título; “La princesa Yonaga y Mimio” y “El Gran Consejero Murasaki”) mujeres bellísimas que atraen infortunios o que conjuran fatalidades. Son mujeres hipnóticas, de piel nívea y enigmática sonrisa, que esclavizan a los hombres con su crueldad y sadismo, que juegan con cabezas disecadas y se bañan en sangre de serpientes. Seres que ordenan matar y que se deleitan con la muerte ajena, como la princesa del segundo cuento: “Quiero que todas las personas que ahora estoy viendo mueran entre convulsiones. Y después quiero que mueran todas aquellas personas que no puedo ver. Las que viven en los campos y las de las montañas y los bosques también. Y también todos los de esta casa. Todos deben morir” (página 96).

cerezos-en-flor-Ango Sakaguchi

Sugerente y muy clarificadora portada a la edición de En el bosque, bajo los cerezos en flor, en la que se representa una de las imágenes más impactantes del relato.

Así de tajantes se muestran al dictar su santa voluntad, su palabra de ley. Y poco a poco, van consumiendo, como vampiresas conscientes o inconscientes, a sus víctimas, hasta vaciarlas y anularlas con una espiral de violencia, de locura, de delirio, que será contada de una forma directa, sin florituras poéticas, descarnada, dura y ruda. De una forma que es la pura extensión del pensamiento enfermo, desquiciado, de sujetos pobres de espíritu y carne (o a veces más de espíritu que de carne). Estas mujeres son hiperbólicas, metafóricas, sublimaciones de una sociedad agotada, acabada, malsana. No en vano las imaginó, las soñó, “una de las principales voces disidentes de su tiempo”, en palabras del especialista Jesús Palacios, autor de las palabras finales a modo de epílogo (necesarias, pues estos cuentos no tienen ni un The End ni mucho menos un Happy End, como en ciertas películas).

El decadente Ango –escribe Palacios- “se sintió atraído por la cualidad provocadora y por la rebeldía contra la realidad que late siempre en el fantástico”. Es una buena frase; una bella frase; una frase que encierra muchas verdades, por definir a un personaje y una época. Sakaguchi fue un crítico disconforme con el concepto de tradición japonés, para él sinónimo de represión y también de desgracia. Vivió la Segunda Guerra Mundial como espectador de horrores, y se convenció de la ineficacia, de la estupidez, de los convencionalismos impuestos en su sociedad a lo largo de los siglos. Sakaguchi quiso, en cierta manera, modernizar a su patria. Fue el gran gurú del movimiento intelectual Buraiha (“escuela de la irresponsabilidad y decadencia”), que pretendía poner patas arriba la superioridad moral japonesa. Aunque más conocido y reconocido por su actividad como ensayista y como autor de novelas policíacas, Sakaguchi fue claramente un hombre de fantástico.

En el bosque, bajo los cerezos en flor está considerada una obra de culto. Inédita hasta ahora en castellano, como sus compañeros de volumen, fue publicada originalmente en 1947, dos años después de las atrocidades bélicas que se dejan sentir en su pellejo. Cuenta la historia de un ladrón -figura “mítica” de las narraciones japonesas- acostumbrado a “coleccionar” esposas, que separa de maridos a los que asalta y asesina. Cuando se topa con la octava, la más perfecta de todas, se siente extraño, atraído irremediablemente hacia ella, condenado a servirla y a satisfacer todos sus caprichos. Sólo es feliz cuando se ve colmada en su sed de sangre, pero ésta jamás parece satisfecha. El relato se desenvuelve en un tono onírico, improbable y sin embargo cercano. Nunca susurrado: Sakaguchi va siempre de frente, angustiando más con su mordacidad, con un sentido del humor agrio, a veces macabro, que con las cuitas de su doliente anti-héroe.

De tema casi idéntico es “La princesa Yonaga y Mimio”. Una mujer perversa subyuga a un joven escultor al que reta a erigir una estatua de Buda, destinada a protegerla. El muchacho, apenas un aprendiz de uno de los más talentosos maestros, esculpirá un verdadero monstruo que tendrá por inspiración la sonrisa de la princesa. En este relato, el tiempo se mueve a una velocidad diabólica, marcado por los continuos fallecimientos de campesinos y aldeanos a consecuencia de una extraña plaga, ante la que se deleita la mefítica muchacha. Su influjo sobre el condenado es aún mayor que el de la esposa ante el ladrón del relato anterior: Mimio se embrutece, se transforma en un ser indiferente, sin sentimientos pero aún con unos escrúpulos que ejercen como conciencia, como contrapunto, de los desenfrenos de Yonaga. Es precisamente en esa diferencia, en esa distancia, donde la música del cuento adquiere una tonalidad siniestra, de una cadencia ofuscada, ante cuyo ritmo cualquier acción o exceso parece posible. Como disecar serpientes muertas.

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Ango Sakaguchi perdido en un caótico mar de papeles, de ceniceros… Como le corresponde por estatus a uno de los mayores disidentes de las letras japonesas.

“El Gran Consejero Murasaki” discrepa ligeramente de sus predecesores en que, esta vez, la perfidia lleva el masculino nombre del burócrata que da título a esta narración: un sátiro lujurioso y depravado que quiere someter a una joven cándida y celestial, vaticinio, a su vez, de un peligro hacia la integridad física. Murasaki también evoluciona, y también actúa a impulsos autodestructivos, como el bandido y el escultor, pero en última instancia logra una mínima redención, de la que Sakaguchi se burla sin contemplaciones hacia el final de este relato, el “más japonés” de la antología. En los otros dos se percibe claramente la cultura francesa del autor (estudioso de la literatura en esta lengua), tanto en la elección de los temas como en su manera de plantearlos y de estructurarlos.

Leer a Sakaguchi es quedarse prendado de sus imágenes, de una fría belleza. En sus páginas se produce una transición natural entre lo hermoso y lo horroroso. Pocos han representado de una manera tan inquietante y abyecta las pesadillas que anidan en todo ser humano, su maldad, su perversión. Para un Occidente que tiene a Japón por un paradigma de lo casto y lo puro en Oriente, las estampas febriles, virulentas, en el borde de la demencia, de Sakaguchi constituyen un impacto, una desorientación. La pérdida de un norte referencial.

Porque Sakaguchi pertenece a la misma escuela de Kaneto Shindo, de Masaki Kobayashi, de Kenji Mizoguchi, directores que filmaron sin tibiezas intricados mundos de extravagancias, en los que lo que está bien y lo que está mal, lo que es sueño o realidad, no tienen acotadas sus fronteras. En Onibaba (ídem, 1964), en El Más Allá (Kwaidan, 1964), en Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu monogatari, 1953), también los bosques de cerezos en flor son sencillamente aterradores. Pretendidos refugios de una inmaculada pureza que son santuarios de perversiones.