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Roberto Innocenti alteró esta lámina de El último refugio para anunciar La niña de rojo. Fabulantes pudo verla en primicia en su casa de Florencia.

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Portada de La niña de rojo, de Kalandraka, un libro que ya se ha llevado algún que otro premio del sector.

Antes de entrar a valorar críticamente La niña de rojo, me gustaría hacer un paréntesis que será muy del agrado de su ilustrador, el gran Roberto Innocenti (Bagno a Ripoli, 1940). Cuando abrí la puerta al mensajero de la editorial Kalandraka -“casa” de Innocenti en España- que traía el libro, con el cuidado que se da a una pieza de coleccionista y con la etiqueta reciente del premio Llibreter dado por los editores catalanes, tuve una grata sorpresa: por primera vez desde que estoy en esto, venía acompañado por su hijo. El muchacho era muy joven: no debía de tener, si los tenía, más de diez años; era pelirrojo como una zanahoria y bastante alegre. Él mismo me hizo entrega del paquete. Exterioricé una gran sonrisa –la interior era aún más ancha- y pensé en cuánto de metafórico había en ese sencillo acto. Un niño entregándome un libro para niños. El mejor mensajero posible.

Si a Roberto Innocenti le llegase esta anécdota estoy convencido de que le agradaría. Se sentiría hasta orgulloso, él que en tanta estima tiene a los niños, su público potencial de los últimos 30 años. Para ellos ha ilustrado, de un modo vívido y actual, varios de los clásicos de la literatura universal: Cenicienta; La Bella Durmiente; Canción de Navidad; Pinocho… Innocenti, premio Andersen 2008 (el Nobel de la ilustración), no es sólo uno de los cuentacuentos fundamentales de estos seis lustros sino también uno de los mayores pedagogos. Porque, como bien dijo a Fabulantes: “[…] Se piensa que con los niños hay que ser buenos, dulces, simples. Sobre todo simples, porque, claro, los niños son poco inteligentes. Y eso es falso, porque […]  tienen la mente más libre de problemas que nosotros los adultos, y es por eso que están más atentos a rellenarla de toneladas de información antes de sentirse libres de afrontar nuestros problemas. Son idóneos para aprender. La infancia es la mejor edad para entenderlo todo”.

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Irrumpe el peculiar lobo de Innocenti para ejercer de falso cruzado en estas láminas que demuestran el incontestable talento del artista florentino.

Sus cuentos, patrimonio de esa humanidad que es la infancia, han hecho que niños de distintas generaciones y latitudes geográficas desarrollen su imaginación y su capacidad para reflexionar, para hacer preguntas, para descubrir cosas. Caperucita roja o La niña de rojo, título puesto por The Creative Company, la editorial estadounidense que tiene los derechos de sus obras, sigue esta estela didáctica. Innocenti nos cuenta un “Caperucita Roja globalizado […] que se desarrolla en la periferia de una ciudad cualquiera del mundo, con sus centros comerciales, su hormigón… pero que mantiene intacta la trama del original”. Una trama “reescrita ligeramente” en la que “el bosque es un gran centro comercial sin un solo árbol”.

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El estresante (y contaminado) bosque que atraviesa la niña Sofía en su periplo hasta la casa de su abuelita.

Innocenti propone una “versión periférica” del cuento con la que se sentirán identificados muchos chicos para quienes los escenarios del libro suponen su realidad diaria. Tradicionalmente alejados del primer plano protagonista, cuando no olvidados o marginados, los niños de la periferia difícilmente habían encontrado, hasta la iniciativa del ilustrador florentino, no ya una voz sino un punto de amarre en el clasista mundo de los cuentos. Innocenti les hace guiños continuos mientras convierte cada lámina, cada “viñeta”, en un escaparate de sensaciones. Utiliza los tonos más grises de todas las paletas cromáticas para representar la tristeza de ese bosque sin árboles, de esa tragedia, y llena cada recoveco de pequeños detalles que son información extremadamente útil para sus espectadores. Se comunica con ellos en un lenguaje fuertemente visual, que busca la comprensión a través de la identificación de lugares, de escenas y de situaciones comunes, sin necesidad de recurrir al texto, simple añadido que generalmente no merece, por quedar desplazado por las imágenes, mayores comentarios.

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Rutina y partida de la heroína en tan sólo tres imágenes, en las que se alumbra “el mundo de Sofía”.

Por desgracia, el de La niña de rojo es una excepción, aunque por cuestiones ajenas a su propia calidad. Es responsabilidad del especialista Aaron Frisch, quien fuera uno de los más notables escritores de libros infantiles de su país, Estados Unidos, además de miembro de pleno derecho de la plantilla de The Creative Company. Del laureado Frisch hay que hablar en pasado, pues falleció a principios de 2013 a la edad de 37 años. Para nosotros, el saber que puso poesía a las acuarelas de Innocenti nos supone un impagable legado.

Crítico con el consumismo a partir del dibujo de estampas cotidianas, La niña de rojo encierra la moraleja, tan Innocenti, de que los niños son seres inteligentes y sensibles a los que deben ofrecerse productos “adultos”, no edulcorados ni caramelizados. La selva que atraviesa Sofía, la Caperucita Roja de este cuento, es hostil y salvaje, depravada -y ahí están la abundancia de referencias a Silvio Berlusconi, bestia negra del ilustrador, para atestiguarlo- y despiadada. Real como la vida misma, el maestro florentino prepara a sus niños para el mundo de afuera. Y se permite hacerlo sin abandonar su fresca sonrisa ni su risa pícara de hombre afable. Son los estados naturales del titiritero que lleva intentando construir un mundo mejor desde hace 30 años. Gestos cómplices para niños despiertos.