Psyche-and-Pan-Edward-Burne-Jones

Psyche y Pan, lienzo pintado en 1874 por el artista Prerrafaelista británico Edward Burne-Jones

El gran dios Pan y otros relatos de terror valdemar

Recientemente, Valdemar ha reeditado en su sello Gótico esta imprescindible antología de Machen.

Como si estuviéramos inmersos en otro ataque pendular, de un extremo al otro, da la impresión de que nuestro reverenciado Lovecraft, antiguo desconocido y todavía hoy relativamente oculto más allá de ciertos círculos, hubiera eclipsado a todos sus antecesores y éstos no contaran sino como simples antecedentes suyos; losas en el camino cuya única importancia fuera la de pavimentar la senda que conduce hacia la estatua del escritor de Providence. Pero los Lord Dunsany, Blackwood, Bierce, Chambers o Arthur Machen, tienen, evidentemente, una importancia y un significado radical, por sí mismos, aspecto que  editoriales como Valdemar se esfuerzan en recordar con esmero.

El gran dios Pan y otros relatos de terror, de la colección El Club Diógenes, recoge cuatro de los más citados relatos de terror de Arthur Machen: el que da nombre al libro, La luz interior, La novela del sello negro y La novela del polvo blanco. En ellos, Machen imprimiría con fervor de poeta su particular visión del mundo a la que no privó ni un instante de su propio pasado galés. Nacido en Caerleon-on-Usk, este enclave en tierras galesas, punto de encuentro de Historia y fantasía, supondría uno de los principales acicates del autor a la hora de escribir gracias a su trasfondo de leyendas celtas y ruinas abandonadas en agrestes campos. Este aire de ensoñación romántica encontraría un singular compañero de viaje en el agitado fin de siécle y años posteriores, bullente época donde la confianza en la Razón como único modo de aproximación al conocimiento verdadero da paso a ciertas dudas sobre sus fundamentos. Científicos y pseudo-científicos, también ocultistas, interesados por el esoterismo (a este respecto, cabría decir que Machen fue miembro de la Orden Hermética del Amanecer Dorado, o Golden Dawn, por un corto periodo de tiempo) y los así llamados magos, comenzaron a penetrar en las capas del pensamiento, desde la superficie hasta el fondo y vuelta hacia la superficie, resquebrajando ciertas ideas asentadas y preconcebidas. Son los años de Marx, Freud o Lombroso, cuyos estudios ya sobre la sociedad, ya sobre la mente y su importancia respecto a la conducta, apuntan a un ser humano cuyos pies no están tan firmes como éste quisiera creer.

De esta relación surgiría una renovación del cuento de terror, gracias a un Machen que sacaría al horror de la oscuridad y lo trasplantaría a la floresta, donde la luz del sol mitiga ese respeto atávico del ser humano por la noche y le hace creerse a salvo de toda amenaza -acaso un trasunto, ya voluntario o involuntario, de la luz de la Razón y su aparente solidez-. En palabras de Rafael Llopis para la introducción de ese libro fundamental que es Los mitos de Cthulhu (Alianza Editorial, 1969), “[Arthur Machen] empezó a eliminar de él [el cuento de miedo] una serie de elementos caducos: el castillo medieval, el muerto en todas sus infinitas variedades y subespecies, la noche… En una palabra, sepultó la tramoya romántica y se puso a escribir cuentos de miedo a base de luz, de campo, de verano, de cantos de insectos, de piedras y de montes”.

Este horror dentro de la vida común se aprecia notablemente en los dos primeros relatos del libro: El gran dios Pan, donde un experimento de cirugía da paso a toda una vorágine de sucesos donde mente y fuerzas numinosas tienen una extraña alianza, y La luz interior, de nuevo un experimento humano, aunque en esta ocasión Machen va más allá y hace del alma de la esposa el objeto acariciado por el científico. Son relatos donde la duda, la incertidumbre del lector, van diluyéndose conforme avanza la narración, tejida mediante una atmósfera que se va haciendo palpable y visible como una niebla espesa, dejando hueco a un desasosiego real, ya no onírico o de simple sugestión. Aspectos que Machen desarrolla con mayor finura en los dos siguientes relatos.

Arthur Machen

Arthur Machen gozó de un saludable éxito con sus públicaciones de horror decadente, hasta que el tremendo escándalo que rodeó a Oscar Wilde perjudicó a todo el movimiento decadentista.

En La novela del Sello Negro y La novela del polvo blanco, el objeto de interés del bardo de Caerleon-on-Usk no son las capas de la mente, sino las de la propia humanidad. Machen, acuñando por el camino lo que los anglosajones denominan folk horror, nos lleva a centurias pasadas desde una perspectiva intelectual claramente aguda, una en la que los protagonistas de las narraciones tratan de desentrañar sin prejuicios hechos y experiencias que dan por cerrados los científicos de su contemporaneidad. El Sello Negro nos traslada a la campiña, donde el profesor Gregg, siguiendo una inscripción latina, cree poder dar con el secreto que esconden los bosques galeses y que tiene que ver con una raza presuntamente extinta. Un relato empapado también de la ciencia del siglo XIX, pues no hay que olvidar que es el siglo donde salen a la luz emplazamientos y culturas que prácticamente estaban olvidados y eran pasto de la leyenda (es el siglo del descubrimiento de Nínive o Troya; los primeros años del XX son además los de Arthur Evans y Cnossos, por citar un par de ejemplos, o los de Schulten buscando la mítica ciudad de Tartessos por España); y de la figura del científico/etnólogo/historiador/anticuario como persona capaz de desenterrar aquello que estaba olvidado y devolver lo que el mito encierra, esa verdad que permanece de manera residual, a la realidad más cercana ya como hecho probable.

Por su parte, La novela del Polvo Blanco sitúa la acción en torno a un joven obsesionado por sus estudios y que al caer enfermo le son recetados unos polvos blancos, una extraña sustancia que en esta ocasión entronca con aquelarres y encuentros de brujas. El proceso de degeneración del protagonista da muestras del genio de Machen al identificar con una imagen poderosa e icónica la incapacidad del cuerpo para procesar la sustancia con la incapacidad de la ciencia, según la voz del relato, para admitir y estudiar frontalmente ciertos hechos ocultos por el tiempo y la tierra. Lo que ahora yace como historia corrupta, cuentos de hadas, baladas y canciones para aterrorizar a los niños, fue en una ocasión verdad tangible.

Es el Magnum Secretum el que atrae a Machen, el que inflama las páginas de estos dos últimos relatos, los más sobresalientes del libro de Valdemar. Más allá del velo negro yace un mundo cuyo único recuerdo es la alegoría, la explicación inexplicable, inasible, que sólo aquel con ojos y mente inquieta puede desentrañar. Como Arthur Machen. El mago auténtico que no necesita de túnicas o incienso, sino únicamente de su pluma.