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Minotauro ha querido mantener la misma portada del original americano (2012, Orbit)

Aunque pudiera parecer que Kim Stanley Robinson (Waukegan, Illinois, USA; 1952) llevaba escondido lustros desde su Trilogía de Marte (Red Mars, 1992; Green Mars, 1993; Blue Mars, 1996) o desde Tiempos de arroz y sal (The years of rice and salt, 2002), la verdad es que ha seguido produciendo literatura y ensayo a una velocidad considerable. La inquietud por dar a conocer sus ideas y opiniones ( muy progresistas) al respecto de todo lo que sucede a su alrededor, ha llevado a Kim Stanley Robinson a tener una obra copiosa. Fragmentos sobre los más variopintos temas pegados siempre a los principales asuntos de preocupación científica y social de su tiempo. Para el lector destaca su apabullante maestría en el manejo del plano corto y, especialmente, en la gestión creativa del detalle, sobre todo con su capacidad de transmitir a través de esos detalles las más intensas y verídicas emociones y sensaciones. Algo de lo que muy pocos escritores de ciencia-ficción pueden presumir.

Sin embargo, en la otra cara de la moneda, la incontinencia de su escritura y la amplitud de temas a tratar, cuando se mezclan de forma simultánea en un mismo texto, degeneran (no pocas veces) en verborrea de difícil comprensión. El caudal de las ideas se desboca, la coherencia del relato se dispersa e, incluso, el contenido de aquello que se quiere expresar se difumina en una miríada de postales superpuestas malamente cosidas las unas con las otras. La lectura se vuelve farragosa y debemos aferrarnos a la irregular sucesión de destellos para, en nuestro ánimo de volver a gozar con sus momentos de excelencia, seguir avanzando en el texto. Un estilo causa de que la atención sólo se acabe deteniendo en apenas un puñado de novelas: momentos de brillantez donde sus virtudes superan a sus defectos.

En este puñado destaca, sobre todo, su Trilogía de Marte y, en especial, Marte rojo (original de 1992, editada en España por Minotauro en 1996 y 2008) y a un menor nivel también Marte verde (1993, Minotauro, en 1997 y 2008) y Marte azul (1996, Minotauro, 1998 y 2010). No en vano, entre las tres novelas acumulan un buen puñado de premios muy importantes como el Hugo, el Nébula, el Ignotus, el Locus o el British Science Fiction. Aunque los premios no son infalibles como referencia en la que fijarse: no en vano en su anterior Tiempos de arroz y sal (2002, editada en España por Minotauro en 2003) consiguió alzarse con el Premio Locus de 2003 aun siendo un perfecto muestrario de los problemas de su escritura.

Kim Stanley Robinson ha vuelto a demostrar un gran nivel en su nueva novela 2312 (Minotauro, 2013). Un texto reincidente en su estilo, donde aparecen reflejados todas sus virtudes y sus defectos, pero que en el global consigue mantener al lector pegado a las páginas gracias a una historia central de gran potencia e interés y a personajes atractivos por su original personalidad –si bien en el desarrollo y relación de los personajes su estilo embrollado nos acabe pasando factura (otra vez) con una lectura por momentos poco fluida.

En 2312 el foco de la novela se pone sobre la humanidad, sobre nuestra capacidad para sobrevivir a las amenazas que el espacio nos envía y a los retos que nuestra supervivencia como especie nos exige. Para ello nos lleva a un tiempo crítico que es, para los lectores de ciencia-ficción, un imaginario recurrente: la humanidad ha iniciado hace dos siglos el proceso de expansión por el sistema solar; la “Singularidad” [i] ha tenido lugar y el “Accelerando[ii] inició su desarrollo con avances aplicados sobre todo a la colonización de nuevos Mundos y a la mejora genética del cuerpo humano; la terraformación[iii] ha facilitado la habitabilidad de los planetas más próximos al sol (Mercurio, Venus, Marte y Saturno –Júpiter es demasiado hostil por sus fortísimos vientos) y sus lunas (Europa, Ío, Titán, Jápeto…) y principales asteroides; mientras que, en la Tierra, la superpoblación (once mil millones de personas) y el cambio climático (el nivel del mar ha subido once metros e inundado grandes ciudades de todo el mundo) exigen una necesidad cada vez mayor de recursos originados en otros Mundos para su subsistencia, con el agravante de vivir en un sistema solar cada vez más fragmentado (se hace mención a la Balcanización) y más hostil tanto a sus intereses como a su influencia. ¡Cuánto nos viene a la cabeza la Fundación de Asimov y los retos que nos planteaba desde sus páginas el Dr. Hari Seldon!

Kim-Stanley-Robinson

La mención a Mondragón (País Vasco, España) en la novela no es casual: la segunda mayor legión de fans de Kim Stanley Robinson (en la imagen) en el mundo se encuentra en España. Un país que el autor aún no conoce.

Por desgracia, la actitud de la humanidad es generalizadamente egoísta. Un grupo misterioso con intereses oscuros ha comenzado a provocar extraños accidentes por el sistema solar. El mayor de ellos es el atentado contra la ciudad de Terminador, en Mercurio, destrozando los raíles sobre los que ésta huye del Sol, condenándola a quemarse y, por extensión, sometiendo a sus miles de pobladores a un alto riesgo de muerte. Nada ocurre por casualidad: en Mercurio vivía Alex, una científica que lideraba la capturaba de ese grupo y sus intereses. Aunque su prematura muerte parece frustrar las averiguaciones, su perspicaz y sagaz nieta Cisne Er Hong retomará el trabajo de Alex. Ella y sus otros estrechos colaboradores, el líder de la Liga de Saturno Fitz Wahram o la detective marciana Jean Genette, perseguirán la pista de los terroristas para intentar descubrir qué motivó los “accidentes”.

Como pasa tantas veces, el camino del descubrimiento les llevará mucho más allá de donde esperaban llegar inicialmente. El recorrido por el Sistema Solar, desde Mercurio hasta Plutón, les abre los ojos a diversas y complejas realidades convergentes en un punto: la necesidad que la humanidad tiene de cooperar para sobrevivir. El tamaño y la naturaleza de las dificultades exigen anteponer el bien común al particular para superar grandes retos cuya solución trasciende a la capacidad de una persona, un pueblo, un país o un planeta entero. Este modelo cooperativo, esta esperanza de salir adelante frente al interés oscuro o el egoísmo, tiene nombre y referente cercanos:

Mondragón, Euskadi, una población vasca cuyo sistema económico se fundamentaba en una cooperación mutua organizada. Una red de colonias espacial se inspiró en el modelo de Mondragón para trascender sus orígenes como estaciones científicas. (pág. 121).

Un modelo horizontal que acabaría relegando al capitalismo a “una nota a pie de página” en la vida humana (pág. 120), al ser incapaz de superar el plano de satisfacción de necesidades individual, precisamente en el momento en que comenzaba con la colonización espacial la búsqueda de soluciones conjuntas a problemas y retos comunes.

Con todo, el tono de la voz narradora respecto a la capacidad de la humanidad para salir adelante ante los obstáculos es, aunque por veces esperanzada, generalmente pesimista. Para darse cuenta basta con leer la parte relativa a la Tierra: en 2312 los problemas que ahora nos acucian sólo han aumentado; el cambio climático ha impuesto su evidencia y la superpoblación ha seguido creciendo hasta hacer de la Tierra un planeta sucio, caluroso y cada vez más incómodo para quiénes lo habitan. El incremento de la conflictividad social ha acentuado la fragmentación política. Y mientras América Latina parece haber mejorado su nivel de vida gracias a su papel en la colonización de los planetas lejanos al Sol, y China aumentado el suyo con su relevante presencia en los planetas cercanos de Venus y Mercurio, Estados Unidos ha perdido influencia, se desdibuja, mientras Europa tiene un rol casi residual. Asimismo, ante las medidas de terraformación que se proponen para empezar a poner coto a los problemas, se suceden los movimientos de oposición justificados en la tradición o el miedo.

La audacia de 2312 está en afrontar un debate actual con el análisis de la realidad contemporánea proyectado a una perspectiva futura. Una mirada fugaz a nuestro porvenir probable enriquecida, además, con la propuesta valiente de vías alternativas de solución. Aquí es donde se percibe la aportación de Kim Stanley Robinson a debates de campos tan diversos como la política, la economía, la tecnología o la ciencia; todos ellos integrados en un gran discurso literario construido en este libro con solidez y contundencia. De esta forma, 2312 ocupa un espacio entre sus mejores novelas aunque, a base de producir sin parar textos y más textos, reincide con demasiada claridad en sus problemas más definitorios.


[i] Instante futuro en el progreso tecnológico en el que el volumen de la información y la velocidad de procesado artificiales superarán a la humana, haciendo posible la aparición de un nuevo tipo de inteligencia artificial paralela a la cerebral. La posibilidad de este momento se sustenta en la conocida como Ley de Moore, según la cual el número de transistores por unidad de superficie en circuitos integrados se duplicaría cada dos años, y con ella también la capacidad de procesado de los circuitos integrados. A partir de los hechos previstos por esta ley, Hans Moravec prevé que la paridad entre la inteligencia humana y la artificial se alcance en 2020.

[ii] En música, se utiliza “Accelerando” cuando, en una partitura, se marca la aceleración gradual del tempo. En un sentido análogo, se emplea este concepto cuando, según se prevé tras la Singularidad, se esté en condiciones de una mejora gradual de los avances tecnológicos y una aceleración de la disponibilidad de conocimientos aplicables al conjunto de las áreas del saber.

[iii] Tipo de ingeniería planetaria cuyo objetivo es adaptar las condiciones físicas y ambientales de cualquier cuerpo celeste aproximándolas lo más posible a aquellas comunes en la Tierra, y facilitando así su habitabilidad por las especies comunes en este planeta.