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Una historia contada al hijo (o al nieto) convaleciente: cartel promocional de la película de Rob Reiner, con Peter Falk (el famoso teniente Colombo) como narrador

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Portada de la edición conmemorativa (40 aniversario) de La princesa prometida

En Hollywood, tierra de leyendas, solía haber un dicho: “Si tu guión te da problemas, llama a William Goldman”. El “fontanero” Goldman (Highland Park, Illinois, 1931-Nueva York, 2018) tenía bien labrada su reputación de arregla-guiones por su trayectoria en algunas de las mejores películas que se rodaron entre 1960 y 1990. Casi todos thrillers con un sentido del ritmo de infarto: Harper, investigador privado (Harper, Jack Smight, 1966), filme a reivindicar basado en una novela de Ross MacDonald, con Paul Newman y Lauren Bacall y con varias escenas memorables, como aquella en la que intentan matar al detective en una piscina que va rellenándose de agua; Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969), la obra maestra de George Roy Hill (sí, el director de El golpe), cuyo guión preparó Goldman por su cuenta y riesgo durante ocho años que le acabarían dando la razón y un Oscar; la adaptación de Misery (ídem, Rob Reiner, 1990), la mejor hecha de una novela de Stephen King y, además, el trabajo preferido del guionista; Marathon Man (John Schlesinger 1976), según su propia novela; Todos los hombres del presidente (All the President’s Men, 1976), que dio lugar a la película de Alan J. Pakula sobre el Watergate, o Algunos hombres buenos (A Few Good Men, Rob Reiner, 1992), por citar sólo unos cuantos casos. A pesar de tanto cine buenísimo, habrá quienes recordaremos siempre a Goldman como el padre de La princesa prometida.

¿Ha soñado alguna vez el lector? Hubo una década en la que no fue difícil hacerlo con los ojos abiertos: fueron los años de Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985), de Dentro del laberinto y Cristal oscuro (Labyrinth y The Dark Crystal, Jim Henson, 1986 y 1982), de Lady Halcón (Ladyhawke, Richard Donner, 1985), Terminator (James Cameron, 1984), Indiana Jones, Regreso al futuro; de los Elige tu propia aventura; de series que no eran series, sino charlas de después de la merienda o del día siguiente… Ser niño en los ochenta era algo más que un chollo: era pasárselo en grande, era permitirse ser ingenuo, era ser tratado todavía con inteligencia y respeto por gente que se entusiasmaba con lo que hacía, que se divertía con ello y te divertía. Los ochenta fueron, para niños de este y aquel lado del charco, seguramente los últimos años buenos. Más allá, los leones. Las consolas daban aún pasos timoratos, había un civismo en la formación de los pequeños alentado por la televisión y las pantallas que empujaba a curiosear, a fantasear. Los niños de celuloide todavía leían. Y lo que es más importante: se iban de aventuras y querían que te fueses con ellos. Por eso, esa década fue también la de La princesa prometida.

Para cualquier niño de entonces parte de su infancia se recoge en esta sentencia legendaria: “Hola, soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”. Quienes no vieran La princesa prometida a sus seis años no podrán entender jamás la potencia en la amenaza del mejor espadachín de todos los tiempos, ni comprenderán tampoco que Fezzik, el gigante poeta y de gran corazón, sea el hombre más fuerte del mundo, o que la belleza de Buttercup carezca de parangón, ni por qué es tan temible la fama del pirata Roberts. No lo sabrán pero podrán intentarlo: Goldman les incitará a hacerlo con la película y con el libro, de 1973, que vino antes que la película. Un libro (Martínez Roca, última edición de 2013) que ha dado varias vueltas a las librerías, que se ha agotado y vuelto a reimprimir, que ha pasado por muchas manos y que ha dejado grandes sonrisas en las arrugas del rostro y de la mente.

Goldman, guionista con el alma romántica de novelista, escribió una historia para ser leída al hijo enfermo, con la que acurrucarse en la cama antes de ser vencidos por el sueño. Es el mito de un amor verdadero en el reino de Florin, y del beso más puro e intenso de la humanidad. No es el mejor cuento de hadas moderno porque no quiere serlo. “La vida es injusta”, advierte con una sarcástica mueca Goldman al niño del otro lado del relato, aquel que descubre, que todavía juega, que carece de responsabilidades y cargas.

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El “fontanero” William Goldman

El escritor nos tiende la mano para guiarnos en esta iniciación a la vida. Se pone la careta de S. Morgenstern y ya desde el principio pide que aceptemos que la suya es la transcripción de un manuscrito hallado. Admitida esta regla, Goldman se compromete a ofrecernos un espectáculo de palomitas y grandes carcajadas. Funambulista profesional, se saca varios trucos de la manga, que acaban en sinceros “¡ooooh!”, “¡aaaah!” del público. En el prólogo a la novela mezcla algo de realidad con muchísima fantasía y picardía, aparta con ingenio la ritual fórmula del “Érase una vez” y la sustituye por “Sigue siendo el libro que más me gusta de todos”. Es un buen comienzo si lo que buscas es hacerte con el lector y mantenerle pegado al asiento.

Como en una atracción, el feriante Goldman nos guiña el ojo y nos incita a pasar a su reino de las maravillas, sin dragones ni espadas mágicas. Sólo con un autor cómplice, que entra y sale de la narración con solera, que nos cuenta, como un padre sensible, “las partes buenas” del tratado histórico-sociológico-militar de Morgenstern. La novela termina sin happy end, pero da paso a una pieza breve (“El bebé de Buttercup”) en la que Morgenstern decide redimir a sus héroes, verles crecer, vivir y quizás morir desde la distancia de una sonrisa nostálgica y, sin embargo, amarga.

Pasarán páginas y páginas de aventuras. Se escalarán barrancos de la muerte, se producirán duelos a sufrimiento, se temerá por la vida de un enjuto español y de un coloso turco, y, como en las películas, se sufrirá por la tardanza de los buenos. Goldman a veces se fatigará y nos contará en muchas palabras lo que luego, en la pantalla, nos dirá con tan pocas. Le bastará ya con la profunda mirada de amor de Robin Wright y Cary Elwes, con el arrojo de Mandy Patinkin, con la descomunal presencia de André “El Gigante”, con la inolvidable partitura de Mark Knopfler, ex Dire Strait. Porque también en aquellos años ochenta se hacían películas cuyas bandas sonoras se convertían, por derecho propio, en leyendas. O, quizás más importante, en fuentes de inspiración para jóvenes con sueños musicales.

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Hubo besos notables en la historia, pero el de Buttercup y Westley los superó a todos…

La princesa prometida habla de “esgrima; lucha; tortura; venenos; amor verdadero; odio; venganzas; gigantes; cazadores; hombres malos; hombres buenos; las damas más hermosas; serpientes; arañas; bestias de todas clases y aspectos; dolor; muerte; valientes; cobardes; forzudos; persecuciones; fugas; mentiras; verdades; pasión; milagros”. No sé qué hará el lector pero yo pienso tomar nota. El tren de la infancia hace tiempo que se marchó para no regresar, pero aún se divisa en la lejanía la brumosa estación de la nostalgia. Siempre nos quedará Florin.