Según Alvin Toffler, el futuro siempre llega antes de tiempo y en un orden incomprensible para las personas. A través de su concepto “shock del futuro”, acuñado en 1965 por el propio Toffler en un artículo publicado en Horizon magazine, expresaba cómo esta anticipación no sólo tiene como consecuencia la difícil aceptación de los cambios que ese futuro evoca, sino que también crea una tensión y una desorientación notables en todas aquellas personas que, acostumbradas y enganchadas a su cotidianidad, se sienten impulsadas a aceptar sin remedio un conjunto de grandes cambios en un estrecho margen de tiempo. Si al estupor se le suma la incomprensibilidad de la meta a que conducen todas estas incertezas, tenemos como resultado un ser humano sumido en la enfermedad, denominada también por Toffler como “la enfermedad del cambio”.

Esta idea fascinó a John Brunner (1934-1995) quien, por aquel entonces, se encontraba inmerso de lleno en la escritura de su Trilogía del desastre –formada por Todos sobre Zanzíbar (1968), Fuera de órbita (1969) y El rebaño ciego (1972). En ella intentaba describir en forma de ficción algunas de sus ideas sobre los acuciantes problemas que la humanidad tenía (y siguen) pendientes de resolver, así como explicar los motivos de su estupor ante la aparente pasividad de la humanidad para afrontar su solución. Una temática muy próxima a una novela que, aunque fuera de esta Trilogía, habitualmente se suele mencionar como parte periférica de ella: El jinete de la onda del shock (1975; publicada ahora por Gigamesh en 2012).

En El jinete de la onda del shock Brunner sí recoge el guante lanzado por Toffler en su libro El shock del futuro (1970), haciendo del análisis de la “enfermedad del cambio” el leitmotiv de la novela. Así, nos traslada la siguiente pregunta: ¿por qué los seres humanos toleran pobreza y hambre en un planeta rico, o se callan ante las prebendas obtenidas a partir de evidentes ventajas injustas? Para Brunner, el umbral de tolerancia ante el statu quo a que nos ha acostumbrado nuestra civilización es ahora tan alto que, para romper con él, se exige una situación de crisis extraordinaria. Para provocarla y explicarla elige el tema que, a su entender, provoca una mayor indignación y resistencia: la corrupción política, el hambre de poder, la fuerza desmedida de quien controla el statu quo por seguir al mando a cualquier precio y por encima de todo. La moral instintiva apela, simultáneamente y con la misma intensidad, a nuestra bipolaridad emotiva y racional.

La influencia de Toffler se observa también en el tiempo elegido y en la construcción de la realidad correspondiente a ese tiempo. Se trata de un año impreciso de comienzos del siglo XXI -podría ser hoy mismo, cuando todas las personas viven conectadas a una red de datos imprescindible para la posesión y expresión de una identidad-, donde el anonimato o la escapatoria son posibles únicamente a riesgo de aceptar la total inexistencia tanto dentro como fuera de la red, con las grandes empresas vinculadas a la tecnología (G2S) o las ciencias del comportamiento (Antitrauma Inc.), a la vez adalides y enemigas de las incertezas, y situando al gobierno como único acceso posible a los mecanismos de reducción de las incertezas dominadas por las empresas. Un circuito cerrado de intereses del que es casi impensable escapar… pero no imposible.

John-Brunner

El escritor británico John Brunner (1934- 1995)

Nicholas Kenton Halfinger (Nick) ha conseguido huir de la red. Aunque conectado, su existencia es posible únicamente a través de numerosas falsas identidades que, con el tiempo, lo acaban desorientando y convirtiendo en quien no es capaz de reconocer; una personalidad híbrida entre el nadie y la disociación constante. Durante uno de sus saltos de identidad conoce a Kate, una intrigante y perspicaz joven que, además de conseguir desenmascarar el juego de Nick, también une fuerzas en su objetivo por escapar/alejarse de la realidad conectada en la que viven. Sin embargo, la aparición solidaria de Kate tiene un efecto inesperado sobre Nick, quien decide recuperar su identidad y cambiar radicalmente su estrategia de supervivencia: ya no se trata de una huida hacia adelante, sino de un combate directo contra la red y todos los intereses que determinan su corrupto funcionamiento.

A partir de aquí, la ciencia-ficción sociológica convive con rasgos propios del cyberpunk al introducirse elementos como los virus informáticos o los gusanos que Nick utiliza, con la asombrosa agilidad de un hacker, a favor de su causa: hacer caer al gobierno y a la red de intereses que lo sostiene a partir de la transparencia de sus abusos. De esta forma, cuanto más intenta el gobierno contener su descrédito a partir de decisiones inmorales, más consigue que éste aumente al echar inmediata luz, irremediablemente, sobre su peor cara: la de la información opaca, las decisiones erráticas, las ocultaciones flagrantes o los abyectos abusos. La legitimidad del gobierno desaparece y, con ella, la de todos los intereses públicos y privados a los que éste daba cobertura o protección. El ser humano se libera de sus ataduras.

Como antítesis al gobierno, Nick consigue decisivo cobijo y apoyo en Precipicio, una pequeña y unida comunidad basada en el conocimiento compartido. De lo común y el compartir surge un saber y conocimiento mayor que el de cualquier individuo; así han conseguido mantenerse alejados del poder de la red y del gobierno. El súbito protagonismo de Nick los expone al peligro cierto de ser descubiertos y aniquilados. Sin embargo, anteponiendo el objetivo común de derrocar al gobierno e instaurar una verdadera democracia, actuando sin considerar la supervivencia como una opción, protegen a Nick en su trabajo con los medios a su disposición. Del triunfo de Nick depende que el proyecto sociopolítico de Precipicio sobreviva e, incluso, pueda transformar su excepción en el futuro modelo.

De esta forma, el talento de Nicholas Kenton Halfinger ocupa el lugar central de la novela, el protagonismo ideológico y narrativo totales. El jinete de la onda del shock no sólo no teme al cambio sino que, además, es capaz de liderar el cambio hacia un nuevo modelo, cabalga a lomos del cambio domándolo y conduciéndolo hacia el destino elegido. A pesar de las radicales diferencias que separan a John Brunner y a Robert A. Heinlein, ambos presentan un retrato psicosociológico del ser humano protagonista muy similar: con altas capacidades cognitivas, habilidades y destrezas siempre aplicables a la trama sin casi encontrar obstáculos, con un heroísmo reconocido de forma evidente, y una sorprendente habilidad para encontrar apoyos a su causa hasta límites más allá de lo esperado.

En todo caso, El jinete de la onda del shock reproduce las líneas comunitaristas y democráticas defendidas por John Brunner a lo largo de su obra. En no pocas ocasiones se denuncia la comercialización abusiva puesta en práctica por las empresas, la mercantilización del conocimiento y el saber, la ocultación de la información sea en base a una presunta legitimidad gubernamental sea en base a una supuesta propiedad privada… Y no sólo eso, Brunner también propone nuevas líneas para la sociedad donde el valor del trabajo se cuantifique en base a criterios como su utilidad para el conjunto de la comunidad, donde el voto electrónico permita una democracia más horizontal, donde la formación humana se realice en base a la curiosidad y el ansia de saber –no más en la cuantificación de costes, por ejemplo-. Posiciones todas ellas alejadas del anarcocapitalismo heinleniano.

El jinete de la onda del shock es un clásico de la ciencia-ficción: describe un futuro próximo en poco distinto al presente en que se llegó a convertir, utilizando elementos narrativos que adelantaban subgéneros con notable habilidad y pertinencia, incluso avanzando funcionalidades como las de los hackers, y dejando las bases sentadas para el análisis de un presente de corrupción ética y moral (por desgracia) de gran utilidad y actualidad. En cierto sentido, esta novela se ha convertido en un frustrante espejo al que mirarnos y comprobar cómo, ante las peores previsiones posibles, apenas hemos sido capaces de desplazarnos un poco. Con todo, nos deja también escrita la puerta de salida, la fórmula de ruptura, en la que dándose casi todas las condiciones, sólo nos falta el jinete capaz de subirse al caballo y conducirnos hacia aquel futuro mejor.