“[…] La muerte estaba por todas partes, estaba rodeada de muerte y oscuridad […]” (Ramsey Campbell, Influencia, página 189)

En las historias de Ramsey Campbell (Liverpool, 1946), el miedo es una prolongación natural del desamparo. De él emanan otros parecidos sentimientos de aislamiento (o que conducen al aislamiento) como la vejez, la incomprensión y, principalmente, la soledad, gran tema central de una obra aterrorizada por las rutinas cotidianas, por aquellos hechos normalizados en el día a día. Influencia (La Factoría de ideas, 2012), novela de 1988 galardonada –como tantas otras de su autor- por la Asociación Británica de Terror, hace de la soledad sinónimo de decrepitud, de marchitamiento. Es un fenómeno que acelera la descomposición física y espiritual de los sujetos que la padecen. Como la vieja Queenie.

Campbell le debe mucho a Le Fanu en la construcción de Queenie, su protagonista absoluto en ausencia y presencia. El maestro irlandés puso los pilares para que el fantasma, tras él, incomodase tanto como descorazonase al lector. Con una técnica descriptiva similar, en la que se enfatizan aquellos rasgos de carácter o apariencia más anómalos o exagerados, el inglés crea con mucha inteligencia a un personaje que resulta terrible mientras vive e inquietante cuando muere. Queenie es un ser maligno por su egoísmo irracional y por su psicosis social. Aunque estos rasgos bastan por sí solos para hacer de ella algo abominable, lo monstruoso (lo verdaderamente incómodo y descorazonador) viene dado por la planificada destrucción de los símbolos tranquilizadores asociados a su figura.

Expliquémonos: en Influencia, Campbell remueve nuestras entrañas a base de pervertir emblemas de la candidez o de la fragilidad como la niñez y la ancianidad. En esta novela, el desconcierto surge de la toma de conciencia de que no hay una bondad preexistente: la anciana es malvada (por soledad) desde el primer momento, y su objetivo es la atormentada Rowan Faraday, su sobrina-nieta de 8 años que terminará por corromperse, por “pudrirse” (expresión que aquí alcanza “tangibilidad”), para que Queenie siga aferrándose a la vida. Aparecerán en esta novela muchos niños, y todos tendrán un reverso negativo o literalmente malsano, síntoma de buena parte de la producción del autor inglés. Influencia no es Los Sin Nombre (1981), donde la malignidad infantil es la clave, pero sus escenas con niños son igualmente desagradables. Campbell, padre de dos hijos, convierte el amor en un sentimiento cascado, marchito y feo.  Y es además muy apañado al quitarnos, sin morbosidad, la venda sobre unos ojos difícilmente hechos a lo escabroso.

Para lograrlo, necesariamente se vuelve “cinematográfico”, “visual”. Hay ciertos puntos del libro que nutren el cine de sustos efímeros asiático y euro-americano. Campbell ya estaba allí, ejerciendo su Influencia antes de que las modernas cinematografías volcadas en el espanto concretasen su falta de imaginación en tantos proyectos clónicos y de dudosa permanencia. Sus terrores entrevistos por el rabillo del ojo, esos borrones indefinidos que se mueven arteramente en la oscuridad, que son Mal y que propician desgracias, o las escenas de persecución de indescriptibles aberraciones en vagones donde va menguando la luz a su paso, se ha materializado sin pizca de gracia una y mil veces más adelante, mucho más adelante. Escenas como las mencionadas se han convertido en tediosos recursos de un cine con gusto explícito por el espectáculo; así es por norma salvo en las honrosas excepciones de las cintas de Jaume Balagueró (Los sin nombre, 1999) o de Paco Plaza (El segundo nombre, 2002), los dos únicos directores en haberle sabido trasladar a la gran pantalla, en reconocimiento de tan poderosa deuda e Influencia.

El libro empieza prácticamente con el fallecimiento de Queenie, una mujer ególatra y dura que tiene tiranizada a la familia que se ha visto obligada a vivir con ella, su sobrina más joven, Alison, su esposo Derek, “un obrerucho” según las despectivas palabras de la anciana, y Rowan, la despierta hija de ambos. Queenie aceptó a sus sobrinos con la única exigencia de que la dejasen disfrutar de la pequeña siempre que ésta estuviese en casa, como así sucede hasta sus instantes finales y también Más Allá, pues la mujer, moviéndose por unos intereses que desconocen los escrúpulos, va apropiándose paulatinamente de la personalidad de la niña hasta suplantarla. Un acto de vampirismo en toda regla con el que Campbell plasma sus muy nítidos temores -como lo son todos los que dan pie al resto de sus novelas- a morir en soledad. Muy interesante resulta el hecho de que Queenie es epítome del espectro postmoderno, ya no explicado sino más bien razonado (hay sobradas razones para su existencia, que interesa más que las explicaciones para justificarlo, como sucedió durante varios años).

Es una lástima que los momentos impactantes del primer tercio del libro, el mejor (y correspondiente con la breve introducción aún en vida de Queenie, su enterramiento y algunos misterios relacionados con su “marcha”) se vean mermados por una traducción deficiente (de Silvia Schettin Pérez, responsable, al parecer de un puñado de títulos más para Akal, entre los que destacaría una versión del célebre cuento de Stevenson El diablo embotellado). En estos precisos momentos entre la cordura y su opuesto, en la que se puede leer esa cumbre del terror escrito que supone el paroxismo mortal de la vieja en su habitación, prácticamente sola, la traducción no sabe estar muy a la altura, bandeando entre las más diversas erratas del universo de los horrores gramaticales, las discordancias de género o el galimatías estilístico. Cierto es que en este último apartado Campbell no se lo pone fácil a la traductora, con ese toque suyo tan personal que va de lo muy coloquial a lo certero o a lo despreocupadamente poético, pero eso no es óbice para no apuntar las abundantes faltas cometidas por quien ha traducido el texto y dejadas pasar por quien posteriormente lo ha editado. Cuando Influencia, hacia su segunda mitad, se torna pavorosa, ya la traducción se mantiene firme y no vuelve a incurrir en fallos. Es como si toda la parte primera hubiese sido un campo de experimentación hasta la inmersión definitiva de Schettin Pérez en el texto.

La oscuridad en Influencia tiene distintas gradaciones que van del negro más profundo al gris más tenue de su ñoña recta final, con un happy ending que sabe a redención por tantos calvarios a los que se ha sometido a los miembros del clan Faraday. Todos estos cromatismos colorean el recuerdo umbroso que permanecerá de la despótica y pérfida Queenie, induciéndonos, más de lo deseado, a mirar de tapadillo por encima de nuestros hombros con la desesperada esperanza de no encontrarnos en mitad de nuestro pasillo con una niña de penetrante mirada de hielo y aterradores dejes de una anciana.