Al final de Momias enloquecidas, dejamos a Adéle Blanc-Sec muerta de un disparo y criogenizada en un tanque a la espera de resurrección, con sus enemigos deseando impedir su regreso y sus aliados desaparecidos. Una situación peliaguda que empeorará bastante cuando ocho meses después el mundo se declare en guerra. Es el 2 de agosto de 1914, y Jacques Tardi, hijo de militar de carrera, lo cuenta así: “Un hermoso domingo de verano la guerra estalló y todo el mundo se apuntó alegremente, con la flor en el fusil. ¡Increíble pero cierto! Frente a tanto entusiasmo patriótico podías morirte de risa”. La contienda, escenario y telón de fondo ya desde El secreto de la salamandra, su primera historieta, es la gran causa de este segundo volumen de Las extraordinarias aventuras de Adéle Blanc-Sec (Norma Editorial).

Tardi vuelca en las cuatro historias que recoge este tomo integral (El secreto de la salamandra; El ahogado con dos cabezas; ¡Todos monstruos! y El misterio de las profundidades) indignación, desencanto, descrédito hacia el ser humano y la sociedad y el mundo por él construidos. Denuncia la sinrazón bélica, se declara militante antibelicista, es enemigo de la estupidez y sonríe con sarcasmo e ironía para seguir sin tomarse en serio. Una actitud lógica cuando se ha producido ya una clara evolución en el dibujante: entre 1981, fecha de la primera de estas historias –las anteriores las ha dibujado a un ritmo estajanovista en tan sólo dos años- y 1998, cuando escribe e ilustra la última, Tardi ha realizado tres álbumes del detective anarquista Néstor Burma (Niebla en el puente de Tolbiac, 1982; Calle de la estación, 120, 1988; Una resaca de cuidado, 1990) y un monográfico- que anticipará un nuevo ciclo bélico ya en la próxima década (El grito del pueblo)- sobre la Primera Guerra Mundial titulado La guerra de las trincheras (1993). Argumentos suficientes para entender su amarga visión de los hechos históricos y de su actualidad.


Dado que el dibujante parece seguir desarrollando sus tramas sin ninguna planificación de una página a otra, con viñetas correlativas en las que, como buenos folletines, sucede cualquier clase de abracadabra, conviene esta vez señalar cómo se detiene en perfilar más los bocadillos, los pensamientos y las palabras de sus personajes. Aprovecha la coyuntura para propinar bofetadas estruendosas, en las que no salva a nada ni a nadie: “A ver las noticias, si es que dicen la verdad” (página 61). “[Flageolet] si no entiende nada, su sitio está en la Administración, en un ministerio. ¡Haga oposiciones, amigo!” (73). “Es usted un buen ciudadano francés, delator” (87). “Lo más parecido a un canalla es un poli” –y su réplica- “Lo más parecido a un cretino es un héroe” (88). Hay (más) reflexiones sobre el patriotismo: “Me enredé en los pliegues de la bandera. Azul, blanco, rojo, los colores de Francia. ¡Qué asco! No se lo deseo a nadie. ¿Me ha visto? ¡Me muero de vergüenza!” (92). Y una última más, referida a Europa y proferida por un músico callejero con ligera semejanza con el autor: “Todos esos países minúsculos, rencorosos, listos para destriparse de nuevo a la primera ocasión. ¡Esto es Europa, jovencito! Un montón de naciones cabronas a más no poder […]” (67).

Su agrio pensamiento, no exento de razón en algunos aspectos, le lleva a dotar de una mayor coherencia a lo que decide ofrecer a su lector. Si bien, como apuntábamos, las tramas siguen sin tener una planificación, esta vez sí que se observa una mayor sensación de conjunto, de “orden”, de “disciplina” (conceptos que deben de resultarle odiosos a Tardi pero que no obstante son característicos de estos álbumes). El dibujante convierte el cameo, ya experimentado al final de Momias enloquecidas, en eje narrativo, en nexo de unión. Invita a antiguos personajes a participar de extraordinarias aventuras y a hacer así de su obra una perfecta cuadratura del círculo. En El secreto de la salamandra introducirá como personaje fundamental, casi protagonista (será él quien resucite a la Blanc-Sec), a su héroe accidental Lucien Brindavoine, el “cretino” de Adiós Brindavoine y La flor en el fusil (ambos de 1974), punto de partida de esta nueva etapa de Adèle Blanc-Sec.

Porque en verdad es una nueva etapa: los viejos conocidos de la escritora de panfletos (motivo de chiste recurrente) y del lector, han ido falleciendo paulatinamente antes o durante la quinta historieta (todos menos el cada vez más cobarde Simon Flageolet, a quien Tardi conserva por los nuevos rasgos patéticos que decide incorporarle), algún enemigo sigue mostrándose recalcitrante, como el perverso Dieuleveult, pero salvo excepciones, todos los comparsas, término muy adecuado para referirse a personajes que pueden ser eliminados al pasar la mirada por la siguiente viñeta, pues aquí no hay espacio para los favoritismos, hacen acto de aparición en primera instancia. La sensación de “integralidad” de estas cuatro historias es aún mayor que en las cuatro anteriores, ahora entendidas como claramente introductorias. Asentado ya en una dinámica frenética en la que todo vale, y acostumbrado el lector a ella y a sus absurdos, el autor se permite el trazar de forma más detallada a sus personajes, tanto en personalidad como en importancia narrativa. Brindavoine y Blanc-Sec son los dos caracteres centrales sobre los que gravitan una miríada de sujetos con, esta vez sí, una intención. Tardi sigue pasándoselo en grande dibujando estas aventuras extraordinarias aunque ahora les da un mayor sentido, más intríngulis. Siguen habiendo persecuciones, espionajes, monstruosidades y pesadillas increíbles, pero ya con el explícito fin de hacerle una gran peineta a lo políticamente correcto, a las convenciones, a todo lo artificialmente construido por ese depredador social llamado hombre.

Y todo ello se hace sin perder la compostura en la sonrisa. El historietista se ha vuelto ahora más sarcástico, algo más cáustico, pero continúa dando muestras de un enorme sentido del humor y de un saber reírse de sí mismo. Hace, por ejemplo, volar por los aires la imagen de mujer elegante de su Blanc-Sec al cortarla y teñirla el pelo, y en embutirla en ridículos sombreros que serán objeto de burla en El misterio de las profundidades. A Brindavoine le pinta como un borracho, patán y arribista, destrozando cualquier atisbo de pátina heroica: Adéle le llama pesado cuando más seguro está de haberse conducido con ella como un caballero. Más adelante, en ¡Todos monstruos! le disfrazará de payaso y este acto, que ya llevaba fraguándose en los dos álbumes previos, no le supondrá al lector  grandes sobresaltos. En esa misma historieta, Dieuleveult (de quien ya dijera en la página 30 no tener “ninguna razón válida para matar a Adéle Blanc-Sec”, choteándose así de su condición de némesis), quiere ejercer de archienemigo, de supervillano, y se pone a exponerle a la Blanc-Sec un plan presuntamente maquiavélico. A cada pausa es replicado irónicamente por la mujer de sus odios, hasta el punto de hacernos soltar una carcajada cada vez que, de manera literal, le manda a tomar por el culo en los momentos más álgidos del delirio megalómano.

Ya se enfrente al misterio de la resurrección, a tentáculos invocados por el subconsciente de un traumatizado de guerra, a policías fascistas y matones de la Mafia, a trilobites de las profundidades, Adèle Blanc-Sec nos hará pasar buenos ratos mientras nos apuñala con la incisiva observación de lo muy estúpidos, sinvergüenzas y miserables que somos.