Los hijos de Anansi trata sobre el arte de contar historias, sobre cómo crecen y se difunden. Para su autor, Neil Gaiman, los mitos, las primeras historias, fueron antes canciones. Al principio fue la canción, ya que ésta permanece, perdura. Existe para quien la canta y quien la escucha. Es como los cuentos: cambia a quien la canta (o a quien la cuenta).

En ese magma primigenio, en la prehistoria de las historias cantadas, hubo una vez un dios llamado Anansi. Una nota a pie de la página 51 de Mónica Faerna, traductora de la edición manejada para esta reseña, un libro de bolsillo editado en 2008 por Martínez Roca, nos aclara quién es esta divinidad: “Anansi (o Ananse) es uno de los dioses más importantes de la mitología del África Occidental. Es embustero y muy aficionado a las bromas […]. (Su culto) se extendió por Jamaica, Surinam y las Antillas Holandesas”. Anansi aparece representado la mayor parte de las veces como una araña, y es el hijo del Dios de la Lluvia, algo así como el Zeus del Panteón de sus coordenadas geográficas.


Gaiman adora a Anansi, le parece un personaje fascinante, lleno de posibilidades. En un momento de la novela, dirá de él: “[…] Anansi ganó los cuentos. […] Se los ganó a pulso. […] Los cuentos que la gente contaba se convirtieron en los cuentos de Anansi. […] (En ellos), había ingenio, bromas y sabiduría. […] En ese momento fue cuando la gente empezó a usar la cabeza. […] Y entonces fue cuando empezó a conquistar el mundo” (página 287). Anansi es, por tanto, para un contador de historias como Gaiman, alguien importante, crucial, que merece ser tratado con devoción: no en vano, todas las historias, y todas las canciones, empiezan de alguna manera por él en ciertas partes de África, la cuna de la civilización.

El británico debió de considerar escasa la presencia –y es que en efecto lo era- de dicho dios en su novela American Gods (2001), un libro que convertía en superhéroes a varias deidades de muy diversas religiones, por lo que decidió dedicarle su siguiente “novela para adultos”, la que nos proponemos comentar hoy y que vio la luz en septiembre de 2005. Curiosamente en ella no es el protagonista absoluto sino más bien el pretexto, o su punto de partida: es en los avatares de sus hijos Gordo Charlie y Araña en los que se centra Gaiman. Y lo hace muy particularmente, pues el libro está dedicado a los “fantasmas” de P. G. Woodhouse, el humorista literario inglés, y Tex Avery, el animador estadounidense, padre del pato Lucas y de Bugs Bunny. Un fino, adiposo y contagioso humor preside una novela que funciona como una screwball comedy, o comedia de enredos, llena de situaciones disparatadas, de equívocos que sonrojan, de diálogos burbujeantes.

El manejado por Gaiman es sobre todo un humor efectivo: los personajes que construye suelen tener rasgos gruesos, difuminados, suficientes para que a partir de ellos brote espontáneamente el chiste, aunque sea amargo. Porque Los hijos de Anansi, aun incontestablemente humorística, no es graciosa, o no lo es al menos durante todo su desarrollo: el humor sirve para establecer vínculos con el lector, para hacerle sentirse cómodo, despreocupado. Los hijos de Anansi es, ante todo, una novela desenfadada, de las más flojas (y menos profundas) de Gaiman, cierto, pero también de las más entretenidas. Se lee casi del tirón, muy favorecida por la manera directa, campechana, con la que el autor, inteligentemente, cuenta su historia. Hay, en los capítulos dedicados a la resolución de la novela, momentos y motivos para la extrañeza, para lo extraño, por la confluencia de ideas y de vías abiertas puestas sobre el tapete (o mejor dicho, sobre el tablero de ajedrez, ya que el mosaico que teje Gaiman parece una gran partida en la que todas las piezas tienen una función determinada), sin que se tenga claro adónde quiere conducirnos el autor.

Uno de los “puntos oscuros” (no puede llamársele estrictamente “problema”) de Los hijos de Anansi no está en su desenfado -característica que suele ser amable virtud- sino más bien en el sentimentalismo de Gaiman. Le gustan demasiado sus criaturas, y todo lo que de ellas se deriva, como para despegarse de lo obvio, de lo manido (adjetivo que suele ser embarazoso defecto). Gaiman está enamorado de sus creaciones, fija sus sentidos e instintos en hacerles salir con bien de la telaraña en que les encierra, lo que le lleva a descuidar una de las reglas doradas del fantástico escrito: toda obra fantástica necesita para su florecimiento y subsistencia un espacio amplio para la sorpresa; en cada ocasión, ésta germina sin olvidarse de sus propias normas y de la lógica interna que ha ido enseñando al lector. No hay sorpresa, en este caso, ni dentro de una propia lógica ni fuera de ella: sólo existe la atónita previsibilidad de la camaradería, que permite anticipar hechos, actitudes y desenlaces. Es la razón que permite comprobar, por ejemplo, la inabarcable deuda que Gaiman tiene hacia el maestro Terry Pratchett (con el que coescribió Buenos presagios, 1990), su universo de Ankh-Morpork y muchos de sus habitantes: las señoras Louella Dunwiddy, Callyanne Higgler, Zorah Bustamonte y Bella Noles, brujas de andar por casa, son muy similares (en trazos, métodos y preocupaciones) a Tata Ogg y sus alocadas compañeras de aquelarre.

La quizás buscada previsibilidad del libro tiene una explicación bien sencilla en la cultura visual del escritor, guionista de cómic y de cine, hipersensible al hechizo del celuloide: imposible no concebir cada palmo de Los hijos de Anansi como un fotograma de aquellas comedias simpáticas que, como batallones, poblaron las pantallas cinematográficas entre la década de los ochenta y principios de los noventa. Los personajes romos pero con un prurito anárquico, esos diálogos que estaban siempre en la linde de lo desafiante y políticamente correcto, cierta ingenuidad gamberra y el aire de que todo va a salir bien a pesar de los sufrimientos pasados, todos aquellos atributos que consagró el cine como actitudes y presupuestos generacionales, se encuentran entre estas páginas. Como también es dado hallar en ellas reminiscencias al colorismo de Big Fish (ídem 2003), la hija rara de Tim Burton, su última película en estado de gracia. De tener que embotar los guantes amarillos limón y calarle a alguien el sombrero fedora de fieltro verde, marca del señor Nancy (¿o era Anansi?), sería harto difícil encontrar otro candidato ideal al margen de Albert Finney.

Como novela, Los hijos de Anansi es un gran entretenimiento. Hay en ella risas, leyendas, una pizca de folclore y una desesperada resignación ante los infortunios, bastantes malentendidos… pero no hay más fantasía de la ya leída (y principalmente vista) tantas veces en otros libros, y en otros decenios. Si Neil Gaiman, prestidigitador de ingenios, montase alguna vez una tienda de artefactos mágicos, seguramente la imaginación de Los hijos de Anansi se exhibiría tras una vitrina o un biombo. Triste destino para una historia que trata sobre el arte de contar historias.