La literatura gallega, especialmente en la primera mitad del siglo XX, se encuentra repleta de maestros en la escritura breve: Afonso Daniel Rodríguez Castelao, Álvaro Cunqueiro, Ánxel Fole, Manuel Lugrís, entre tantos otros nombres. Todos ellos, dentro de su enorme diversidad interna y sin configurar en caso alguno una unidad generacional o temática, mostraron la capacidad casi mágica de transformar ideas de enorme complejidad en pequeñas piezas de intensa expresividad metafórica y simbólica. Cualquier lector puede hoy entrar en las ediciones facsímiles de la revista Nós, por poner uno de los ejemplos más conocidos, para observar la efervescencia de una cultura en pleno proceso de apertura desde el “ruralismo” estigmatizado hacia el “universalismo” aperturista.

De todos estos nombres, no todos tuvieron el mismo reconocimiento o fortuna. Aquellos que se dedicaron con más ahínco a la lucha política –como Castelao-, o a la cultural –como Cunqueiro o Fole-, gozan hoy de un reconocimiento social mucho más amplio. Mientras que aquellos que se limitaron, o procuraron circunscribirse de forma más denodada, a su labor creativa vieron (cuando tuvieron esa fortuna) recuperada, impulsada y ampliamente conocida su obra sólo en tiempos más tardíos. Y otros, que trabajaron fuera de estos cenáculos políticos o culturales autonomistas o, simplemente, defendieron otras perspectivas sociopolíticas distintas a las dominantes en la intelectualidad gallega de la época, tuvieron que acceder a otros canales de difusión y reconocimiento que los mantuvo alejados de este grupo de fantásticos narradores de lo breve.

Esta última situación ha sido la de uno de los narradores gallegos de lo breve más hábiles de la época, Wenceslao Fernández Flórez, “Fernanflor (A Coruña, 1885 – Madrid, 1964). Desde joven afincado fundamentalmente en Madrid, dedicado principalmente a elaborar crónicas parlamentarias o deportivas de gran creatividad –algunas todavía memorables en la historia del periodismo español-, fue un perenne descontento del clima político que lo circundaba. Desde su perspectiva conservadora, miraba con recelo los discursos de la IIª República Española, desde los más moderados a los más radicales, en cuanto se referían a la necesidad de transformar la realidad social hasta entonces vigente, de revertir las estructuras de poder, de romper las jerarquías sociales, de acabar con lo que él entendía un estado de cosas natural e inevitable. Una visión sociopolítica muchas veces malinterpretada, exageradamente, como reaccionaria, pero para nada coherente con su discurso.

Pues bien, El bosque animado (originalmente publicado en 1943, aunque para nuestro comentario usamos la edición de José Carlos Mainer publicada por Austral en 2010), esconde en su interior una de las metáforas políticas más potentes de la época y, sin duda, toda una declaración de intenciones de su autor.

El panteísmo de Fernández Flórez es más que conocido: todo el universo representa la obra de Dios, en la que el ser humano es una insignificante mota de polvo, en absoluto tan importante como para que la divinidad pierda el tiempo trazando un destino particular para cada uno, pero sí una obra suficientemente perfecta y coherente como para que todos ocupemos un lugar por insignificante que éste sea. Un lugar concreto y de posibilidades estrechas, con escaso margen de maniobra, donde cada uno tenemos la misma elección de partida: deprimirnos por el lugar que nos ha tocado (en cuanto intrascendente o indeseable o injusto que nos pueda parecer) o aceptarlo y vivir nuestra vida de la mejor forma que cada uno sea capaz y bien entienda.

Este punto de partida es del que salen las interpretaciones de Fernández Flórez como un autor reaccionario, pues se define el orden natural de las cosas como esencialmente inmutable y a cualquier intento de cambio o transformación como una perversión inútil. Sin embargo, nada hay en el fondo de esta idea más allá de la defensa del orden tradicional de las cosas, de la vida tal como era, y de la futilidad de derribar lo natural por otro orden artificial, de substituir lo sublime por lo mundano.

En cada una de las dieciséis escenas que componen El bosque animado se esconde algo de esta filosofía universalista y estática. El bosque de Cecebre (realmente existente y encuadrado en el municipio coruñés de Cambre, dónde nuestro autor tenía una casa de veraneo) resulta un espacio cerrado, un universo narrativo, un lugar simbólico de ámbito universal que encierra en su interior historias, situaciones y personajes representativos de esa metáfora global. Sus formas de relación, sus comportamientos, sus circunstancias y los hechos que les rodean, reproducen una imagen de lo que el universo es, de lo que nosotros somos en él, y de cuáles son los factores que condicionan la relación universal-personal, sin por eso revertir órdenes y jerarquías. No en vano la ordenación episódica deja paso a la más evidente “estancia”, lugar independiente pero también parte de otro más grande al que pertenece y de cuya construcción toma su sentido.

Y el principal factor de relación, en una lectura general, es la del azar fatalista, de un contexto donde lo que consideramos estable o constante se encuentra, en realidad, condicionado por el drama o el dolor o la muerte. Cuando sobreviene la fatalidad, la estabilidad se rompe y se quiebra, efectivamente de forma rotunda y definitiva, de una forma contundente y fuerte como ninguna otra teoría de cambio social ha sido capaz de conseguir hasta ahora –presente, otra vez aquí, el perenne escepticismo de Fernández Flórez-.

Sin embargo, El bosque animado posee también una dimensión moral humana y humanista a la que pocas veces se le presta la atención que merece. Quizás porque, hijo de una época convulsa, otros aspectos de interpretación y crítica más apetitosos han asumido un protagonismo desmedido del libro. Conservador no significa inhumano, y este libro deja una ventana abierta a la bondad, a la generosidad o a la entrega hacia los demás. Con todo, estas características no dejan de ser excepcionales en un mundo humano criticado desde la fábula de los animales, víctimas constantes de la especie que acabó con el dodo en Madagascar sin venir a cuento y sin motivo, por simple capricho o voluntad asesina.

Al final de este recorrido moral es, precisamente, donde comienzan las interpretaciones erróneas de El bosque animado. ¿Cómo es posible que quien así piensa de la especie humana parezca apostar, sin embargo, por el estatismo social o por la jerarquía natural de las cosas o, como los críticos más furibundos han afirmado, por el irremediable mecanismo darwiniano de la victoria del más poderoso frente al más débil? Aquí es donde la literatura de Fernández Flórez se tiñe de esa moral cristiana para la que el fatalismo y la negrura de los pesimistas no es sino una fase, un exceso voluntario de un ser humano incompleto en cuanto se le desposee de una dimensión positiva a la que se le suele prestar escasa o ninguna atención. Una moral que para sus máximos detractores es optimismo o falta de realismo pero que, en sentido estricto, dota al ser humano de Fernández Flórez de una personalidad más vital de lo que los encorsetados personajes de buenos o malos suelen hacer en la literatura mainstream.

En cierta forma, esta personalidad viva y estos retratos complejos de escenas humanas perfectamente creíbles y reconocibles sean lo que, a pesar del tiempo y las muchas críticas vertidas, hace de El bosque animado un libro inolvidable de la literatura española –quizás uno de los pocos clásicos modernos de la década de 1940-. Las versiones cinematográficas o las reediciones pueden ser un síntoma, pero no hay mejor prueba que su lectura pues, para cada lector que ha abierto sus páginas y se ha sumergido en ellas, aquella experiencia es para siempre un hermoso recuerdo grabado a fuego.