En 1976 la revista de cómic belga Tintin fue testigo y matriz de la primera andadura de lo que acabaría por consolidarse como un portento de la historieta europea. Thorgal, el hijo de las estrellas, nacía de la asociación de dos creadores hasta entonces desconocidos, Jean Van Hamme y Grzegorz Rosinski.

El primero, natural de Bruselas, licenciado en Dirección y Administración de Empresas, aparcaba un buen día su exitosa carrera empresarial (que le había llevado a ser apoderado de Philips Bélgica) para dedicarse a tiempo completo a su verdadera pasión, hasta entonces sólo desarrollada en su tiempo libre: la narración. Debutó en el cómic en 1968 como guionista del autoproclamado pintor Paul Cuvelier, en una fantasía erótica sobre mitología griega para la revista Epoxi, una de las primeras obras gráficas de género adulto europeas. Con Cuvelier publicaría posteriormente varias de las exóticas aventuras de Corentin en la revista de corte católico juvenil Tintin, precisamente la misma en la que dará a luz la saga que nos ocupa, en alianza con un dibujante polaco llegado a Bélgica ese mismo año de 1976 a través de una beca de estudios: Grzegorz Rosinski.

Rosinski, graduado en Bellas Artes en Varsovia, se había asentado en Bélgica con el magro bagaje de los pocos cómics que lograron permear en los años cincuenta el bloqueo cultural del telón de acero, generalmente nacidos como órganos de propaganda política, como los de la revista Vallianta, publicada por el Partido Comunista francés. En Polonia pudo colaborar con algunos de los autores de cómics más populares, y dibujó Kpt Zbik y Kpt Klos, obras de corte militar donde exploró géneros como la fantasía, la ciencia-ficción y lo policíaco. Al llegar a Bélgica, realizó algunas otras de corte humorístico para las revistas Spirou y Le Tromboné Illustré.

Thorgal, fruto de una asociación creativa que luego devendrá en amistad, es, sobre todo en sus inicios, el medio a través del que evoluciona el estilo de ambos artistas hasta alcanzar su madurez. Empezó como una saga de capítulos breves, de seis a ocho páginas (recopilados luego en álbumes: La Maga Traicionada, 1980; La Galera Negra, 1982; El Hijo de las Estrellas, 1984) que constituían el reducido espacio impuesto por la periodicidad mensual de la revista; episodios autoconclusivos que se concatenaban mes a mes a través de elipsis narrativas, conformando así historias autoexplicativas compuestas cada una por su propia presentación, nudo y desenlace. Cuando la serie pasó de publicarse en pequeñas mensualidades a saltar al formato de álbum de cuarenta y seis páginas (a partir de Los Arqueros, 1985), se mantuvo el ritmo de la narración y el carácter autoconclusivo, no condicionado ya a la separación por capítulos.

Esa necesidad de hacer

que cada capítulo fuese autónomo, sin la urgencia de contextualizar lo ya publicado a través de resúmenes o de preparar el terreno para lo que pudiera estar por venir, terminará dando, por contradicción, una libertad argumental a los autores dentro de su propia obra, haciéndola así vulnerable al crossover de géneros e influencias: a saber, la novela bizantina (sobre todo en lo dramático y en el uso de la anagnórisis como recurso para la construcción de un destino épico); la mitología escandinava; los cómics de aventuras clásicos como el Príncipe Valiente o los de superhéroes como Superman… La narración aguanta la intrusión de elementos de ciencia-ficción y fantasía sin que resquebrajen o ridiculicen la sobria mitología interna de la serie. Es más: la enriquecen.

Thorgal como reflejo del tiempo en el que fue escrito, es ante todo el epítome del héroe rebelde y descreído (escéptico) del poder, y no un revolucionario que busque erradicar las injusticias mediante el enfrentamiento directo. Es un hombre reflexivo que utiliza la violencia como último recurso, y que entiende el acto de reflexionar como un modo de preservar sus ideales del sentido de la justicia y de conciencia. No deja de ser el arquetipo de héroe marcado por una tragedia difícil de superar y que puede hacerle caer fácilmente en el exceso, como el Elric de Melniboné de Michael Moorcock o el cimerio Conan de Robert E. Howard. La imagen de Thorgal, en continua evolución en su epopeya serializada, se distancia del concepto de “Ánimus” (la voluntad activa y emprendedora, según el psicólogo suizo Carl Gustav Jung), no respondiendo al modelo establecido de manera mayoritaria y esquemática en el género de aventuras del ser fuerte, violento y profundamente masculino.


Sus aspiraciones son mundanas, corrientes, y no ansía más que poder disfrutar de una vida tranquila junto a su mujer Aaricia y sus hijos Jolan y Loba. No persigue la aventura sino que ésta le persigue a él, como una pesadilla reiterativa que le persigue allá donde va, fatal destino del héroe predestinado o por accidente. Su sino se ve afectado unas veces por el entorno humano, ricamente desarrollado aun sin responder a exigencias históricas (La caída de Brek Zarith, 1984; La peste azul, 1999; Kriss de Valnor, 2004), otras por designios sobrenaturales que confabulan por controlar su destino con oscuros objetivos (Más allá de las sombras, 1983; El hijo de las estrellas, 1984; Gigantes, 1996) y en alguna ocasión más es simplemente su forma de ser la que entra en conflicto con las pasiones, mezquindades, chantajes e injusticias que se cruzan en su camino (Los tres ancianos del país de Arán, 1981; El señor de las montañas, 1989; Loba, 1990). Parece como si Van Hamme estuviese acremente convencido de que la libertad y la paz son sólo ilusiones que los hombres jamás llegaremos a alcanzar, pues nos dejamos confundir constantemente por unos y por otros. Y es aquí donde la saga y el personaje adquieren su significado más trascendente, al mostrar cómo el aislamiento y el olvido privan de las facultades necesarias para poder disfrutar de lo atesorado; cómo sin la pugna y el conflicto que conlleva el participar en la sociedad lo único que queda es dejase arrastrar por ella, pues de ella es imposible huir.


Guionista e ilustrador consiguen que sean el contexto, la portentosa capacidad de narrativa visual y el hábil uso de recursos (y de imaginería popular) de Rosinksi, los que en cada historia pongan en situación al lector. No hay necesidad de explicaciones accesorias, como las que ofrecen la voz en off o los flashbacks de remembranza: todo está en un perfecto presente narrativo que va desenredando los hechos, de manera que el lector se entera a la par que el protagonista de los acontecimientos. Van Hamme, como el propio Thorgal, es un hábil arquero, que no pierde de vista su objetivo, del que su certera palabra nunca falla.

De esta manera asistimos asistimos a la anagnórisis del héroe que se repite con asiduidad a lo largo de la obra: a Thorgal se le revela con frecuencia su destino a través del reconocimiento de hechos de su pasado y de su ascensión que el mismo desconoce, y ante los que toma consciencia de que no quiere formar parte del destino que Dioses y hombres le han preparado. Así se reafirma en su voluntad de encontrar un lugar en el que refugiarse del mundo en eterno conflicto que le rodea y persigue, una isla alejada del continente donde poder vivir la más grande de sus aventuras, la cotidianidad junto a su mujer Aaricia y sus hijos Jolan y Loba.


Los caminos de Van Hamme, Rosinski y Thorgal se separaron a partir del volumen número 29 de la serie (El Sacrificio 2006), en manos desde ese momento, con una regularidad casi anual de su ilustrador de cabecera y del guionista francés Yves Senté. La saga ha dado pie a algún spin-off (Los mundos de Thorgal, desde 2010, con autores diversos según el volumen, con guiones de Sente o Yann le Pennetier y lápices de Giulio De Vita o Roman Surzhenko) que ha ahondado en las peripecias de personajes clave en la saga como Kriss de Valnor o los jóvenes Jolan y Loba. Por separado, sus padres literario e ilustrado han hecho otras cosas: Van Hamme ha trasladado al cine y a la televisión sus series sobre Largo Winch o XIII; ha llegado incluso a anunciar un posible retiro al mundo del teatro, aún no consumado. Rosinski, con Senté, precisamente, ha dibujado la notable aunque envarada saga de La venganza del Conde Skarbek, publicada por Norma en dos volúmenes. Más allá de Thorgal, Rosinski y Van Hamme, han creado El gran poder del Chninkel.

La brillante palabra de Van Hamme y la vibrante plumilla de Roskinski consiguieron convertir un leitmotiv que fácilmente podría haber caído en una cursilería vulgar e insípida sobre un hombre desdeñoso de la fortuna, la gloria y la divinidad, que solo ansia una vida corriente junto a su familia, en una saga portentosa, matizada por toda clase de villanos, compañeros, némesis, aliados y toda una suerte de personajes secundarios construidos con firmeza, compuesta por inolvidables historias cortas cargadas de intenso dramatismo.