Gato de John Silence por Andrea Bere

Gatos y pentáculos, dos de las armas predilectas de John Silence
Ilustración de Andrea Beré

Fue Joseph Sheridan Le Fanu quien creó al primer detective de lo oculto en 1872, un año antes de su muerte. Le Fanu sintetizaba en la figura del fisiólogo alemán Martin Hesselius, protagonista a veces testimonial de los cinco relatos de In a Glass Darkly,  dos tendencias en boga en la literatura decimonónica de finales del siglo XIX: la novela policíaca y la paranormal o de fantasmas. Su médico alemán se enfrentaba a misterios horribles, espeluznantes, que le eran propuestos desde la autoridad de su reputación como experto en hechos extraños. Mucho tiempo después, Hesselius sería reciclado en la figura de Abraham Van Helsing, el cazador de vampiros de Dracula de Bram Stoker. No sólo eso: el relato que cerraría In a Glass Darkly sería precisamente Carmilla, la historia que prefiguraría el mito del chupasangre y que serviría de clarísima inspiración a Stoker para su más famosa novela.

Como ya pasara con casi todas las iniciativas del visionario Le Fanu, muchos autores seguirían la estela marcada por su Hesselius, lanzándose a desarrollar a sus propios detectives de lo oculto. La tentación era jugosa: hacerlo suponía mezclar con toda impunidad elementos fantásticos con otros tradicionalmente más racionales, como los que se presuponían a la literatura policíaca que, no obstante, y en su versión primigenia, no dudaba en incluir pinceladas macabras, siniestras, o anómalas (Los crímenes de la rue Morgue, de Edgar Allan Poe, o varios cuentos y novelas sobre Sherlock Holmes, con El sabueso de los Baskerville a la cabeza, son algunos ejemplos destacados). Escritores con caché terrorífico propusieron sus propios investigadores-ocultistas: Robert E. Howard ideó a Solomon Kane, una suerte de inquisidor del siglo XVII que viviría aventuras de capa y espada por todo el mundo, y muy especialmente en un África indómita; el singular William Hope Hodgson fue el padre de Thomas Carnacky, el cazafantasmas por excelencia; Seabury Quinn, ya en tiempos del pulp, escribió mucho sobre el pedante y atildado Jules de Grandin. Ninguno fue tan importante, ni tan extraordinario, como John Silence, el parapsicólogo de Algernon Blackwood.

Blackwood fue como Raymond Chandler, un escritor tardío. Publicó su primer relato con treinta años, y escribió continuadamente durante toda la mitad del siglo XX, hasta su muerte en 1951. Transmitió a su médico Silence los más destacados rasgos de su carácter: seriedad, vasta cultura, pacifismo y férrea moralidad. Su originalísima e imaginativa obra, una de las mejores de todo el terror escrito, se vio enriquecida por su solidísimo conocimiento de la Biblia y de otros libros sagrados o esotéricos, por sus investigaciones sobre la transmigración o reencarnación de las almas, y también, y he aquí el detalle ciertamente más relevante de ella, por su reverencial admiración por la naturaleza. Lo natural, lo salvaje, adquieren en un Blackwood que fue granjero en Canadá o minero en Alaska, un estatuto divino. Fue el autor que convirtió el murmullo del viento, el borbotear de un río, el fruncimiento de las copas de los árboles, en amenazas terribles. No en vano, escribió una de las mayores obras maestras de toda la literatura de terror, El Wendigo.

 

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Detalle de La némesis de fuego: John Silence y sus aliados se enfrentan al peligro en el clímax del relato. Ilustración “El descenso”.
Ilustración de Andrea Beré

A John Silence le hizo protagonizar seis cuentos, en los que toca varios palos de la baraja terrorífica: la casa encantada con su poltergeist (Una invasión psíquica); las brujas y el aquelarre (Antiguas brujerías); maldiciones antiguas, momias y fuerzas elementales (La némesis de fuego); sectas satánicas (Culto secreto); licantropía y dopplengängers (El campamento del perro); el horror cósmico (Una víctima del Espacio Superior). A los cinco primeros, recopilados en el libro de 1908 John Silence: Physician Extraordinary, les debe la consolidación de su fama, su consagración definitiva como escritor. Nueve años después, retomaría al personaje para hacerle aparecer (en su más absoluta intimidad) en La víctima del Espacio Superior, relato incluido en la antología Day and Night Stories (1917) y que fue clara fuente de inspiración para Howard Phillips Lovecraft, uno de sus más insignes seguidores, en su escalofriante –puede que el más escalofriante- cuento Los sueños en la casa de la bruja. Valdemar los reunió, por primera vez en castellano, en su libro de 2002 John Silence, investigador de lo oculto. Anteriormente, la otrora editorial cabalístico-ocultista Siruela publicó tres de ellos en antologías dispersas, dentro de su extinta colección El ojo sin párpado, y con traducción de Francisco Torres Oliver: Culto secreto, dio nombre a un volumen de 1989; Antiguas brujerías salió en El valle perdido, un año después, y El campamento del perro fue la aportación involuntaria de Blackwood al monográfico sobre hombres-lobo de 1993. Por su parte, Una invasión psíquica fue traducida para Los vigilantes del más allá (Valdemar, 1990), dedicado a los investigadores de lo oculto, con prólogo de Fernando Savater y selección de Jesús Palacios. Los dos restantes, permanecieron inéditos hasta que la editorial madrileña los hizo traducir para incluirlos expresamente en este volumen que hoy procedemos a reseñar.

Tres son los personajes que sirvieron de germen para John Silence: Hesselius; Van Helsing (que no dejan de ser reflejo de una misma alma), y Sherlock Holmes. La fundamental influencia del gran detective se aprecia conforme Blackwood construye a su médico parapsicólogo. En La némesis de fuego, le hace viajar a un páramo desolado muy similar al de Dartmoor, donde Arthur Conan Doyle situó la acción de El sabueso de los Baskerville (publicada por entregas sólo seis años antes del cuento de Blackwood), en la que, como se recordará, hizo resucitar momentáneamente -y a regañadientes- a su criatura tras su enfrentamiento mortal con el profesor Moriarty en las cataratas de Reichenbach (El problema final). En este excelente relato, que anticipa obsesiones y lugares comunes del venidero pulp aunque sin despegarse del “victorianismo” que preside al menos las cinco historias de 1908, se conoce el nombre del ayudante-narrador de Silence, un tal Hubbard sin oficio ni beneficio pero con afinidades psíquicas muy del agrado del médico. Además en él, Silence actuará siguiendo métodos de deducción apriorísticos del gusto del inquilino del 221 B de Baker Street, con la salvedad, eso sí, de que las deducciones de Holmes se basan en evidencias y las de Silence en impresiones. Ese cuento posee la pátina oscura, siniestra, de las mejores narraciones de Conan Doyle, y es, a juicio de este reseñador, el más logrado: Blackwood alcanza la cima de su talento en la recreación de una atmósfera desasosegante a la que contribuye la hostilidad de un paisaje que parece vengativo y cómplice de la terrible maldición a la que el médico y sus aliados deben hacer frente.

Blackwood refuerza la viveza, la expresividad de sus imágenes por las machaconas repeticiones de ciertas ideas o pasajes, que, para un lector poco atento, pueden pasar por descuidos o dejaciones. Pero alguien tan interesado en la teosofía o en las religiones orientales del autodominio y la intensa concentración no compone frases o escenas sin una planificación escrupulosa. Cuando su estilo, muy característico y con vetas de poesía pura, pone en aprietos el discurrir de la narración hasta el punto de complicar un efecto, Blackwood lo suprime, lo hace invisible, le quita entidad. Así pasa en Antiguas brujerías, considerada por el canon litúrgico de la gran literatura de género como una de las referencias indiscutibles del terror escrito. Antiguas brujerías es una ensoñación, además del punto de partida para muchos de esos cuentos institucionalizados por Howard sobre un pasado que interfiere en el presente hasta el extremo de licuarse con él y de indiferenciarse. En esta historia, Silence cede protagonismo, se convierte en una voz eventual, al modo de Martin Hesselius. Es la única vez en que actuará así, pues precisamente Blackwood quería que sus relatos sobre su “detective de lo profundo” tuviesen un nexo conductor mucho más sólido que los del fisiólogo alemán. De ahí que la presencia de Silence sea mucho más intensa, aun en aquellos ambientes (Culto secreto; El campamento del perro) en los que parece fuera de lugar.

 

Busto de John Silence por Andrea Bere

Busto del médico parapsicólogo John Silence.
Ilustración de Andrea Beré

En Una invasión psíquica, cuento que supone el pistoletazo de salida para todas las historias contemporáneas sobre manifestaciones fantasmales y sobre sus métodos para combatirlas (el doctor Silence utilizará un pentáculo y la inestimable ayuda de un perro y un gato por su sensibilidad psíquica), Blackwood ofrece una descripción de Silence. Es un hombre menudo, de barba y gafas e intensa y bondadosa mirada. Un filántropo que sólo acepta aquellos casos que le resulten estimulantes (como Holmes); un verdadero pelmazo dotado de un aura de santidad que, con su sola presencia, consigue tranquilizar y atemperar los nervios de cuantos le rodean. Blackwood describe de una manera tan admirativa las dotes divinas de su personaje que no logra transmitírselas con conveniencia al lector, a quien le rechinan los pasajes sobre estos atributos santos. En Una víctima del Espacio Superior, relato que se centra en la cuarta dimensión y las matemáticas, Silence dice: “La compasión siempre sirve de ayuda, y el sufrimiento siempre merece mi compasión”.

Lovecraft afirmaría que  la fuerza y la flaqueza del doctor Silence estarían en el ocultismo, disciplina a la que su creador fue siempre muy aficionado (como corrobora su pertenencia a la orden esotérica de la Golden Dawn -u Orden Hermética del Alba Dorada-, de la que formarían parte también Bram Stoker y Arthur Machen), y que hace que algunos fragmentos de estas historias se aproximen a la paparrucha y enfanguen las explicaciones. El solitario de Providence se equivocaba: es la santidad de Silence la que le hace irreal e insoportable, y no sus métodos de trabajo; métodos sólo insinuados por Blackwood, dejados a la imaginación del lector. Armas exóticas, mágicas, que recuerdan a las mejores trampas, a los buenos macguffins, empleados por Conan Doyle para desatascar o hacer correr sus cuentos sobre el detective más famoso de todos los tiempos. Golosinas a las que el moderno cine de género y todos los sucesores de Blackwood no han podido sustraerse.

John Silence, doctor en parapsicología, carismático protagonista de muy vigentes prodigios del escalofrío imaginado.