“-Dos horas -me repitió Nightingale desde la puerta-. Luego nos vemos en el estudio para la primera lección de latín.

Esperé a que se hubiera marchado. Luego abrí la mano y dije: “Lux”.

En esta ocasión, la luz que se desprendía de la esfera era blanca y suave, y no más cálida que un día soleado.

“De puta madre -pensé-. Ya sé hacer magia“.” (Ben Aaronovitch, Ríos de Londres)

 

A pesar de que ya no domina como metrópolis los destinos de mil naciones, Londres sigue conservando toda su aura magnífica. Construida sobre hierba, piedra y asfalto, con edificios y museos que nos guiñan los ojos al pasar y que discurren por ella como discurre el Támesis, la vieja city sigue hablándonos de Historia, tradición y, claro está, fantasmas, como no podía ser de otra manera en la tierra en la que nació la ghost story. Es en dicha ciudad en la que un londoner como Ben Aaronovitch ha decidido ambientar una de sus más recientes novelas de fantasía, Ríos de Londres (Minotauro, 2012).

Aaronovitch es ya un zorro viejo en el mundo del fantástico. Guionista que cuenta a sus espaldas con participaciones en series del calado de Doctor Who (y algunas de sus adaptaciones noveladas) o Jupiter moon, este escritor que hace las veces de librero ha cambiado para esta ocasión la Tardis y las naves espaciales por la placa de policía. De policía mágica y paranormal, por concretar. En Ríos de Londres, seguimos las andanzas de Peter Grant, un agente novato de la policía metropolitana que se ve envuelto en un caso de asesinato. Nada extraño si no fuera porque el principal testigo es un fantasma que se hace llamar Nicholas Wallpenny. De esta premisa irá tirando poco a poco el autor para trenzar una historia de muerte, envidias, espíritus que no descansan en paz y divinidades caprichosas, prestando una especial e incisiva atención a la tradición teatral de esta ciudad.

Ríos de Londres propone una más que interesante doble trama. Por una parte, la investigación de un asesinato que parece causado por un espíritu vengativo y que a cada requiebro se va complicando de manera sustancial; por otra, los ires y venires diplomáticos entre el Támesis y el resto de aguas fluviales de la capital inglesa, personificados como si de una obra de teatro clásico se tratara y sumidos en una peligrosa tensión. Entre ambos ejes, un joven agente cuya vida laboral dará un importante giro copernicano pasando de mediar en altercados humanos a hacer lo propio entre criaturas elementales. Peter Grant no es, sin embargo y como reza la frase promocional que empaña la portada del libro, un Harry Potter metido a policía. Sí, sin duda la magia tiene un papel especial en la novela, pero ésta le debe más al estudio paracientífico, a la figura del viejo alquimista o del sabio dieciochesco atraído por los grimorios, que al mago de varita con punta de estrella del que el chico de J. K. Rowling es deudor. Acaso sea, más bien, uno de los últimos herederos del linaje de detectives de lo oculto que tienen su paterfamilias en el doctor Martin Hesselius. Salvando grandes distancias, sin duda, pues ese papel de viejo caballero inglés ocultista le pertenece a su mentor, Thomas Nightingale. Grant, metido de lleno en el siglo XXI y en su papel de aprendiz (tal vez ahí se encuentre cierto paralelismo con Potter), se muestra radicalmente más jovial que su maestro y sus antepasados, menos atado por ciertos códigos sociales y también bastante más atolondrado. No deja, claro, de ser en un principio un joven más pendiente de a qué hora emiten el partido de fútbol que de preparar conjuros. Lo que Aaronovitch no duda en subrayar con gran humor.

Es este, sin duda, uno de los principales puntos fuertes de la novela. El inglés narra de manera vivaz, con un estilo ágil, pero con el que no se olvida de pintar con acierto el bullicio y el carácter londinense. Va afianzando la trama sin prisa, pero sin pausa, relatando a la par que sugiere interés con el reparto de personajes que va desprendiéndose de su imaginación. El propio agente Grant, su compañera de trabajo Lesley, el mencionado Nightingale y su extraña sirvienta Molly, por supuesto las diversas criaturas que pasean por el libro… todos ellos aportan color a una historia que palpita de vida. Y de no-vida. Aaronovitch no consigue, no obstante, conciliar los diferentes arcos argumentales, malamente unidos en un final que se antoja no tan satisfactorio como se apuntaba. Falta darle la puntilla a una novela que, por lo demás, se declara como un notable entretenimiento.

Pero donde de verdad descolla ésta, digo, es en el tratamiento del humor, utilizado como herramienta imprescindible para crear un mundo que respira y se retuerce sobre sí mismo. Aaronovitch juega con ventaja al escribir de manera distendida sobre vampiros, trolls y dríadas, cuyos tópicos son maleables de manera relativamente sencilla y permiten la broma rápida. ¿Mamá Támesis? Una divinidad seductora a cuyos pies surgió el swinging London y la marca Cool Britannia. ¿Papá Támesis? Un viejo que descansa entre feriantes y que podría pasar por un borrachín pendenciero a punto de estamparte una jarra en la cabeza. ¿El río Tyburn? Una chica peligrosa, por supuesto, como es de esperar de un afluente que bañaba el lugar donde en tiempos se ajusticiaba a los reos.

Pero Aaronovitch no se detiene ahí y afila su pluma al estilo de un Terry Pratchett, descargando sin piedad su sarcasmo sobre el mundo “real”. Acerca de unos soldados comenta cómo “adoptaron ese aire de despreocupación chulesca que debió de animar un día tras otro las calles de Belfast hasta que llegó el acuerdo de paz” mientras que deja caer sobre los anti-disturbios una frase que nunca pasa de moda: “discutían técnicas para el empleo de la porra y se volvían a poner las etiquetas de identificación”. Tampoco le falta espacio para arremeter contra la arquitectura británica de segunda mitad del siglo XX, anti-humana y estéticamente cuestionable como buena parte de la arquitectura de dicha época: “las salas de espera [del juzgado] estaban impregnadas de esa mezcla de incómodo ajetreo y desoladora inhumanidad que fue la gloria de la arquitectura británica de la segunda mitad del siglo XX”. A través de los ojos de Grant, se nos va dando cuenta de manera socarrona de los procedimientos policiales, de la manera de actuar de civiles y no civiles en situaciones de peligro, así como de los lugares que rodean al protagonista. Más que detalles puntuales, repito, aquí humor y ambientación van de la mano.

Y Londres, por supuesto. Siempre Londres en el corazón. Aaronovitch demuestra su amor por la ciudad que le vio nacer relatando con precisión casi de documentalista las calles, callejuelas, plazas y monumentos por las que investigan, y matan, y se esconden en tumbas, los personajes. El Londres de los pubs con pintas de ale y stout, el de Westminster y el Victoria & Albert Museum, el de los fish and chips y el Soho. Pero también el de Sherlock Holmes y Jack el Destripador,  el de las viejas iglesias cuyas piedras guardan secretos sólo oídos en susurros; el de pasado normando, anglo-sajón, celta y romano, que va hacia atrás siglos y siglos, pero que consigue empapar todavía los zapatos de los modernos londinenses.

Ríos de Londres supone el inicio de una saga de éxito que cuenta ya con dos secuelas y espera una tercera para este año. Lo que no es de extrañar. Es, en cierta manera, una muestra del respeto que se tiene en las islas británicas por este género, que no cesa de reimaginarse de diversas maneras, pero también del saber hacer de Aaronovitch como autor, quien narra agradablemente teniendo un pie en la fantasía humorística y el otro en un fondo cultural que continúa inspirando obras como esta o la nueva serie Sherlock. Peter Grant saluda con entusiasmo a la nueva y vieja Britannia.