En el lapso de apenas dos semanas de 2011, Argentina perdía a dos de sus más grandes escritores. Ernesto Sábato, su sempiterno candidato al Nobel de Literatura, autor de una obra reducida pero complejísima y capital, moría un 30 de abril, a las puertas de su centenario; Carlos Trillo, por su parte, fallecía siete días exactos después, de una descompensación durante un viaje de placer a Londres. Con él desaparecía una parte de la historia del cómic en español. Porque Trillo, además de leyenda, fue, como dijimos al iniciar este párrafo, un grandísimo escritor. Uno de los mejores.

Empezó como irreverente de la historieta argentina. Junto a Horacio Altuna, abofeteó con un humor elegante pero cítrico, con apariencia de inocuidad, la dictadura y la sociedad de su país: El loco Chávez, que así se llamó su primer gran personaje, disparó sus dardos envenenados desde las páginas del periódico Clarín durante los trece largos años en que ejerció de voz de la conciencia argentina. Su reverso fue el señor López, símbolo del ciudadano pusilánime, cobarde, sometido, un gris oficinista que, encerrándose en lugares estrechos, casi siempre aseos, se escapaba de su realidad a través de las puertas de heroicos sueños de grandeza. Escribió también historietas para el clan Breccia: Un tal Danieri; Viajero de gris o Buscavidas (esta última, una obra maestra), las pensó para Alberto, el padre; El peregrino de las estrellas o, sobre todo, Alvar Mayor, fueron parte de su colaboración con Enrique, el hijo. Incluso atravesó todo un océano para hablarnos de las correrías nocturnas de la honesta puta Clara, con Jordi Bernet (en las páginas del suplemento satírico El Jueves). Su producción total, por extensa y apabullante, no tendría cabida en tres reseñas como ésta. Treinta años en el medio dan para muchos títulos.

Trillo estuvo siempre a la altura en todo lo que hizo. Brilló, y eso es algo que no pueden decir muchos, también en sus obras menores, como La leyenda de las cuatro sombras, en la que se conchabó con el pintor y dibujante eventual de cómics Fernando Fernández. La revista Zona 84 (Toutain Editor), con la que se pretendía revitalizar las publicaciones sobre cómics en España, la publicó por entregas a mediados de la década de los ochenta. Gozó de un éxito relativo en este país y en Italia y Alemania. Glénat, ahora Editores de Tebeos, siguió el ejemplo alemán y en 2009 sacó la historia completa en formato libro. O mejor dicho, la sacó incompleta, porque aunque la historieta tiene los visajes de una narración autoconclusiva, posee igualmente un final abrupto y seco que era clara promesa de continuación. La lógica editorial, actuando a rebufo de las exigencias del mercado, castró toda posible secuela. Y así, de esa manera tan desabrida y anticlimática nos ha llegado esta obra, enjundiosa como todas las que acometió el guionista durante su carrera.

La leyenda de las cuatro sombras parte de una premisa que podríamos definir primaria. Es una historia de búsqueda y descubrimiento de manual, en la que una especie de ángel caído que se llama a sí mismo “el que corroe” necesita de la ayuda de tres almas en pena para recuperar otros tantos objetos que le devuelvan su poder. Los tres desdichados que le acompañarán en su vagar serán el rey Maldon, “caballero noble y valiente que se ha desplomado en la negrura de la desgracia”; el bardo (o poeta) Deor, conocedor “de los caminos  de la imaginación, que  ha extraviado”, y Weland el monje, quien “ha perdido a Dios”. Entre los tres deben hacerse con una joya de un metal indestructible custodiada por los héroes que no mueren de la Ciudad inexpugnable de Zobeida; con una peana (“piedra de la locura”) de la cabeza del hombre que sueña en lo más profundo del bosque de Nimega, y con una cruz de fuego. Elementos muy clásicos con connotaciones fantásticas plagadas de simbología y lirismo.

Ingredientes connaturales al género de la fantasía que, por cierto, han sazonado muchas obras del género: el crítico y a la vez dibujante Manuel Barrero, introductor del lujoso volumen publicado por Glénat, señala como probable el influjo de El mago de Oz de Lyman Frank Baum, por el carácter trinitario de la búsqueda. No hay que irse tampoco tan lejos en el tiempo para encontrar algún otro ejemplo: basta girar la esquina para toparse de bruces con la “primera línea histórica” de la inclasificable historieta de Neil Gaiman The Sandman, en la que, entre mucha propaganda a DC Comics, la editorial que lo publica, conocemos a un personaje, el que da título a la serie, que debe también hacerse con unos instrumentos de poder desperdigados por el mundo, y para cuyo hallazgo precisará de comunes (o no tan comunes) mortales.

Pero decíamos que Trillo no era un escritor que se conformara con lo típico. Y es por eso que cada página es un llamamiento a no quedarse en la superficie de lo narrado. Esta pretensión la entiende, o intuye, Fernado Fernández, Fernando6 de nombre artístico, quien utiliza los colores, los escorzos, los gestos y los rostros, como mecanismo de expresión y no como simple ornamento de un texto. Fernández tiene personalidad y carisma, como demuestra en sus hipnóticos dibujos, que nos obligan a detenernos con atención ante ellos, como ante los cuadros de una pinacoteca. Porque los casi lienzos que despliega en páginas que subvierten el dictado de las normas del cómic son los más espectaculares y logrados de su trayectoria como dibujante, quizás por la firme batuta de Trillo. Ambos, guionista y dibujante, no se toman esta historia como una maniquea fábula fantástica sino como la culminación de sus divergentes pero a la vez coincidentes experiencias. Parece que hablen en un mismo lenguaje, que entre ellos no medien las fronteras entre el dibujo y el texto. Es más, Fernández alcanzaba su cénit como dibujante en este cómic, tras sus extralimitadas florituras de Zora y los hibernautas y  de su versión de Drácula.

La portada deluxe de La leyenda de las cuatro sombras ya nos indica cuáles van a ser las claves que aguardan en su interior. En primerísimo plano, una bruja remueve un caldero, del que brotan, como brumas, las formas de los cuatro jinetes malditos; a sus espaldas, una voluptuosa joven desnuda se insinúa al lector. La bruja es el factor fantástico perfectamente reconocible; la chica aparece así para satisfacer las apetencias del público español de la época. Los desnudos totales eran la exigencia de los cómics para adultos que se consumían en el país, acorde con la mentalidad de destape y despendole alentada por treinta y ocho años de férrea dictadura nacionalcatólica. Hambre de lujuria que dio, las más de las veces, motivos para el sonrojo entre el catálogo del noveno arte de procedencia española. Tuvieron que venir un argentino de verbo virtuoso y un pintor que luego se dedicaría a otros menesteres para acabar con tanta catetería rijosa, y poner así las cosas en su sitio entre tanto adulto empeñado en presumir de adultez y tanto fantasioso de imaginación cándida.