En La balada del mar salado reconozco influencias literarias de Conrad, London, Zane Grey, Kipling, Oesterheld y Ongaro. Con esto quiero decir que, desde un punto de vista narrativo, soy un poco hijo de cada uno de ellos” (Hugo Pratt)

Hugo Pratt (1927- 1995) fue un vividor, seguramente el más simpático que recuerdan los anales, y el mejor modelo para muchos de sus personajes legendarios. Vivió la vida al máximo, sin prejuicios, reparos, tabúes, con la mente abierta; recorrió el globo varias veces e hizo amigos en cada puerto. Antes incluso de que el cómic fuese novela gráfica –“novela ilustrada” era más bien el término instaurado- ya se le veía campar a sus anchas por un género que aún no había alcanzado categoría de convención establecida. Antes de 1967, había dibujado buena parte de lo que recordaba haber vivido: una guerra del bando de los perdedores, en la que cambió varias veces de casaca y de lengua; una época colonial que se movía a distintas revoluciones sexuales y morales; un vagar por el mundo en el que se había tostado al sol en muchas latitudes, compartiendo periplos o simplemente conversaciones con sujetos que luego fueron pilares de la historia del siglo XX (John Dos Passos; Adolf Eichmann; Dizzy Gillespie). Y entretanto, en esas circunstancias, se ve aflorar al traficante de qat, una droga exótica; al bailarín de tango; al intérprete; al jugador de rugby; al cantante de jazz; al estudioso de lo esotérico; al superviviente… y al magnífico dibujante, desde 1945, su vocación a tiempo completo.

Caín-con-Máscaras

Caín Groosvenor perdido entre muchas máscaras: gran ejemplo del sentido de la composición de Pratt.

Si su vida fue digna de ser escrita –y de hecho lo fue en la biografía autorizada El deseo de ser inútil– su obra no desmerece un comentario menor. Pratt trabajó en Argentina con Héctor Germán Oesterheld, el futuro guionista de El eternauta, con quien hará las primeras historias de Ticonderoga y Sargento Kirk, esos dos símbolos de libertad y de amor por el prójimo, ambas de 1957, el periodo en el que abandona un estilo de imitación estadounidense, con Milton Caniff de referente, para abrazar una forma más expresiva, un estilo más personal, una futura marca de fábrica. Posteriormente se bregará en el mercado francés y en el italiano, cantará las alabanzas de su idolatrado Saint-Exupery (El último vuelo), y tendrá para con Milo Manara la deferencia de escribir dos guiones –los únicos que no dibujó- que derivaron en puntos de inflexión gráficos (Verano indio, 1983; El Gaúcho, 1991). De paso, entrará en la historia del cómic, y en la del siglo XX, al crear al más inmortal de sus dioses inmortales, Corto Maltés, el marino aparecido por primera vez en 1967 en la ensoñada La balada del mar salado (Norma Editorial, 2000), posible gracias a la contribución de Fiorenzo Ivaldi, promotor inmobiliario metido a editor de revistas de cómics (Sgt. Kirk), uno de esos tipos surrealistas que abundaron en Italia.

Corto, hijo de un marino maltés y de una gitana andaluza (La niña de Gibraltar) que decidió trazar su propio destino en la palma de la mano con una cuchilla de afeitar, el no-héroe cuya intervención en los acontecimientos que vive es sutil o nula, es el alter ego de Pratt, la ventana que le permitió asomarse y recrearse en el tiempo de los postreros aventureros. El dibujante italiano tuvo claro que los últimos románticos, los últimos caballeros, murieron antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Que vieron nacer el vigésimo siglo y que, desencantados, acordaron hacerse olvidar por él discretamente en cuanto sus congéneres se esforzaron en destruirse y en perder su humanidad. La vida literaria de Corto Maltés (que finaliza precisamente en la Guerra Civil Española, la última batalla romántica) es un suspiro nostálgico, influida por Joseph Conrad, Rudyard Kipling, Robert Louis Stevenson o Emilio Salgari. Pero, como dijo Umberto Eco, la vida literaria de Corto está mejor escrita que la de Sandokan, Yáñez y los tigres de Malasia. Y es mucho más fascinante y humana.

El-Monje

El Monje, el último pirata

La cuenta, con una premeditada inconsistencia llena de lagunas y de imperfecciones narrativas, en primera instancia el mar, el Océano Pacífico, el más grande y el más traicionero de todos. El mar no es sólo testigo y protagonista: es el nexo de unión de los aventureros que recorren estas páginas. Del asesino Rasputín, enajenado por su violencia primaria, y que aquí es sólo un esbozo caricaturesco (tiempo habrá para darle una magnitud propia); de los Groosvenore, Pamela y Caín, los primos que son moneda de cambio y tira y afloja de los sentimientos del resto de personajes, “hijos y sobrinos de un banco suizo y de una compañía de navegación anglo-americana”; de El Monje, el último pirata, el rey de La Escondida, el nombre temible y temido, el aliento de lo mítico y lo mitificado; de Tarao, el maorí que luego será oficial neozelandés; de Sbridolin, el chistoso bufón que jurará hospitalidad eterna a Corto; del oficial alemán Slütter, a quien le pesa el pasado… Todos parecen surgidos de otra época porque es a otra época a la que pertenecen, aquella (idílica) en la que la amistad y la lealtad no se trapichea ni se valora por su peso en oro. ¡Qué bonitos sentimientos estos que mece el mar!

Rasputín

Rasputín, en plena vorágine homicida irreflexiva. Con el paso del tiempo, adquirirá una consistencia mayor como personaje. Ahora es una caricatura.

La historia arranca el 1 de noviembre de 1913, en un periodo de prolegómenos bélicos, de una paz tensa que se mantiene en precario equilibrio. Los piratas que navegan por el Pacífico se aprovechan de la coyuntura, y a ella quedarán ligados hasta los inicios de 1915, en el que los personajes, los amigos de esta gran aventura de la vida, se vean separados por los avatares, por las circunstancias. Por estos años pasan poderosamente libres y frescos, mientras el tiempo, lo que les rodea, va ajándose, afeándose, volviéndose imperfecto.

Pratt los dibuja a veces irregularmente, metiéndolos en viñetas que en alguna ocasión resultan confusas, y en otras, las más, admirables: en ellas está institucionalizando un lenguaje, un modo de narrar, que luego adoptarán generaciones de dibujantes venideros. Su pluma no conoce obstáculos, no se impone barreras, ni siquiera se plantea dificultades cuando cuenta. Sólo fluye. Panta rei. Por eso, Corto Maltés se permite ser un icono, un símbolo, un mito: pues no hay nada que le esté vedado, acción imposible, meta inalcanzable, desde la escena en que, como San Andrés, flota crucificado y a la deriva, víctima de un motín que hace sonreír a Rasputín.

Gentes de mundo, cosmopolitas de algo que se acaba. Personajes que dicen frases que encierran y sintetizan sabiduría de siglos: “¿Amigo? Ésa es una palabra importante. ¿Qué te parece, Ras? El capitán (Rasputín) y yo en realidad no somos amigos… pero tenemos cosas en común”. O: “La autoridad se tiene mientras no se está obligado a imponerla”. O esta réplica de Corto, él siempre réplicas, todo réplicas, viejo pirata que no cambiarás nunca, al cansado Slütter: “Quedarse en el pasado, como hace usted, es igual que custodiar un cementerio”.

Pratt no narra ese ir sin vuelta, ese avanzar que no permite ver atrás sin apenas interés por el luego: lo evoca, lo poetiza. Cada viñeta es un anhelo, cada frase (cada suspiro), un deseo. Imposible no admirar, como Ivaldi, a la persona que hizo de la nostalgia patrimonio universal.

“Como el blanco albatros sobre la monótona respiración del Pacífico, así, vagando por vagar, va el velero del verdadero marino, ayer como hoy, en un día cualquiera […]” dejando tras de sí la estela de los aventureros con la gracia del mar.